
Por Margarita Pécora –
Hoy se escuchó en la 38º Asamblea General de Naciones Unidas, con fuerza estremecedora, la consigna de ¡Patria o Muerte! Y fue un mensaje claro y directo al gobierno de Estados Unidos que ha convertido a Cuba en un laboratorio de sufrimiento, donde cada sanción es un bisturí que corta la piel de la nación. No se trata de política exterior, sino de un castigo sistemático que busca quebrar la resistencia de un pueblo que se niega a rendirse.
La Habana vieja y Centro Habana y otras localidades del país, se derrumban cada tanto, mientras familias enteras quedan sepultadas en el silencio. El mundo suele reaccionar ante terremotos o huracanes, pero se encierra en mutismo cuando el desastre es provocado por la mano del hombre. Esa indiferencia es cómplice.
La oscuridad que envuelve a la isla no es casual: es el resultado de un cerco energético impuesto por Washington. El vecino del Norte ha decidido apagar las luces de Cuba, condenando a millones a vivir en penumbras. Es un crimen deliberado, una estrategia de asfixia. Es un genocidio económico.
Durante casi 70 años, sucesivas administraciones estadounidenses han sostenido este bloqueo perverso. Pero la actual administración de Donald Trump lo ha recrudecido con saña, convirtiendo la injusticia en política oficial y el castigo en rutina.
El canciller Bruno Rodríguez, con voz firme, pidió a la ONU abrir un debate adicional sobre esta tragedia. Su clamor no fue en vano: 136 votos favorables respaldaron la denuncia, demostrando que la comunidad internacional reconoce la magnitud del atropello.
Estados Unidos viola la Carta de la ONU, pisotea la soberanía de Cuba y convierte el derecho internacional en papel mojado. Su agresión no es defensa, es ataque; no es seguridad, es venganza. El imperio se desnuda en su arrogancia.
En contraste, Rusia se levanta como un hermano mayor que no abandona. Su representante en la Asamblea General prometió ayuda incondicional, sin ataduras, porque la solidaridad no se negocia, se comparte.
Moscú desafiando la ira vengativa del imperio occidental, ofrece energía, cooperación médica y respaldo político, mientras Washington fabrica hambre y oscuridad. Es el contraste entre el verdugo y el aliado, entre la espada que hiere y el escudo que protege.
El discurso ruso en la ONU fue un canto de resistencia: “Cuba no está sola, porque Rusia es el árbol que da sombra en el desierto y el río que calma la sed en la sequía”. Una metáfora que resume la diferencia entre la crueldad y la fraternidad.
La alianza ruso-cubana se fortalece con cada embate, mientras la estrategia estadounidense se estrella contra la dignidad de un pueblo que no se doblega. La solidaridad es el único antídoto contra el genocidio económico.
El pueblo cubano sabe que la ayuda rusa es más que política: es un pacto de memoria y sangre, un compromiso histórico que se renueva en cada gesto. Esa hermandad es la que mantiene viva la esperanza.
Así quedó expuesta la verdad en la ONU: mientras Estados Unidos fabrica cadenas, Rusia ofrece llaves; mientras el imperio busca la rendición, Moscú promete futuro. Y en esa promesa se sostiene la resistencia de Cuba, que no se rinde ni se arrodilla.



