Venezuela contra reloj
Remover concreto sin apuntalar, es asesinar a quienes aún respiran bajo los escombros- alerta un especialista que considera que la física no negocia con la política.

Por Margarita Pécora B .
Venezuela nos duele, como duelen las manos lastimadas de los rescatistas y de familiares desesperados que han dejado las uñas entre los escombros, arañando en busca de familiares sepultados.Ha pasado una semana desde la brutal sacudida, pero las esperanzas no se apagan.
Muchas imágenes circulan sobre la tragedia, entre ellas la de un rescatista salvadoreño fallecido mientras ayudaba a salvar vidas de las víctimas del doble sismo que enluta a Venezuela. Este es apenas un ejemplo de lo riesgoso que resulta la labor de rescate y salvamento, que hoy choca con la natural incomprensión de los familiares de las víctimas, angustiados como están, viendo correr el reloj en contra de algún hálito de vida.
Y el que no sabe, es como el que no ve. A todos nos habrá asaltado la misma duda: ¿por qué no levantan rápidamente todas esas losas que, semejantes a hojas de un libro, han caído unas sobre otras en varios edificios? Todos, incluso a la distancia, desesperamos porque llegue una grúa y levante rápido, a ver si alguien queda ahí con vida… pero las cosas no son como uno imagina…
¿Por qué el rescate en un terremoto no es cuestión de horas? Esta es la pregunta que motivó la reflexión a través de las redes sociales, de Francisco Garcés, ingeniero civil especializado en análisis de daños.
De acuerdo con su criterio: “Frente a una tragedia natural de la magnitud del reciente doblete sísmico en el eje Morón-Yumare, es completamente normal que la desesperación, el dolor y la ansiedad se apoderen de la población. Todos queremos respuestas inmediatas, queremos ver a los sobrevivientes a salvo y las calles despejadas en tiempo récord. Sin embargo, convertir la angustia colectiva en un arma de crítica política, acusando de ‘ineficiencia’ o ‘lentitud’ a los equipos que arriesgan su vida entre los escombros, no solo demuestra una profunda ignorancia técnica, sino también una alarmante falta de empatía humana.”
La ingeniería de rescate urbano (USAR) no se mide en likes ni en trending topics. Se mide en protocolos estrictos, en cálculos de estabilidad estructural y en la vida de quienes están atrapados. Cada minuto que parece “inactividad” es en realidad un minuto de planificación para evitar que un movimiento apresurado provoque un colapso secundario que sepulte a los sobrevivientes.
Según Garcés, el espejo internacional es claro: Surfside, Miami, 2021. Allí, con recursos ilimitados, tecnología de punta y un solo edificio colapsado, las labores se extendieron por semanas porque la física no negocia con la política. Porque remover concreto sin apuntalar es asesinar a quienes aún respiran bajo los escombros.-señala rotundo el ingeniero.
En Venezuela, la escala es incomparable. Dos terremotos mayores, múltiples estados afectados, infraestructura comprometida y un bloqueo económico que limita el acceso a maquinaria, repuestos y tecnología de rescate. Pretender que el tiempo de respuesta sea idéntico al de una potencia mundial, es un acto de cinismo”-señala.
Y uno podría agregarle que a esta dificultad se suman malas prácticas involuntarias de la propia población. En La Guaira, motociclistas invadieron zonas de rescate, rompiendo con el ruido de sus motores el silencio indispensable para que los perros detectaran sobrevivientes. Esa imprudencia, nacida de la desesperación, puede costar vidas. El rescate exige disciplina colectiva, respeto a los perímetros y conciencia ciudadana.
La policía, en este contexto, tiene un rol crucial: custodiar los lugares de trabajo de los rescatistas. No se trata de autoritarismo, sino de proteger a los ciudadanos de riesgos adicionales: estructuras inestables, fugas de gas, cables eléctricos expuestos. La custodia policial es garantía de orden y de seguridad en medio del caos.
Pero el contraste duele. Mientras algunos agentes cumplen con la misión de proteger, otros empañan el uniforme. Cuatro policías fueron sorprendidos con dinero de las víctimas en sus manos. Esa traición a la confianza pública es un golpe bajo que hiere la credibilidad institucional y alimenta la narrativa de quienes buscan politizar la tragedia.
El verdadero heroísmo está en el terreno. Bomberos, paramédicos, ingenieros y voluntarios trabajan con turnos extenuantes, con herramientas precarias y con la fuerza de la voluntad. Son ellos quienes sostienen la esperanza, quienes demuestran que la solidaridad no necesita presupuesto ilimitado.
La crítica fácil desde la comodidad de una pantalla es un insulto a quienes arriesgan su vida. La ignorancia técnica se convierte en arma política cuando se manipula el dolor para atacar al adversario. Esa práctica no salva a nadie, solo degrada el debate público.
Hoy la prioridad debe ser la unión nacional, el respeto al trabajo de los especialistas y la disciplina ciudadana. Las evaluaciones vendrán después, pero ahora lo que se necesita es silencio para los perros de rescate, orden para los equipos humanos y empatía para las familias que esperan noticias.
La reconstrucción será larga y costosa, pero la memoria de este momento debe servir para aprender: la técnica salva vidas, la ignorancia las sepulta.



