GremiosOpiniónOpinión

El Preceptor: Garante Legal, Centinela del Aula y el Motor Invisible de la Escuela Argentina

Por Torcuato Marinelli (*)

A mis 41 años, mi vida transita por tres territorios que, para el ojo desprevenido, podrían parecer distantes, pero que en el fragor diario de una escuela pública colisionan con una fuerza ineludible: el rigor del derecho laboral, la investigación del legado pedagógico argentino y el pulso del relato policial. Desde esta encrucijada vital y profesional, me propongo alzar la voz en esta Agencia Comunas para desentrañar y reivindicar a una figura que es, sin temor a equivocarme, el sistema nervioso central, el corazón palpitante y el escudo protector de nuestras instituciones educativas: el preceptor.

No les hablo hoy solo como el ensayista que indagó en los laberintos de nuestra historia, ni como el narrador que busca pistas en la ficción, sino como el abogado que camina los pasillos de los tribunales y conoce de primera mano la brecha abismal que existe entre la letra fría de la ley y la carne viva del trabajador.

El rastreador y el baqueano en el territorio escolar
Cualquier escritor de novela negra sabe que la verdad nunca grita; la verdad susurra. El buen investigador es aquel que lee los indicios que el resto del mundo ignora. En el vasto, complejo y a veces hostil territorio de la escuela secundaria, ese detective empírico es el preceptor.

En mi ensayo Análisis de la Sombra Terrible, exploro cómo Domingo Faustino Sarmiento sentía una profunda, casi culposa fascinación por ciertos tipos originales de nuestra campaña. Uno de ellos es el rastreador, a quien describe magistralmente como el portador de una ciencia casera y popular, un individuo con una memoria prodigiosa capaz de reconstruir dramas enteros a partir de huellas imperceptibles en la inmensidad.

El preceptor moderno es nuestro rastreador urbano. Es él quien descifra los silencios que aturden, el uniforme desgastado, la mirada esquiva, la inasistencia crónica o la tensión invisible que antecede a la violencia. Es él quien reconstruye la historia no contada que el adolescente trae a cuestas desde su hogar. Asimismo, el preceptor encarna al baqueano sarmientino, esa figura indispensable que posee un entendimiento íntimo de los vericuetos del terreno, funcionando como un mapa viviente. Conoce la geografía humana de la institución mejor que el propio director; orienta al alumno que naufraga y al docente recién llegado que desconoce las reglas no escritas del patio.

El preceptor moderno es nuestro rastreador urbano. Es él quien descifra los silencios que aturden, el uniforme desgastado, la mirada esquiva, la inasistencia crónica o la tensión invisible que antecede a la violencia.

De la supresión de la indocilidad a la pedagogía del cuidado

Para comprender la magnitud de la injusticia que pesa sobre estos trabajadores, debemos exponer nuestro ADN histórico. El proyecto educativo fundacional de nuestra nación no solo buscaba alfabetizar; se le asignó la misión política de suprimir la indocilidad, mitigando el riesgo de que las masas se entregaran al instinto de destrucción. En este esquema decimonónico, la escuela se erigió como un dispositivo estrictamente disciplinador.
Históricamente,el preceptor fue confinado al rol de celador implacable, el guardián del orden, el gendarme de los pasillos. Sin embargo, la realidad ha arrollado ese paradigma. Hoy sabemos, y la ciencia pedagógica lo respalda, que esa supuesta indocilidad es, en la abrumadora mayoría de los casos, el síntoma de la exclusión, el hambre, el abandono o el abuso. El rol ha mutado de manera copernicana: de aplicar un régimen punitivo, el preceptor ha pasado a ser la primera trinchera de la contención psicoemocional.

El andamiaje jurídico: la brecha entre la ley y el sudor

Aquí es donde mi voz de abogado laboralista debe elevarse con firmeza. Exigimos al preceptor que sea psicólogo, mediador, trabajador social y enfermero, pero el sistema lo retribuye y categoriza con la mezquindad de un mero auxiliar administrativo. Es imperativo que analicemos esta labor a la luz de nuestro plexo normativo vigente.

1. El mandato de la Ley de Educación Nacional 26.206:
Esta ley consagra a la educación como un derecho personal y social garantizado por el Estado. En su espíritu, establece la necesidad de una formación integral. El preceptor no es un apéndice administrativo; es un agente pedagógico fundamental. Su intervención en la resolución pacífica de conflictos, en la retención escolar y en el acompañamiento de las trayectorias vulnerables es exactamente lo que materializa los postulados de la Ley 26.206. Sin embargo, los Estatutos Docentes provinciales suelen escatimarles el reconocimiento salarial y jerárquico que sí otorgan a los profesores frente a curso, ignorando que el aprendizaje es imposible sin la red de contención que teje la preceptoría.

2. Garantes de la Ley de Protección Integral de los Derechos de las Niñas, Niños y Adolescentes 26.061:
Esta es, quizás, la carga más pesada y silenciosa. La Ley 26.061 establece la corresponsabilidad de toda la sociedad, pero muy especialmente de las instituciones del Estado, en la protección de los menores. Cuando un preceptor detecta un indicador de violencia intrafamiliar, abuso, o trabajo infantil, se convierte por mandato legal en el primer eslabón del Sistema de Protección Integral. Sobre sus espaldas recae la obligación de denunciar, de activar protocolos y de contener a la víctima. El Estado debe reconocer esta inmensa responsabilidad civil y penal que hoy recae en el trabajador de forma desproporcionada.

3. La salud ocupacional y el riesgo psicosocial bajo la Ley 24.557:
Como laboralista, observo a diario el estrago del burnout o síndrome del trabajador quemado en estos profesionales. Están expuestos a riesgos psicosociales gravísimos: absorben la angustia, la carencia y la violencia que el tejido social derrama dentro de la escuela. Las Aseguradoras de Riesgos del Trabajo sistemáticamente se niegan a reconocer el impacto psicológico de esta tarea como enfermedad profesional, dejando al preceptor a la deriva, pagando con su propia salud mental el costo de sostener un sistema que cruje.

El preceptor es quien garantiza que el milagro del aula sea posible. Es el guardián de la república en su expresión más pura y vulnerable.

Un llamado a la dignidad

Señores lectores, colegas docentes, autoridades: no podemos seguir aplaudiendo la vocación si esa vocación se utiliza como excusa para precarizar el trabajo. La vocación no paga los alquileres, ni blinda la mente contra el trauma vicario.
Es hora de arrancar al preceptor de esa sombra terrible en la que lo ha sumido la burocracia educativa. Valorizar su figura exige abandonar la retórica vacía y pasar a la acción legislativa y sindical: necesitamos una recategorización salarial urgente que reconozca su estatus de actor pedagógico, requerimos la implementación real de equipos de orientación escolar que los respalden, y exigimos el amparo de la salud ocupacional frente al desgaste de la primera línea.
El preceptor es quien garantiza que el milagro del aula sea posible. Es el guardián de la república en su expresión más pura y vulnerable. Ya es hora de que la ley, y la sociedad toda, se pongan de pie y estén a su altura.

 

(*) Abogado. Escritor. Autor de «Análisis de la Sombra Terrible de Trímboli, Javier & Barbeito, Ignacio: Sarmiento,Civilización y Barbarie a través de un Libro y sus Relecturas»

Mostrar más

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba