Opinión

¿Se peina o se hace rulos? 

 

 

 

Por Margarita Pécora  –

Donald Trump lleva semanas vendiendo la idea de que “ganó en Irán”, como si hubiera doblegado al régimen persa y cerrado el capítulo. Pero ahora suelta que “le da igual” si las negociaciones se acabaron. ¿Cómo se entiende? El que se dice vencedor no puede mostrarse indiferente ante el desenlace de un proceso que, en teoría, debería coronar su triunfo. Es como gritar gol y después decir que el partido le aburre.

La contradicción se agranda porque Irán acaba de advertir que puede levantarse de la mesa si EE.UU. no atiende el punto del Líbano. Para Teherán, los bombardeos israelíes sobre Beirut son parte inseparable del conflicto, y el silencio de Washington suena a complicidad. Así, la indiferencia de Trump no solo debilita la diplomacia, sino que refuerza la idea de que su “victoria” es humo, sostenido por discursos y no por hechos.

La mecha sigue encendida: Israel aprieta el gatillo de forma brutal  en el Líbano,    Irán responde con advertencias y Estados Unidos calla ante sus propias pérdidas. Esa incoherencia presidencial abre espacio para que Teherán se retire de la mesa y legitime su postura de resistencia.

Trump dice que los norteamericanos aceptarían pagar más por la gasolina si eso evita que Irán tenga armas nucleares, pero no hay pruebas de que Teherán esté en esa carrera. La amenaza nuclear y la indiferencia hacia las negociaciones son dos caras que no encajan, y la credibilidad de Washington se resquebraja.

Irán aprovecha cada fisura: acusa a EE.UU. de violar la tregua, denuncia los ataques israelíes y advierte que la comunidad internacional no puede mirar para otro lado. La diplomacia se desmorona. Mientras Trump minimiza las conversaciones, Irán condiciona su permanencia a que se atienda el frente libanés. Resultado: un proceso estancado, donde el silencio y la  apatía se usan como armas.

El costo político es alto. La comunidad internacional observa con recelo. Rusia y China aprovechan la incoherencia estadounidense para reforzar su influencia, mientras Europa se ve presionada por la escalada en el Líbano. La contradicción de Trump no es solo un problema de palabras, es un vacío estratégico que otros llenan.

Y en medio de todo este lío millones de personas se preguntan: por qué  Trump no presiona a Netanyahu para que frene los ataques contra el Líbano.  Todo indica que es  porque la relación entre ambos está marcada por una dependencia política y estratégica. El “tirón de orejas” que le dio al Bibi Netanyahu,  semanas atrás fue más un gesto simbólico que una sanción real. Desde entonces, se ha limitado a la retórica sin imponer límites efectivos.

Dicen expertos del tema,  que  lo que condiciona esa relación es la necesidad de Trump de mantener a Israel como aliado clave en Medio Oriente. Netanyahu aprovecha esa dependencia para proyectar autonomía y mostrar que puede actuar sin miedo a represalias. En la práctica, parece que quien marca el ritmo es el israelí, mientras Trump administra los costos políticos.

La ecuación se completa con el contexto regional: Irán exige que EE.UU. atienda el frente libanés como parte de las negociaciones, pero Trump se desentiende.  Esa indolencia  refuerza la percepción de que Netanyahu tiene margen para escalar sin freno, y que Washington, atrapado en su propia contradicción, termina subordinado a la agenda israelí.  La impresión que queda es que el “amigo carnal” de la Casa Blanca impone condiciones, y que la mecha de la guerra sigue encendida porque la presión real nunca llega.

 

 

 

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