LEÓN XIV EN ARGENTINA : La montura
León XIV llegará en noviembre con una encíclica que pone el trabajo y la inteligencia artificial en el centro. La oportunidad para el sindicalismo argentino está servida, pero todavía falta quién arme la montura.

Por – JUAN MANUEL MORENA –
León XIV llega el 8 de noviembre a la Argentina con una encíclica que puso el mundo del trabajo en el centro de la discusión global sobre inteligencia artificial. En la agenda oficial del viaje no hay un solo encuentro con los trabajadores. La oportunidad histórica está servida y todavía nadie fue a buscarla.

Hay dos maneras de domar un caballo. Está la doma a lo bruto, la que lo quiebra: se sube el hombre, el animal corcovea y alguno de los dos se rompe. Y está la doma racional, que lleva meses, empieza desde el suelo y sin jinete, y consiste básicamente en enseñarle al animal que la mano que se acerca no viene a lastimarlo. Los que saben dicen que la diferencia entre una y otra no está en el caballo. Está en quién arma la montura.
Perón tenía una frase sobre esto que Pascual Albanese recordó hace pocos días en el podcast de Urgente24: la misión de la conducción política, decía, es «fabricar la montura propia para cabalgar la evolución sin caernos». Setenta años después la evolución volvió, con otro nombre y a otra velocidad. Se llama inteligencia artificial. Y el movimiento obrero argentino todavía no empezó a cortar el cuero.
El 8 de noviembre
El dato duro es el siguiente: León XIV llega a la Argentina el 8 de noviembre y se queda hasta el 11. Buenos Aires, Córdoba y Luján serán las sedes. Misa central en Avenida del Libertador, reunión oficial con Javier Milei el lunes 9. Es la primera visita papal al país en casi cuarenta años y llega con un documento debajo del brazo.

Ese documento es Magnifica Humanitas, la encíclica que firmó el 15 de mayo pasado. No es un texto devocional ni una advertencia genérica sobre los peligros de la técnica. Es la primera vez que la Iglesia pone la IA y al trabajo humano en el mismo párrafo y saca una conclusión política. «La primera elección no es entre un sí o un no a la tecnología, sino entre construir Babel o reconstruir Jerusalén», escribe el Santo Padre. Y cuando baja a tierra, baja en el lugar exacto donde vive el sindicalismo: el salario, el empleo y el control sobre el proceso de trabajo.
La encíclica advierte que estos sistemas pueden «desespecializar a los trabajadores, someterlos a una sospechosa vigilancia automatizada y relegarlos a tareas rígidas y repetitivas». Pide que toda automatización venga acompañada de «medidas verificables de protección del empleo y de recualificación». Sostiene que «la búsqueda de mayores beneficios no puede justificar decisiones que sacrifiquen sistemáticamente empleos». Y define el empleo como «un bien primario para las familias y para las sociedades».
Léanlo de nuevo. Eso es una plataforma de Negociación Colectiva escrita por un Papa.
Los cardenales no piensan lo mismo
Acá aparece la distinción más fina, y no es mía. La hizo Pascual Albanese y merece ser citada completa, porque explica por qué esta discusión es una oportunidad y no una ceremonia: «Cuando un presidente de la República dice que la justicia social es un robo, los peronistas, que siempre somos un poco soberbios, pensamos que está hablando de nosotros. El problema es que los cardenales no piensan lo mismo.»

Para el peronismo, la justicia social es una marca registrada. Una identidad, un patrimonio, casi su apellido. Para la Iglesia es otra cosa: es doctrina. Una palabra que acuñó un jesuita en el siglo XIX, que entró al magisterio con la Rerum Novarum de León XIII en 1891 y que —según reconstruye Albanese— León XIV acaba de incorporar como cuarto pilar de la doctrina social, junto al destino universal de los bienes, el bien común y la solidaridad. No por Francisco. Por León XIV. Ahora.
El cardenal Ángel Rossi, en Córdoba, lo dijo con una precisión que no admite chicanas: la justicia social «no es una opción sociológica ni ideológica. Es una exigencia teológica«.
Ahí está la diferencia, y ahí está la ventaja. Cuando el reclamo deja de ser una bandera partidaria y pasa a ser una exigencia doctrinal, deja de poder discutirse como interna del peronismo. El que discute ya no discute con la CGT. Discute con mil quinientos millones de personas y con dos mil años de archivo.
Tecnocristianismo
El otro dato raro de esta época es de dónde está saliendo el pensamiento. Tomás Rebord viene diciendo hace dos años, mitad en serio y mitad como profecía de trasnoche, que la clave para leer el siglo XXI es lo que él bautizó tecnocristianismo. Y días atrás, en el programa de Gelatina conducido por Pedro Rosemblat y en su Edibordial «Humanidad vs. IA – Batalla Final«, se cobró la apuesta: «Yo lo dije antes de la Magnifica Humanitas del Papa»
Lo interesante no es la primicia. Es el argumento. Rebord reconoce que estamos «frente a una revolución del mercado de trabajo que no tiene precedentes», pero se agarra de una convicción que define como estrictamente religiosa: «No hay una herramienta que reemplace al hombre». Hay herramientas que lo condicionan, dice, hay herramientas que lo modifican. Reemplazarlo, no. Y remata con una frase que debería estar colgada en la puerta de cualquier paritaria que discuta automatización: «Una herramienta no puede cambiar la condición humana. Un poema puede cambiar la condición humana.»
Después hace la pregunta que a nosotros nos toca contestar: «¿Para quién se automatizan los procesos? Para el hombre. ¿Para quién se procesan los datos? Para el hombre». Es exactamente la pregunta de la encíclica, formulada un domingo a la noche por un tipo de treinta y pico en un streaming. Que el foco de pensamiento de esta época lo esté proveyendo la Iglesia Católica en pleno siglo XXI parece una rareza. Es una línea que tiene raíz en Francisco y que hoy está más viva que la de cualquier partido.
Las tres puntas de lanza
Y acá viene lo que me parece central: el epicentro de esta discusión global se da en la Argentina. No por mérito. Por geología política.
La primera punta de lanza fue Francisco, y su legado sigue operando dentro de la Iglesia: León XIV escribe sobre tecnología con la gramática de Laudato Si’ y después decide venir acá.

La segunda es Milei. El 22 de abril Peter Thiel —cofundador de PayPal y de Palantir, el hombre que financia buena parte de la derecha tecnológica norteamericana— entró a la Casa Rosada por segunda vez. Según trascendió se habló de datos, de seguridad nacional y del lugar que la Argentina tiene en el nuevo orden que arma la inteligencia artificial. El país es, hoy, la vidriera más entusiasta que tiene ese proyecto en el hemisferio sur.
Dos puntas de lanza del mismo debate global, plantadas en el mismo país, con dos meses de diferencia. Una llega en noviembre. La otra ya está adentro.
La tercera punta de lanza debería ser el sindicalismo. Por ahora no está.

El atril que falta
Revisando la agenda oficial de la visita. Aeropuerto, Casa Rosada, Libertador, Córdoba, Luján. Se habla de que estando en buenos aires iría al Cottolengo Don Orione, acá hay algún sindicalista que estuvo con la propuesta según fuentes de Mundo Gremial. No hay, hasta el momento, un encuentro con trabajadores. No hay una audiencia con centrales sindicales. No hay un acto con movimientos populares. En el país que construyó la organización sindical de raíz cristiana más importante del mundo, el mundo del trabajo no figura en el cronograma del Papa que acaba de escribir sobre el mundo del trabajo.

¿De quién es la culpa? De nadie en particular. La agenda de un Papa la llenan los que golpean la puerta. Y en Azopardo la discusión de estos meses es otra: hagamos un malón. Legítima, necesaria, y absolutamente insuficiente para el tamaño de lo que está pasando.
Porque la pregunta no es si la CGT llega unida a su congreso. La pregunta es qué le dice el movimiento obrero argentino a un Papa que ya escribió, de puño y letra, lo que la CGT tendría que estar reclamando. ¿Existe un documento? ¿Existe una delegación? ¿Existe alguien trabajando en esto desde mayo?. Veremos en estos días.
Lo que habría que llevar a Luján
El aporte, si hay que hacer uno, es este: la encíclica no es un texto para citar en el discurso del 1° de Mayo. Es un pliego. Y se traduce en cláusulas concretas, que son exactamente las que el mundo europeo ya está discutiendo y acá todavía no:
— Cláusula de transición tecnológica en los convenios: ninguna incorporación de sistemas automatizados sin instancia previa de información y negociación con el gremio. Es la traducción literal de las «medidas verificables de protección del empleo».
— Derecho a la recualificación, con financiamiento empresario y tiempo pago. No cursos de fin de semana: formación dentro de la jornada, como parte del convenio.

— Límites a la vigilancia algorítmica. La encíclica la nombra explícitamente. Hoy en la Argentina no hay una sola cláusula convencional que regule qué puede medir un algoritmo sobre un trabajador y qué se puede hacer con ese dato.
— Participación en el diseño, no solo en el reparto. Sistemas «centrados en la persona y no solo en el rendimiento», dice el texto. Eso se pelea en el comité mixto, no en la mesa salarial.
— Encuadramiento de las plataformas. Es la discusión que el proyecto bonaerense abrió a medias y que el nivel nacional sigue esquivando.
Nada de esto es una fantasía europea. Es lo que ya hicieron los gráficos cuando llegó la linotipo, lo que hicieron los portuarios cuando llegó el contenedor y lo que hizo el SMATA cuando llegó el robot a la línea de montaje. El sindicalismo argentino no tiene que inventar el método: tiene que acordarse de que lo tiene, de su historia, de su inventario.
La ola
La Argentina tiene una propensión insoportable a la grandeza dice Tomás. Nos creemos protagonistas de discusiones que nos quedan grandes y después nos sorprende que el mundo nos mire. Pero esta vez la mística coincide con la geografía. El Papa que escribió sobre inteligencia artificial viene acá en noviembre. El inversor que financia el otro modelo ya vino en abril. La palabra «justicia social» está en disputa en los dos hemisferios y tiene, por accidente histórico, acento argentino.
Es la cresta de la ola. Y en la cresta de la ola no hay tiempo de aprender a nadar.
Albanese dice que estamos en vísperas del acontecimiento político más importante de los últimos tiempos, y que no lo dice por religioso sino por objetivo. Yo agrego una sola cosa: los acontecimientos históricos no reparten protagonismo por antigüedad. Lo reparten entre los que llegaron con algo escrito.
La evolución no se para. Nadie paró nunca una. Se cabalga, y solamente la cabalga el que se tomó el trabajo de fabricarse la montura. Quedan siete semanas. Todavía no vimos el cuero sobre la mesa.



