
Por: Dr. Torcuato Marinelli –
A fuerza de caminar los pasillos de tribunales de día y de diseccionar la mente criminal en mis novelas de noche, uno aprende a ver los hilos del teatro. Y hoy, la obra más taquillera —y la más rentable— es hacerte creer que estás al borde del abismo.
Nunca en la historia de la humanidad tuvimos tanta tecnología a nuestra disposición para protegernos de la inseguridad. Gastamos fortunas en cerraduras biométricas, cámaras infrarrojas para casas que graban en 4K y sistemas de alarmas que nos avisan si un perro cruzó nuestro jardín a las tres de la mañana.
Y, sin embargo, nunca habíamos estado tan aterrorizados.
Nos han vendido la brillante ilusión de que la seguridad privada es un electrodoméstico más. Algo que se enchufa, se paga por mes y te garantiza la inmortalidad. Pero desde la trinchera del derecho penal te aseguro que la realidad tiene los dientes mucho más afilados. La industria de la prevención del delito no te vende un escudo; te vende el sedante para que duermas tranquilo mientras el mundo real sigue girando.
El espejismo de las cámaras de seguridad y el monitoreo
La gente llega a mi estudio jurídico convencida de que un contrato de monitoreo actúa como un campo de fuerza contra los robos domiciliarios. Confunden el folleto publicitario con el Código Penal.
Cuando la puerta se astilla y el sistema es vulnerado, la cruda verdad se desploma. La alarma suena, es cierto. La luz roja parpadea. Pero el delincuente profesional sabe exactamente cuántos minutos de ventaja tiene antes de que llegue el primer móvil policial.
Las cámaras de vigilancia de última generación no evitan que te desvalijen; simplemente te ofrecen el dudoso privilegio de ver, en altísima definición y a todo color, el momento exacto en que perdiste todo. La ley y los sistemas de seguridad operan en el pasado: llegan para recoger los pedazos y levantar el acta. El criminal, en cambio, opera en el presente.
Inseguridad en las calles: Hemos entregado el espacio público
El mayor triunfo del negocio del miedo fue convencernos de que el enemigo está en todas partes y la única solución frente a la delincuencia es el encierro.
Poco a poco, por puro pánico inducido, le hemos regalado la calle al crimen. Abandonamos la vereda, blindamos las ventanas y convertimos nuestras casas en penitenciarías privadas. Vivimos tras rejas cada vez más altas, pagando peajes invisibles —suscripciones, seguros contra robos, dispositivos que caducan— solo para calmar la ansiedad de existir.
Pero aquí está la trampa psicológica que nadie te cuenta sobre la seguridad ciudadana: cuanto más te encierras, más vulnerable eres afuera. Al vaciar las calles de ciudadanos comunes, le dejamos el territorio libre a los depredadores. Tu casa no es un castillo, es una caja fuerte, y las cajas fuertes siempre terminan abriéndose.
Prevención del delito: Tu mejor arma no se enchufa a la pared
Entonces, en este mundo de cristal blindado, ¿qué nos queda para evitar robos reales?
Te queda abandonar la comodidad de la paranoia y recuperar la lucidez. La verdadera protección no pasa por comprar el último sistema de alarmas inteligentes, sino por dejar de ser predecible.
Pasa por proteger tu información personal como si fuera dinero en efectivo y no regalarle a las redes sociales el mapa de tu vida, tus horarios y tus ausencias. Pasa por usar el instinto que la tecnología nos está atrofiando. Aceptar que el riesgo cero es un cuento de hadas no te hace más débil; te saca del rebaño y te convierte en un objetivo difícil, costoso y ruidoso.
Es hora de dejar de comprar ilusiones en cuotas. Apaga la luz roja de la paranoia y enciende la cabeza. El mundo es áspero, pero vivir agachado detrás de una pantalla no es estar a salvo; es, simplemente, estar preso por voluntad propia.
Dr. Torcuato Marinelli
Abogado – Tomo 153 Folio 915
Autor de novela policial



