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Del cielo al infierno

EE.UU. militariza el espacio . Star Wars versión Washington en  el imperio orbital

Por  Margarita  Pécora  B.   –

 

Honestamente, hace rato no escuchábamos un anuncio de Washington con tanta arrogancia y contrasentido ético, estratégico y político. Lo que acaba de proclamar Troy Meink , Secretario de la Fuerza Aérea de EE.UU.,  no es un discurso técnico, es la consagración de una doctrina que convierte el espacio en un campo de batalla. El cielo, antes símbolo de libertad y descubrimiento, se transforma en un arsenal invisible, listo para disparar desde arriba. ¿No parece esto la versión real de  “Star Wars”, pero sin héroes ni rebeldes, solo un imperio que pretende dominar desde las órbitas?

Meink habla de “defender la patria” y “disuadir adversarios”, pero lo que legitima es la militarización total del cosmos. ¿Defensa o supremacía? La respuesta es obvia: imponer un dominio vertical, un poder que se proyecta desde las órbitas hacia la Tierra, sin fronteras ni límites. Es un salto aterrador  hacia el autoritarismo tecnológico, muy a lo gringo, disfrazado de innovación.

La combinación de drones autónomos, cazas colaborativos y constelaciones de interceptores espaciales no es un avance para la seguridad humana, ni en sueños. Es un mecanismo de control global. ¿Y quién controla al controlador? Nadie.

En plena campaña electoral de Donald Trump, este anuncio parece un tiro en el pie. Expone la cara más oscura del poder estadounidense: un país que, en lugar de ofrecer soluciones a incendios forestales, crisis climática o desigualdad, abre la ventana a sospechas de todo tipo. Los medios ya insinúan que esas armas podrían provocar incendios imparables desde el espacio. ¿Seguridad o amenaza? Y la gente  empieza a   temer que un día se produzca la debacle

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La referencia a Irán y a la “Defensa Puntual” revela otra contradicción: EE.UU. reconoce que sus bases son vulnerables, que sus cazas pueden ser derribados, y que necesita reinventarse. ¿No es acaso una confesión de debilidad disfrazada de fortaleza?

La idea de desplegar miles de armas autónomas de ataque unidireccional para 2032 es escalofriante. El futuro inmediato estará plagado de enjambres de máquinas letales, capaces de decidir objetivos sin intervención humana. ¿Quién garantiza que no se equivoquen de blanco? Nadie.

Los nombres de los nuevos aviones —“Vengeance” y  “Fury”— son reveladores. No evocan defensa ni protección, sino venganza y furia. ¿Es este el lenguaje de la seguridad? No, es el lenguaje de la intimidación, de la supremacía que se impone por miedo.

El programa de interceptores espaciales y la red de datos orbitales consolidan la idea de un panóptico militar. ¿Qué pasa cuando el espacio, patrimonio común de la humanidad, se convierte en propiedad bélica de una potencia? Se rompe el equilibrio, se instala la amenaza permanente. Y cuando otras potencias quieran colocar sus armas allá arriba, ¿qué ocurrirá? Solo pensarlo pone los pelos de punta.

El anuncio de Meink no es un paso hacia la seguridad, sino hacia la inseguridad global. Es inoportuno, arrogante y peligroso. En los umbrales de una pulseada electoral, EE.UU. muestra al mundo que su prioridad no es salvar vidas ni proteger bosques, sino desplegar armas orbitales.

La incoherencia es brutal: ¿cómo puede sostener una guerra interminable contra Irán por la presunta producción de armas nucleares, mientras coloca las suyas en el espacio con capacidad de ataque global? Es el clásico “haz lo que yo digo y no lo que yo hago”. La paradoja desnuda el doble estándar estadounidense, que se erige como juez y verdugo, mientras instala en órbita la amenaza que dice combatir en tierra.

 

 

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