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Hartos de tanta insolencia

 

 

Por  Atiragram  Arocep   –

La indignación que se respira en Argentina al conocerse  los insultos lanzados  por el presidente Javier Milei contra su par,  el presidente brasileño  Lula Da Silva, es el reflejo de una vergüenza que ya se convierte en hartazgo colectivo.

Los diarios, las radios y las pantallas se llenaron de voces que repiten una misma idea: el agravio no es solo personal, es institucional, deja a la diplomacia argentina en ridículo y la relación bilateral caminando al borde de un desfiladero. ¿Qué clase de liderazgo se construye a fuerza de improperios?

Los argentinos saben que Brasil es un socio estratégico,  el principal sin que quepa alguna duda; y que cualquier ofensa contra su presidente es un golpe directo a la relación bilateral. Por eso la reacción fue inmediata y furiosa. No se trata de simpatías políticas, sino de respeto básico. El insulto, convertido en espectáculo, se percibe como una torpeza que compromete el futuro de la región. ¿Cómo sostener el Mercosur si se dinamita la confianza con el vecino más poderoso?

Si la reacción del mandatario argentino se debió a que Brasil le prohibió visitar a Jair Bolsonaro, entonces la indignación es doblemente legítima. Porque la causa que pesa sobre el exmandatario brasileño no es menor: encabezó un intento de golpe de Estado. ¿Acaso alguien puede reclamar privilegios para acercarse a quien atentó contra la democracia? La justicia brasileña actuó con firmeza, y cualquier represalia verbal contra Lula se convierte en un berrinche sin sustento.

Los medios argentinos retratan a Milei como un presidente intelectualmente menguado, que busca sobresalir con berrinche. Pero la verdad es que casi nadie se entusiasma con él, aunque lo soporten protocolarmente. La imagen que queda es la de un mandadero de Trump, incapaz de construir un liderazgo propio, reducido a la caricatura de un provocador. ¿Ese es el papel que merece Argentina en el escenario internacional?

La indignación popular se mezcla con ironía y desesperanza. Algunos piden cerrar embajadas, otros reclaman médicos psiquiatras, y no faltan quienes sugieren que Brasil debería detenerlo por incitación a la violencia. La retórica se enciende porque la paciencia se agota. Cada insulto suma votos al adversario, cada exabrupto fortalece el nacionalismo brasileño y debilita la posición argentina. ¿No es acaso un contrasentido que el presidente trabaje en contra de su propio país?¿Con qué derecho ingresa a una nación  extranjera a insultar a  su máxima autoridad?

Un intelectual argentino de renombre como lo fue  José Pablo Feinmann, por citar un ejemplo,  vería en este episodio la confirmación de una decadencia política marcada por el grito y el insulto.  Siempre decía que el insulto es la negación del pensamiento. Para él, la política debía ser filosofía aplicada, y ver a un presidente reduciendo la diplomacia a  sus arrebatos  histéricos, sería la prueba de un vacío intelectual. “¿Qué clase de liderazgo se construye a fuerza de improperios?”, se preguntaría con ironía, para luego responder: ninguno, salvo el liderazgo del miedo y la desconfianza.

Le falta escuela a Milei, le falta diplomacia para  conducir  moderadamente la relación con quienes piensan diferente.  Desconoce que la  retórica del agravio, sustituye al argumento y convierte la política en un circo donde la voz más estridente pretende imponerse como verdad.  Desconoce  Milei  que el insulto no construye autoridad, la destruye. Y lo que se erosiona no es solo la figura presidencial, sino la representación de un país entero en el escenario internacional.

Y lo peor es que  su postura viene marcando tendencia desastrosamente negativa.  Desde que asumió, el presidente argentino ha desplegado un estilo repetitivo: insultar, descalificar y provocar. Lo hizo contra España, cuando acusó al jefe de gobierno, Pedro Sánchez,  de “corrupto” y lanzó improperios contra su esposa, generando la retirada de la embajadora española y un enfriamiento inmediato de las relaciones con la Unión Europea. Lo repitió con Colombia, al llamar “asesino terrorista” a su entonces  presidente  Gustavo Petro, lo que derivó en la expulsión de diplomáticos argentinos y un quiebre en la cooperación bilateral. Y lo reiteró con México, al calificar a López Obrador,  quien era el  mandatario,  de “ignorante” y “socialista trasnochado”, provocando una nota de protesta y la suspensión de encuentros regionales.

El patrón es evidente: cada vez que se enfrenta a un límite diplomático, responde con agravios personales que convierten a la Argentina en rehén de su retórica. Tres episodios, tres crisis, tres señales de alarma que muestran cómo el insulto se ha transformado en política exterior.

Lo que hoy ocurre con Brasil no es un accidente, sino la continuidad de una estrategia que erosiona la credibilidad del país y lo coloca en el banquillo de los acusados en la escena internacional.

En definitiva, lo que se denuncia no es solo un insulto: es una estrategia de autodestrucción. Argentina necesita alianzas, necesita respeto, necesita visión. Lo que recibe, en cambio, es un espectáculo de gritos y agravios que nos hunde en el remolino de la locura política. La indignación de los argentinos es un grito de advertencia: no se puede gobernar con insultos, no se puede representar a un pueblo con arrebatos de histeria. La historia juzgará si este episodio fue un tropiezo pasajero, o el inicio de un aislamiento irreversible.

 

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