
Por Margarita Pécora –
La frase «Los odios que al mundo envenenan» , no es el eco lejano de la canción obrera que muchos recordamos como “La internacional”; sino la lamentable radiografía de nuestro presente bélico. Hoy, esos odios se transforman en guerras activas, bloqueos económicos y discursos incendiarios que convierten la política en trincheras, y la diplomacia en pólvora.
La frase se enlaza con la realidad actual porque describe cómo el odio se institucionaliza: se fabrica en arsenales, se difunde en propaganda y se legitima en alianzas militares. Cada misil lanzado es también un veneno que corroe la convivencia internacional y perpetúa un ciclo de violencia que parece no tener fin.
La naturaleza nos recuerda su fuerza salvaje con sismos y volcanes que han cobrado miles de vidas, como los recientes terremotos en Venezuela. Frente a esa realidad, uno se pregunta por qué los hombres insisten en multiplicar la tragedia con guerras interminables.
El pueblo gazatí ha sufrido una masacre que dejó más de 57 mil muertos y cientos de miles de desplazados. Ucrania sigue desangrándose, ahora con mercenarios reclutados desde América Latina y África. Hijos desesperados buscan a sus padres en redes sociales, denunciando engaños que los llevaron a un conflicto ajeno.
Estados Unidos e Israel mantienen su pulso contra Irán, alimentado por avaricia imperial y odio venenoso. Las treguas han sido frágiles e inútiles, mientras Washington miente a su propio pueblo sobre victorias inexistentes. Irán, obligado a resistir, convierte el estrecho de Ormuz en arma política y diplomática para frenar al invasor.
En este contexto, la consigna de la Internacional “Los odios que al mundo envenenan”, funciona como advertencia y espejo. Los odios no son abstractos: son intereses geopolíticos disfrazados de soberanía, son narrativas nacionalistas que justifican invasiones, son la incapacidad de transformar conflictos en acuerdos. El mundo se envenena porque el odio se administra como estrategia-
La pregunta es simple y dolorosa: ¿por qué no reina la cordialidad, o al menos el respeto entre naciones ? Mientras la tierra tiembla y la lava amenaza, los hombres siguen abonando guerras. El sentido común debería vencer al odio, porque la vida ya es frágil sin que la violencia la convierta en ceniza.



