OpiniónOpinión

 El “estrecho de Trump”: Una  nueva expresión de narcicismo político.

 

 

Por  Margarita Pécora B.    –

 

¿Se enteraron? Ahora  el presidente de EE.UU., Donald Trump  quiere nombrar al Estrecho de Ormuz, como  “El estrecho de  Trump”. No es  chiste…Lo publican medios oficiales. Y aunque  ya  nada  sorprende viniendo  del excéntrico  presidente  estadounidense,  lo cierto es que  ahora  se viene con  esta  propuesta  de   rebautizar el estrecho de Ormuz  que baña  las costas iraníes  y omaníes, como “estrecho Trump”.

Desde el estallido del conflicto iniciado por Estados Unidos e Israel contra Irán el pasado 28 de febrero, el estrecho de Ormuz se transformó en el epicentro de las batallas y las tensiones geopolíticas. El imperio occidental ha desplegado toda su maquinaria —presión diplomática, sanciones económicas y demostraciones militares— para intentar someter a Irán y hacerse del dominio del paso marítimo más estratégico del planeta. Sin embargo, cada intento ha fracasado: Ormuz sigue siendo territorio de resistencia, un símbolo de soberanía que ni los misiles ni los discursos pueden doblegar.»

Por eso esta nueva maniobra de Trump de apropiarse simbólicamente de Ormuz,  no parece  ser  un simple capricho semántico: es un gesto cargado de psicología política y de pulsión imperial.   Desde la perspectiva crítica, lo que se observa es un patrón de apropiación simbólica, porque   cambiar el nombre de un espacio histórico, territorio ajeno además, equivale a intentar borrar su memoria colectiva y sustituirla por la marca personal del líder.

En términos psicológicos,  dicen que  este tipo de conducta se acerca a lo que algunos analistas describen como narcisismo político, es decir,  la necesidad de inscribir el propio nombre en geografías, monumentos o instituciones, como si el mundo fuera un espejo que debe reflejar la figura del mandatario. La frase “sería más caliente que nunca” revela esa mezcla de grandilocuencia y deseo de control, donde el lenguaje se convierte en arma de posesión.

Políticamente, el intento de renombrar el estrecho de Ormuz es una extensión de la estrategia de hegemonía discursiva, porque,  si EE.UU. no logra dominar físicamente el paso marítimo,  cosa que hasta  hoy   no ha  conseguido,  al menos busca dominarlo simbólicamente. Pero la reacción iraní expone la contradicción: la distancia de 7.000 millas entre Washington y el golfo Pérsico es también la distancia entre la fantasía de control y la realidad de impotencia.

La sensación que deja este episodio es la de un trastorno de poder; esto significa que hay   un líder mandamás de un país occidental, que confunde la autoridad con la capacidad de renombrar el mundo, como si la geografía fuera un tablero personal.

Creo que más que un diagnóstico clínico, es un síntoma político: la obsesión por transformar la historia en propaganda y la cartografía en propiedad privada.

No es la primera vez que Trump intenta reescribir el mapa a su medida. Ya había sugerido transformar el histórico Golfo de México en el pomposo ‘Golfo de las Américas’, como si bastara un cambio de nombre para apropiarse de siglos de historia y cultura. Esa obsesión por renombrar lugares —del Caribe a Medio Oriente— revela un patrón: borrar la memoria colectiva y sustituirla por la marca personal del líder, como si la geografía fuese un espejo de su ego.

 

Mostrar más

Publicaciones relacionadas

Botón volver arriba