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De París  a Buenos Aires, los pueblos salen a defender el futuro.

Por  Margarita  Pécora.  –

Mientras las calles de Francia se llenan de estudiantes que reclaman por su futuro y en Argentina miles de trabajadores se movilizan para defender la tierra, hay una pregunta que sobrevuela ambos escenarios: ¿qué ocurre cuando la sociedad siente que las decisiones más importantes se toman lejos de la gente común?

A primera vista, parecerían protestas distintas. En Francia, los jóvenes denuncian recortes, reformas educativas y un horizonte cada vez más incierto. En Argentina, la polémica gira en torno a la venta de tierras rurales a extranjeros y a una decisión judicial que ha despertado un fuerte rechazo social. Pero si uno rasca un poco la superficie, encuentra un mismo hilo conductor: la sensación de que lo que pertenece al pueblo se aleja progresivamente de las manos del pueblo.

Dicen en Argentina que «cuando las barbas de tu vecino veas arder, pon las tuyas a remojar». Y quizás ese sea precisamente el mensaje de estas protestas. Los franceses miran la educación. Los argentinos miran la tierra. Pero en el fondo ambos están mirando algo más profundo: la soberanía sobre su propio destino.

Porque la tierra no es simplemente un bien inmobiliario. La tierra es alimento, es recursos naturales, es identidad, es memoria colectiva. Y cuando aparece la consigna «Hoy es la tierra, mañana será el agua», lo que expresa no es solamente una preocupación jurídica o económica. Es un temor mucho más amplio: el miedo a que los recursos estratégicos terminen convertidos en mercancías sujetas exclusivamente a la lógica del mercado.

Y aquí surge otra pregunta…¿Por qué una cuestión que hace algunos años habría movilizado solo a sectores rurales hoy genera preocupación en trabajadores estatales, sindicatos, estudiantes y organizaciones sociales? Tal vez porque cada vez más personas perciben que la discusión no es quién compra un campo, sino quién controla los recursos que condicionarán el futuro de las próximas generaciones.

En Francia, los estudiantes salen a las calles porque sienten que les están hipotecando el mañana. En Argentina, muchos manifestantes sostienen que la discusión sobre la tierra también tiene que ver con el mañana. Son luchas diferentes, sí. Pero ambas nacen de una misma inquietud: la pérdida de control sobre decisiones consideradas fundamentales.

Y hay algo más. En una época en la que se nos repite que la política interesa cada vez menos, las calles parecen estar contando otra historia. Cuando cientos de miles de jóvenes franceses marchan y cuando sindicatos argentinos convocan a un paro nacional, queda demostrado que el ciudadano común no ha renunciado a la participación. Lo que ocurre es que la participación aparece cuando la sociedad percibe que está en juego algo esencial.

Como dice otro refrán muy criollo: «el que se quema con leche, ve una vaca y llora». Los pueblos también tienen memoria. Recuerdan privatizaciones, crisis económicas, promesas incumplidas y decisiones tomadas desde arriba. Por eso reaccionan cuando identifican señales que consideran peligrosas.

Quizás estemos asistiendo a algo más grande que dos protestas aisladas. Tal vez estemos viendo una nueva etapa de resistencia social en distintos lugares del mundo. Una etapa en la que ciudadanos de diferentes edades, ideologías y culturas comienzan a preguntarse quién decide realmente sobre los bienes comunes, sobre la educación, sobre los recursos naturales y sobre el futuro colectivo.

Porque al final, la verdadera discusión no es solamente sobre hectáreas en Argentina o presupuestos educativos en Francia. La discusión es sobre quién tiene la última palabra cuando están en juego cuestiones que afectan a generaciones enteras.

Y esa es la señal que llega desde las calles de París, de Lieja, de Buenos Aires y de tantas otras ciudades: los pueblos pueden permanecer en silencio durante un tiempo, pero cuando sienten que les están tocando el futuro, tarde o temprano levantan la voz.

Porque hay momentos en que la sociedad mira a sus gobernantes y les recuerda una verdad tan antigua como poderosa: la tierra puede tener dueño, el agua puede tener precio, pero el futuro de un pueblo nunca debería estar en venta.

 

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