Aún respiran barcos oxidados de la Batalla naval de Santiago de Cuba.

Por Margarita Pécora –
En las profundidades de la plataforma insular cubana descansan esqueletos de barcos sumergidos a lo largo de los siglos, pero ninguno tiene tanto valor histórico como los cinco pecios de la desafortunada flota que mandó el almirante Pascual Cervera, hundidos en las proximidades a la bahía santiaguera en la Batalla naval del 3 de julio de 1898 contra la escuadra norteamericana superior en tonelaje y blindaje. El próximo 3 de julio se cumplirán 122 años del dramático suceso.
Quienes transitan por la carretera Granma, en la provincia de Santiago de Cuba disfruta el privilegio, sin tener que sumergirse en el mar, de ver el oxidado cañón perteneciente a la inofensiva batería de popa del otrora acorazado español Almirante Oquendo, único que aflora las aguas de los cinco buques que componían la escuadra española derrotada en desigual combate contra la norteamericana muy superior en tonelaje, armamento y blindaje.
La mole de hierro se yergue a corta distancia de la orilla y puede mostrar sus oxidados despojos en la playa Nima Nima, tramo que alcanza a recorrer un submarinista con a penas una careta y patas de rana.
Las impresiones de lo que hemos visto allí son estremecedoras: El Oquendo parece un cadáver con los restos despedazados y oxidados, por una parte, y envueltos en un bellísimo sudario de corales, por otra.
Parece un animal moribundo que hubiera escogido la cómoda arena del fondo, para reposar eternamente, sin embargo, la vida late dentro de él, a través de la rica fauna marina compuesta por langostas y manchas de coloridos peces que han elegido como biota al gigante de hierro, que no ha quedado exento de los depredadores que practican la caza indiscriminada atando cabos, más toda suerte de ganchos y trampas a las endebles estructuras del barco.
De su original casco, según criterio de Pedro Soberats, buzo santiaguero – ya fallecido-, quien estudió y conservó con pasión admirable a la flota, poco o nada queda, pues al ser alcanzado por el fuego de la escuadra norteamericana, voló en pedazos cayendo al fondo las pesadas planchas que lo protegían, ahora superpuestas unas sobre otras. No obstante aún se distingue parte de lo que fue el sistema de calderas.
Cabe recordar que el 3 de julio de 1898, cuando la flota mandada por el almirante español Pascual Cervera, se disponía a abandonar la bahía santiaguera tras alertar a la Corona de que iba “camino de un suicidio”, fue cercada por la escuadra estadounidense al mando del Almirante Sampson, que obligó a salir los barcos de uno en uno por la estrecha boca de la bahía, lo que convirtió el enfrentamiento en un holocausto para los españoles que tuvieron que lamentar la muerte de 350 marinos mientras que por la parte estadounidense solo hubo un muerto.
MAS DE UN SIGLO DE DESPOJO
Los embates de la Naturaleza en estas costas del Mar Caribe por donde azotan ciclones y desembocan numerosos ríos provenientes de las montañas de la Sierra Maestra, han contribuido al deterioro de las estructuras de los cinco barcos que componían la flota, unido a la depredación provocada por cazadores furtivos.
Con el propósito de rescatar precisamente algunos componentes, hace algunos años presenciamos la extracción de armas del destructor Plutón hundido entre las ensenadas de Rancho Cruz y Buey Cabón. Se trataba de varias decenas de proyectiles de diverso calibre -algunos sin disparar-, un fusil y numerosos objetos que se encontraban diseminados por un área de aproximadamente 2 500 metros cuadrados. Tales evidencias serían mostradas luego al público en un museo del Acuario Baconao.
El Plutón había sido alcanzado por la artillería enemiga y casi destrozado al estrellarse contra la costa cuando casi estaba sumergido.
El barco Cristóbal Colón, hundido en las cercanías de Rio La Mula, frente a la Sierra del Turquino, es considerado la joya de los pecios por encontrarse en mejor estado de conservación, con su casco íntegro, así como algunos compartimientos que pueden ser buceados con la emoción de quien recorre las oquedades de un cadáver que respira un nuevo milenio bajo las aguas, usando las branquias de los animales marinos.



