
Hay una hora exacta en la que la historia argentina se parte en dos, aunque durante mucho tiempo nadie haya sabido leerla como tal. Son las once de la noche del 23 de agosto de 1962, en la esquina de Trelles y Canalejas, barrio de Flores. Un joven de veintidós años camina hacia la fábrica TEA, donde trabaja el turno noche cuidando máquinas de trafilación y esmaltado de alambre. Ocho hombres lo rodean. Él se resiste, se aferra a un árbol, deja la marca de sus uñas en la corteza como quien firma un documento involuntario. Pierde. Se lo llevan. Ese joven se llama Felipe Vallese, es delegado de la Unión Obrera Metalúrgica (UOM), y nunca más se supo de él.

No hace falta acumular adjetivos para entender la magnitud de lo que ocurrió esa noche. Alcanza con decir que Vallese fue, según reconstruyó la propia UOM y confirmaron después historiadores como Norberto Galasso, uno de los primeros detenidos desaparecidos de la historia argentina contemporánea. Antes de que la palabra «desaparecido» se instalara como categoría trágica y planetaria en los años de la dictadura, ya había sido ensayada, con la misma lógica de ocultamiento y la misma impunidad, contra un delegado de base metalúrgico. Una metodología perversa nacía y sobre todo tenía como destinatario al sector mayoritario de aquella Argentina, el movimiento obrero.
Felipe Vallese: El pibe de la fábrica, el delegado del barrio
Conviene resistir la tentación de convertir a Vallese en una estatua. Fue, antes que nada, un trabajador de carne y hueso: nacido en abril de 1940 en Flores, hijo de una familia trabajadora, metido en la fábrica apenas terminada la adolescencia. A los dieciocho años sus compañeros lo eligieron delegado. No fue un gesto simbólico ni una designación de aparato: fue el reconocimiento de alguien que caminaba el taller, que conocía el nombre de cada operario, que entendía que el pago de horas extras o la ropa de trabajo adecuada no eran detalles administrativos sino la forma concreta en que la dignidad se discutía todos los días, turno tras turno.

Ese Vallese, el de la comisión interna, el que se paraba frente al capataz para reclamar lo que correspondía, es el que hay que rescatar del olvido antes que al mártir. Porque la fábrica metalúrgica de comienzos de los sesenta era un hervidero: la industrialización sustitutiva había multiplicado los talleres y las plantas en el cordón industrial, y con ellas había crecido una masa obrera joven, peronista sin fisuras, curtida en la proscripción y la resistencia. La huelga metalúrgica de 1959, que se extendió por más de un mes y terminó con ochocientos delegados detenidos, había mostrado de qué estaba hecha esa generación. Vallese era hijo de esa fragua. Y también, como tantos de sus compañeros, militante de los primeros núcleos de la Juventud Peronista que empezaban a nuclearse en los barrios y en las plantas para sostener la lucha contra la proscripción.
La UOM como columna vertebral de una época
Es imposible entender a Vallese por fuera de la organización que lo formó. La Unión Obrera Metalúrgica no era, en esos años, un sindicato más entre tantos: era el corazón gremial de un proceso de industrialización que estaba redefiniendo el mapa social del país, y al mismo tiempo el bastión de una resistencia peronista que se sostenía, contra viento y marea, después del golpe de 1955. En sus fábricas se soldaba algo más que metal: se soldaba una identidad política, una manera de entender que el lugar de trabajo era también un territorio de disputa por el poder. Era un movimiento obrero de hierro frente a la reacción que había enviado a Perón al exilio.

Ese mismo carácter estratégico convirtió a la UOM, y en particular a sus cuadros de base, en blanco de una hostilidad que no se conformaba con la represión abierta. El 29 de marzo de 1962 un golpe militar había derrocado a Arturo Frondizi como reacción al triunfo electoral del peronismo bonaerense encabezado por Andrés Framini. José María Guido quedó como presidente de cartón, mientras el poder real se repartía entre los comandantes militares. En ese clima de proscripción reforzada, con el peronismo otra vez condenado a la clandestinidad de sus organizaciones, perseguir a un delegado no era perseguir a un individuo: era intentar descabezar, fábrica por fábrica, la estructura que sostenía la resistencia.
La desaparición como método, no como excepción
Aquí está, quizás, el núcleo más incómodo y más necesario de este aniversario. Lo que le hicieron a Vallese no fue un exceso aislado ni la brutalidad casual de una policía fuera de control. Fue un método: primero negar la detención, después inventar una causa fraguada panfletos, armas, una campera del ejército, mientras el cuerpo circulaba clandestinamente de comisaría en comisaría, torturado para arrancarle un dato sobre el paradero de otro militante. Cuando la Justicia, empujada por la propia CGT y por las denuncias familiares, empezó a destapar la farsa, ya era tarde. El rastro se perdía en la comisaría de Villa Lynch. El cuerpo de Felipe Vallese nunca apareció.

Esa secuencia, secuestro, negación, tortura, desaparición del cuerpo, es exactamente la matriz que la dictadura de 1976 aplicaría después a escala industrial contra miles de delegados, activistas de comisión interna y cuadros sindicales de base. No es casualidad que buena parte del terrorismo de Estado posterior haya tenido como blanco privilegiado, otra vez, a los representantes de los trabajadores en el lugar de trabajo: la experiencia de Vallese demuestra que ya en los sesenta el poder había aprendido que la forma más eficaz de disciplinar a una clase obrera organizada no era encarcelar a sus dirigentes visibles, sino hacer desaparecer a sus delegados de planta, a esa trama capilar que sostenía la organización desde abajo.
Lo que sigue vivo en cada comisión interna
Sesenta y cuatro años después, la calle donde lo secuestraron lleva su nombre. La CGT bautizó con el suyo su salón de actos. Cada 23 de agosto, en las seccionales metalúrgicas de todo el país, se repite un ritual de memoria que no tiene nada de protocolar: es, en el fondo, el reconocimiento de que la organización sindical de base esa que se construye turno a turno, reclamo a reclamo sigue siendo, hoy como entonces, un lugar incómodo para cualquier poder que prefiera trabajadores atomizados antes que representados.

Recordar a Vallese es preguntarse, cada vez que un delegado sube a defender a sus compañeros frente a un despido o una condición de trabajo injusta, qué precio siguen pagando quienes sostienen esa primera línea de representación. Vallese eligió, no bajar los brazos frente a lo que le parecía injusto. Ese gesto, tan modesto y tan enorme a la vez, es el que cada aniversario vuelve a poner de pie.
FUENTE, MUNDO GREMIAL



