
Por Atiragram Arocep –
Este 7 de agosto la tradicional peregrinación por San Cayetano promete ser una manifestación popular impresionante e histórica. La motosierra del gobierno libertario que gestiona para los ricos pisoteando a los más vulnerables de la manera más brutal que se recuerde, ha dejado cicatrices visibles en el tejido social argentino: la caída del empleo formal se traduce en un ejército de desocupados que deambula entre la incertidumbre y la bronca.
Las pymes —motor histórico de la economía nacional— cierran sus persianas una tras otra, incapaces de resistir la presión de tarifas, impuestos y la recesión que se profundiza. El consumidor suspira angustiado en las góndolas, calculando si puede llevar un pan, o unas lentejas.
Los comercios tradicionales de barrio, esos que sostenían la vida cotidiana, se ven obligados a despedirse de clientes y empleados, dejando calles desiertas y vitrinas apagadas.
Los despidos masivos en sectores estratégicos como la industria, la construcción y los servicios públicos son la prueba más cruda de un modelo que privilegia la motosierra sobre la solidaridad.
Por eso la bronca popular se acumula como agua detrás de un dique: cada anuncio de ajuste, cada cierre, cada telegrama de despido, alimenta un río de indignación que busca cauce en la fé en San Cayetano.
En ese contexto, la figura de este Santo venerado, emerge como refugio espiritual y símbolo de resistencia. El pueblo vuelve sus ojos al patrono del pan y el trabajo, buscando consuelo donde la política niega respuestas.
Cada 7 de agosto, miles de fieles se congregan en Liniers y otros santuarios, renovando una tradición que se convierte en acto de protesta silenciosa contra la motosierra oficial.
La peregrinación no es solo un gesto religioso: es también un grito colectivo que denuncia la falta de pan en la mesa y de trabajo en las fábricas.
La fe popular se refuerza en la adversidad. Allí donde el Estado se retira, la comunidad se abraza a la esperanza de que San Cayetano interceda por los humildes.
El contraste es brutal: mientras se multiplican los cierres y despidos, se multiplican también las velas encendidas, los rezos y las plegarias que buscan un milagro económico.
La bronca y la fe se entrelazan en un mismo gesto: caminar kilómetros para pedir pan y trabajo es tanto un acto de devoción como de resistencia política.
Y así, en medio de la crisis, el pueblo argentino recuerda un viejo proverbio que ilumina su esperanza: “Quien tiene fe nunca camina solo, porque la fe es el pan que alimenta al alma y el trabajo que dignifica la vida.”



