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El derecho a  la duda.

 

 

Por  Margarita Pécora   B.  –

 

La noticia  de que este  viernes se firma  en Suiza, el acuerdo preliminar de paz  entre Estados Unidos e Irán,  ha sido presentada como un triunfo de la diplomacia, pero conviene recordar el viejo refrán: “No todo lo que brilla es oro”. La firma   puede sonar a paz asegurada, aunque la realidad es más frágil de lo que se anuncia, de modo que  no hay que anticiparse a tocar  bombos y platillos.

Washington llega a esta mesa de negociaciones,  no desde la fortaleza ni  la invencibilidad de un poderío que nos vende  como la Coca Cola,  sino desde el desgaste.   Tres meses de guerra, miles de víctimas y un mercado energético convulsionado han erosionado la imagen de invulnerabilidad de la potencia occidental y a su presidente que  creyó que lo de Irán era “pan comido” , y  los iraníes le han  dado  dura batalla, convirtiendo en blanco de   drones y misiles, a  numerosas   bases militares de   varios países  aliados, que ahora se quejan  de  que  Washington no     les  garantizó el  blindaje prometido.

El cierre del Estrecho de Ormuz fue el golpe inesperado. Irán paralizó el corazón energético del planeta con un movimiento que no disparaba balas, pero que bloqueaba 20 millones de barriles diarios. Esa jugada obligó al Pentágono a reconocer que la guerra no podía librarse solo con portaaviones y drones.

Ahora bien, ¿por qué el derecho a la duda? Porque el pacto sigue pendiendo de un hilo. Israel, socio carnal de Washington, actúa como sombra negra sobre el acuerdo. Netanyahu                   parece  estar poniendo palos en las ruedas   a EE.UU., desde  el mismo  momento que bombardeó Beirut justo cuando Trump se preparaba para firmar la paz.

Tel Aviv insiste en que “la lucha no ha terminado” y que seguirá golpeando a Irán. Esa postura contradice  a  Washington, enoja  a  Trump  que ya ha  tirado de las orejas a Netanyahu más de una vez,  y expone la fragilidad del pacto. No se puede hablar de paz mientras uno de los protagonistas sigue empuñando el cuchillo como  matón  de barrio.

Desde Teherán, la televisión estatal presentó el acuerdo como derrota estratégica de Estados Unidos. Más allá del tono propagandístico, lo cierto es que Washington aceptó reabrir Ormuz y levantar el bloqueo naval.

Pakistán jugó un papel clave como mediador. Sin su paciencia, el acuerdo no habría llegado a puerto. Este detalle revela que Estados Unidos no negoció desde la fuerza, sino desde la necesidad. Y cuando una potencia necesita terceros para cerrar la salida, la duda se instala.

El pacto contempla levantar sanciones y discutir activos iraníes congelados. Quedó claro que  no bastaba con detener las armas: había que mover dinero, comercio y legitimidad diplomática. El mercado petrolero reaccionó de inmediato, pero la pregunta es si esa calma será duradera.

Medios que siguen de cerca  el tema,  coinciden en que el acuerdo incluye una tregua de 60 días para discutir el expediente nuclear. Es decir, no estamos ante un tratado definitivo, sino ante un alto el fuego condicionado, de modo que,  “del dicho al hecho hay mucho trecho”

El Banco Mundial describió esta crisis como el mayor shock petrolero en décadas. La paz llegó porque la guerra amenazaba inflación y cadenas industriales. Pero si Israel sigue atacando, el riesgo de que todo se derrumbe es real.

Trump intenta vender el pacto como triunfo personal, asegurando que otros presidentes fracasaron donde él logró traer paz. Sin embargo, los hechos muestran que la Casa Blanca negoció bajo presión.

Por todo esto, el derecho a la duda no es pesimismo, es realismo. Podemos celebrar la firma, sí, pero sin olvidar que todavía quedan cabos sueltos que amenazan con deshacer el pacto en cualquier momento. Porque en Oriente Medio, como   ha quedado demostrado,  el gringo no manda.

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