Trump insinúa a Irán que “a la tercera va la vencida”.

Por Margarita Pécora B. .
Trump subió la apuesta en la pulseada con Irán: si en la tercera cita diplomática en Ginebra no hay acuerdo, “será un día muy malo” para Teherán. El tono suena a ultimátum, como quien dice que ya no habrá más paciencia después de dos rondas que dejaron sabor a poco en la Casa Blanca.
El mensaje busca mostrar que el mandamás de Washington está cansado de esperar y que la opción militar está lista para entrar en juego. Incluso mencionó al general Daniel Caine, asegurando que si se da la orden, él liderará el ataque con la convicción de que sería una “victoria fácil”.
La presión militar se mezcla con la diplomacia: mientras Irán defiende su derecho a enriquecer uranio, EE.UU. amenaza con convertir la falta de acuerdo en castigo inmediato. La tercera ronda se pinta como decisiva, con la tensión al rojo vivo.
Pero, ¿con qué cuenta EE.UU. para lanzarse a esa aventura bélica? Con el portaaviones USS Gerald Ford, que salió del Caribe y puso rumbo al Mediterráneo oriental. Allí, 4.500 tripulantes llevan once meses a bordo, atrapados en la misión más larga de sus vidas, viendo cómo sus permisos se cancelan una y otra vez.
La tensión en el Ford ya no es rumor: medios de prensa hablan de marineros agotados que rozan la sublevación. Lo que debía ser un despliegue rutinario de seis meses se estiró casi al doble, convertido en un suplicio colectivo.
El buque más caro de la historia, valorado en 13.000 millones de dólares, se ha transformado en símbolo de desgaste. Los marines añoran a sus familias, sienten bronca y perciben que desde la Casa Blanca se firma una prórroga como si fuera un trámite, sin medir el costo humano.
El Wall Street Journal recogió testimonios de tripulantes que piensan abandonar la Marina. Bodas perdidas, hijos creciendo sin padres presentes, sacrificios acumulados que se convierten en deuda política para Trump.
Incluso el propio comandante del Ford admitió que la extensión fue inesperada. Orgullo mezclado con desgaste, improvisación en la cadena de mando y confianza debilitada: un cóctel que erosiona la disciplina.
Expertos advierten que misiones tan largas no solo rompen la moral, también desgastan equipos y ciclos de mantenimiento. La Armada se oxida por dentro y por fuera, y la imagen de poder se convierte en símbolo de vulnerabilidad.
La Casa Blanca busca mostrar músculo militar, pero la prolongación forzada de la misión puede volverse un boomerang político y estratégico. Baños colapsados, olores nauseabundos y familias enviando paquetes de comida son la otra cara de la épica.
Cada día extra en el Mediterráneo es un recordatorio de que las decisiones fáciles en Washington se convierten en sacrificios insoportables en alta mar. Lo que se presenta como firmeza estratégica puede terminar en un ejército desmoralizado y una Armada desgastada.
A todo esto, Irán —el adversario que Washington amenaza con “un día muy malo”— no se queda de brazos cruzados. Desde Teherán observan la fatiga y el desgaste a bordo del Gerald Ford como una grieta en la coraza del gigante, y aprovechan cada minuto para reforzar su arsenal.
La República Islámica acaba de recibir un lote de 1.000 drones estratégicos, un mensaje claro de que se prepara “hasta los dientes” para cualquier escenario. No se trata solo de defensa: es una advertencia directa de que, si EE.UU. decide atacar, habrá respuesta inmediata y contundente.
Con este telón de fondo, la tercera ronda de negociaciones en Ginebra se convierte en un auténtico punto de quiebre. O se alcanza un acuerdo que evite la escalada, o la amenaza de guerra deja de ser retórica y se transforma en realidad.



