Si ahora lo dejaron pasar, luego lo van a lamentar.

Por Margarita Pécora.-
El destino incierto que le espera a los pueblos del mundo es preocupante, sobre todo a los que hoy callan ante esta arbitraria política de fuerza usada por EE.UU. dentro del territorio soberano de Venezuela. Guarden, porque luego pueden ser los invadidos, saqueados y sometidos.
La historia reciente del olímpico secuestro por parte de EE.UU., del presidente Maduro y su esposa en medio de una agresión que costó la vida a personas inocentes, demuestra cómo Estados Unidos ha actuado de espaldas a la ONU y al derecho internacional, imponiendo su voluntad mediante la fuerza militar y la presión política. Esta conducta arbitraria e ilegal es de manual, se repite en distintos escenarios, dejando una huella de impunidad y consolidando un perfil de “gendarme mundial”, un sheriff y un halcón que se arroga el derecho de decidir sobre el destino de otros pueblos.
Ejemplos abundan: la invasión a Irak en 2003, justificada con argumentos falsos sobre armas de destrucción masiva; la intervención en Afganistán, que se prolongó por dos décadas con un saldo devastador para la población civil; la acción militar en Libia, que desestabilizó al país y abrió paso a un caos prolongado; y las presiones constantes sobre Venezuela, Cuba e Irán, donde las sanciones y amenazas buscan doblegar gobiernos sin importar el sufrimiento de sus pueblos. En todos estos casos, la democracia, los derechos humanos y la soberanía nacional han sido relegados frente a intereses estratégicos y económicos.
En las redes sociales abundan comentarios que reflejan un clima de tensión y posiciones muy polarizadas en torno a la situación de Venezuela y la intervención de Estados Unidos. Algunos expresan visiones extremas, incluso violentas, sobre invasiones y enfrentamientos, mientras otros denuncian la injerencia extranjera y defienden la soberanía nacional.
Se perciben acusaciones contra EE. UU. por actuar fuera del derecho internacional y por buscar apropiarse de los recursos venezolanos, así como críticas a organismos internacionales como la ONU por su supuesta parcialidad.
Hay quienes sostienen que el cambio de gobierno en Venezuela debe ser decidido únicamente por los propios ciudadanos, mientras otros justifican la intervención externa como necesaria para terminar con el chavismo. También aparecen voces que llaman a la unidad del pueblo venezolano frente a la amenaza militar, y otras que señalan la decadencia del país como consecuencia de sus dirigentes, pero pocos profundizan en lo nefasto que significa para el futuro de los pueblos, esta agresión que vulnera la paz y la soberanía venezolana.
No hay que ser un genio para percatarse de que la impunidad con la que actúa Estados Unidos se sostiene en su poder militar y en la complicidad silenciosa de gran parte de la comunidad internacional. Al asumir el rol de gendarme mundial, transmite un mal ejemplo: que la fuerza está por encima de la ley, que la hegemonía justifica la violación de normas, y que los pueblos pequeños carecen de protección real frente al abuso de los poderosos.
Este patrón lesiona los principios básicos de convivencia internacional y debilita la credibilidad de organismos como la ONU, que quedan reducidos a espectadores impotentes y ya sin prestigio. La falta de respeto a la soberanía y a los derechos humanos se convierte en una constante que normaliza la violencia y la arbitrariedad.
El destino incierto que le espera a los pueblos del mundo que hoy permanecen en silencio y màs aún a los que aplauden esta política de la administración Trump, es muy preocupante: mientras hoy callan ante el vecino del Norte que se erige como gendarme en la región, mañana pueden ser ellos los invadidos, saqueados y sometidos. El silencio actual se transformará en lamento futuro, cuando la impunidad se extienda y la democracia global se vea sustituida por la imposición de un poder que no reconoce límites ni normas. Si ahora lo dejan pasar, guarden, que lo van a lamentar.



