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¿Quién dijo que murió Fidel?

Por Margarita Pécora

En momentos en que  recorre el mundo la desgarradora noticia  de la partida física del líder indiscutible  de la revolución cubana y millones  lo lloran,   emana un consuelo del sabio ideario martiano que reza:  “La muerte no es verdad, cuando se ha cumplido bien la obra de la vida”.

Es ahora  cuando adquiere toda su  magnitud  la  inconmensurable obra  de Fidel, justo  cuando ha dejado de respirar,  y  los cubanos ya  no podemos contestarle a los enemigos que “todavía lo tenemos vivito y coleando”. Es  ahora  cuando  más vivo  y  más  presente lo vamos a tener como  fuente inagotable de  ejemplo, de sabiduría, de principios y de dignidad.

Hoy  decimos adiós al Comandante,  cuyas   cenizas   recibirá  la heroica ciudad de Santiago de Cuba,  y en el largo peregrinar de pueblo que lo acompañará hasta su última morada, van  amalgamados el pesar y el orgullo  de haber tenido  un jefe  con las agallas   de Fidel, el  mismo que  resumió  sus ansias libertadoras  a bordo del  Granma con la memorable expresión: “si salgo, llego, si llego entro y si entro triunfo”.

Su profética frase  se hizo realidad  en todas las batallas que ganó para el pueblo cubano, desde la  paliza  que le dio a los mercenarios en Playa Girón, hasta  los discursos  con los que desnudó una y otra vez los intentos del imperialismo de apoderarse de Cuba.

Un rosario de batallas  de la mano de Fidel,  llenan de orgullo a los habitantes de la Mayor de las Antillas cuando de  solidaridad internacional  a otros pueblos del mundo se trata, unido a los niveles de educación,  salud y otros tantos logros  que obedecieron  a su certera conducción.

Único, irrepetible líder de talla mundial  con  millones de  admiradores en diversas partes del planeta. Para algunos ha sido  como un profeta de las revoluciones sociales y de los  desastres que amenazan la vida del planeta;  para otros, un ser  excepcional  que acumuló  una  trayectoria de guerrero inclaudicable  en las  mismas narices del imperio  más poderoso de la Tierra- los Estados Unidos-,  y no se dejó vencer.

Miles  de  familias   en todas las latitudes  han escogido  para sus hijos varones el nombre de Fidel,  para que  lo lleven con orgullo. Así han  nacido generaciones de Fideles y surgirán muchas más. Pero si buscas en Cuba algún lugar que tenga el nombre de Fidel, no lo encontrarás. Mientras  vivió  se respetó  su postura de hombre  modesto   y de pueblo, de no permitir que se ejerza culto a su persona.

Líderes políticos hay muchos, cortadores de cintas en obras que construyeron otros, oradores de  discursos escritos por mano ajena, paladines de causas  que no sienten realmente como suyas, pero como Fidel, puedo asegurar que no  hay ninguno que haya predicado con el ejemplo como él, lo mismo desde lo alto  de un tanque de guerra  guiando un combate como fue  el  de Playa Girón,   que desde una tribuna en las Naciones Unidas  peleando con  su verbo por la dignidad  de Cuba y de los países hermanos.

Había cumplido recién  90 años. Casi toda una vida dedicado  a defender  sus ideales y  a alertarnos de los peligros.  Nos quedamos con su imagen atrapada en el recuerdo de comandante gallardo de   uniforme verde oliva y  barba  rebelde de la Sierra Maestra,  que nos deja como  herencia  su cualidad  de líder  excepcional,  de los que  probablemente  nace solo uno, cada siglo  para  hacerlo  sencillamente irrepetible.

 

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