“Pesadilla interminable”
Esta semana que transcurrió estuvo plagada de resonancias estrepitosas de los escándalos políticos en los que se ha visto envuelta la cúpula presidencial de "La Libertad Avanza".

Por Margarita Pécora B. –
Hemos dejado atrás una semana marcada por ecos de los escándalos políticos, gestos de entreguismo y un deterioro económico que golpea la soberanía y la dignidad de los argentinos. Entre corrupción, crisis y decadencia, la Nación enfrenta una tormenta perfecta que amenaza con desangrar su futuro.
La presentación el pasado 29 de abril, del cuestionado jefe de gabinete Manuel Adorni en el Congreso, dejó más sombras que certezas. Los ecos de esa sesión siguen repicando, no solo por las intervenciones que lo desnudaron como un “cadáver político”, sino por las nuevas evidencias de presuntos hechos de corrupción que emergen día tras día, sin que el apelado acabe de presentar una Declaración Jurada, que convenza que no ha estado mintiéndonos todo el tiempo.
La insistencia presidencial en mantenerlo en el cargo, pese al desgaste y la falta de credibilidad, erosiona aún más la imagen de un vocero que fue convertido en un parpadear, en Jefe de Gabinete de Ministros, y de todo un gobierno – con el presidente y su hermana a la cabeza, que se auto proclama transparente arengando luchar contra la casta, cuando la amamanta en su propio seno, aunque corra el riesgo de hundirse como el Titanic, por la carga de tantas sospechas…
La figura del presidente tampoco salió indemne: su gesto teatral una vez más en el Muro de los Lamentos, el pasado 19 de abril, en la ciudad vieja de Jerusalén que parece amar más que a su tierra, fue leído como símbolo de desapego nacional, lo mismo que su subida disfrazado ridículamente con uniforme de camuflaje, a un portaaviones estadounidense, lo que ha sido interpretada como entreguismo y una invocación a la guerra. Todos estos elementos que parecen de película para algunos, o pesadilla para el argentino con sentimiento patriótico, profundizaron la percepción de un mandatario apátrida. En un país que implora paz, esos gestos son heridas abiertas que evocan un pasado de dictadura y desapariciones, al cual no quieren volver.
Y como si fuera poco, el rumor de que habría que comer carne de burro para sobrevivir se convirtió en metáfora brutal de la decadencia política y económica que atraviesa la Argentina.
A este escenario se suman las “demandas contra el presidente y su hermana” por gastos excesivos en viajes y representación, que exponen un contraste doloroso entre el derroche oficial en incontables viajes a Estados Unidos, Israel y Europa, y la austeridad impuesta a la ciudadanía.
La justicia deberá dirimir si esos recursos fueron utilizados de manera indebida, pero el daño político ya está hecho: la imagen presidencial se resquebraja aún más frente a una sociedad que reclama transparencia y responsabilidad.
En el plano económico, las noticias no fueron mejores: la inflación volvió a golpear con fuerza, el dólar paralelo escaló a niveles récord y los alimentos básicos registraron aumentos que profundizan la crisis social. El industricidio se hizo presente en más empresas emblemáticas que cerraron, y más negocios que bajaron las persianas, imposibilitados de sobrevivir a la motosierra libertaria.
El malestar se traduce en bronca y descreimiento, mientras los mercados reflejan la falta de confianza en la conducción económica. La combinación de corrupción, gestos de entreguismo y deterioro económico dibuja un panorama de fragilidad institucional que amenaza con convertirse en tormenta perfecta.
El lacayismo presidencial no es solo un gesto político: es una herida lacerante para los argentinos, históricamente apegados a su soberanía nacional. Resulta inadmisible que mandatarios de otros países —y peor aún, con las manos manchadas por una guerra de exterminio étnico como la de Gaza— pretendan guionar la política argentina y decidir sobre sus recursos naturales. Esa subordinación agrede la dignidad y el patriotismo de un pueblo que no concibe que se le dé prioridad a la instalación de ciudadanos extranjeros en regiones sensibles como la Patagonia, territorio que sospechosamente ardió durante días y que, bajo el fuego y la especulación, podría quedar a merced de los “amigos carnales” del gobierno. La soberanía no se negocia, y cada acto de entrega es un golpe directo al corazón de la Nación argentina.



