
Por Margarita Pécora B.
Benjamin Netanyahu subió al podio de la ONU entre abucheos y el desprecio silencioso de numerosas delegaciones que abandonaron la sala en masa. Aquel gesto no fue protocolario ni casual, fue un mensaje político inequívoco: la creciente condena internacional hacia el líder de un gobierno sobre el que pesan gravísimas acusaciones por una guerra que ha dejado decenas de miles de muertos en Gaza.
Pero el astuto dirigente israelí sabía que pisaba terreno favorable. Arropado por el respaldo de su principal aliado, Donald Trump, no solo arremetió contra quienes le dieron la espalda, a los que tildó de hipócritas, sino que aprovechó a quienes permanecieron en sus asientos para desplegar la escenografía que ha perfeccionado durante años: la del victimario que intenta presentarse como víctima.
Como el lobo vestido de oveja de la vieja fábula, Netanyahu volvió a enfundarse el traje del perseguido, del incomprendido y del acorralado. Sin embargo, esta vez el auditorio era distinto. Las imágenes de Gaza, la devastación acumulada y el creciente aislamiento diplomático han erosionado la eficacia de un relato que durante años encontró eco en buena parte de Occidente. El primer ministro habló como si aún pudiera controlar la narrativa, pero el mundo parece cada vez menos dispuesto a creerle.
Allí, en la Asamblea General, no solo defendió a Israel; sino que usó los mismos epítetos de régimen asesino y terrorista que la prensa internacional y muchos gobiernos le han endilgado, para lanzarlos contra Irán, en un intento por defender una versión de los hechos cuya credibilidad se encuentra hoy bajo un escrutinio sin precedentes.
Pero dicen los sabios que, cuando el verdugo reclama compasión, la credibilidad se convierte en el principal campo de batalla. Netanyahu insiste en una narrativa basada en amenazas existenciales, terrorismo y seguridad nacional, pero el desgaste de la narrativa de la víctima es cada vez más evidente. De víctima a cuestionado, libra una lucha por el relato en la que busca convencer de que Israel actúa en defensa propia, mientras una parte creciente de la comunidad internacional no solo lo duda, sino que dice estar consciente de que el victimario es Israel.
Y es que la máscara de la victimización pierde fuerza cuando las consecuencias humanitarias de la guerra ocupan el centro del debate global. Por eso, en la ONU, el mundo escucha, pero ya no cree con la misma facilidad.
Netanyahu, como en ocasiones anteriores, puso como eje central de su discurso ante la ONU a la amenaza iraní y la negación de que la presión internacional deba modificar la política exterior de su país.
Esta vez no presenta el conflicto como una disputa territorial limitada, sino como una lucha por la supervivencia del Estado de Israel frente a enemigos que buscarían su destrucción, donde Irán continúa siendo señalado como el eje de esa amenaza y como el patrocinador de múltiples actores hostiles en la región. Este recurso desplaza el debate desde cuestiones concretas de ocupación, fronteras o derechos humanos hacia una narrativa de supervivencia nacional.
Apela al lenguaje moral . Su discurso diferencia constantemente entre quienes representan la seguridad, la democracia y la civilización y quienes encarnarían el terrorismo, la violencia o la barbarie. La estructura argumentativa no deja demasiado espacio para posiciones intermedias. Israel es presentado como víctima y defensor del orden internacional, mientras sus adversarios aparecen caracterizados como amenazas absolutas. Esta simplificación moral es habitual en discursos de guerra porque facilita la movilización de apoyos internos y externos. Y lo explota aquí.
También es reiterativo en cuanto al uso de víctimas y de referencias emocionales al 7 de octubre de 2023. El discurso vuelve a recordar los ataques de por Hamás, los rehenes y los ciudadanos israelíes abatidos. Con ello, busca generar empatía internacional y reforzar la legitimidad de las operaciones militares posteriores que para medio mundo ha significado una verdadera masacre de los habitantes de Gaza. Su estrategia está dirigida a conectar emocionalmente con la audiencia y a justificar decisiones políticas mediante el recuerdo del trauma colectivo.
Del mismo modo, acude a la deslegitimación de las críticas internacionales. Netanyahu rechaza las acusaciones de genocidio y cuestiona las denuncias formuladas por distintos gobiernos europeos, organismos internacionales y sectores de la opinión pública.
La crítica externa la presenta como resultado de campañas de desinformación, prejuicios o incluso manifestaciones de antisemitismo. De esta forma, el debate deja de centrarse en los hechos denunciados y se traslada hacia la credibilidad de quienes los denuncian.
Aprovecha para estigmatizar de este modo, a Zohran Mamdani el alcalde de Nueva York al que tildó de “antisemita”, argumentando que intentó impedir su visita a Estados Unidos al pedir que se emitiera una orden de arresto internacional en su contra por presuntos crímenes de guerra.
También el primer ministro israelí afirmó que el alcalde elogió y apoyó a personas condenadas por respaldar a Hamás, señalando que difunde mentiras sobre los judíos y el Estado de Israel. Y además sostuvo que las posturas y críticas de Mamdani han incitado protestas y disturbios contra la comunidad judía en Nueva York.
Pero en su discurso, el mayor énfasis se ve puesto en la apelación a la seguridad nacional . El mandatario israelí menciona las operaciones militares en Gaza y Cisjordania justificándolas como una necesidad estratégica y defensiva.
El mensaje implícito es que cualquier relajación de la presión militar pondría en riesgo la existencia misma del Estado israelí y de sus ciudadanos, así justifica como legitimas las medidas extraordinarias que impulsa.
En su discurso Netanyahu intenta movilizar emociones vinculadas al miedo, la vulnerabilidad y la memoria de las víctimas. La evocación permanente de ataques terroristas, rehenes, familias afectadas y amenazas futuras busca fortalecer la cohesión interna israelí y generar comprensión internacional hacia la posición de su gobierno. El componente emocional ocupa un lugar central y suele imponerse sobre otras dimensiones del debate político.
Procura proyectar la imagen de Israel como una democracia bajo asedio. El país aparece representado como un actor racional, defensor de los derechos de su población y obligado a responder frente a amenazas externas. Asimismo, él mismo se presenta como un líder firme que no cede ante la presión internacional. Esta construcción de credibilidad resulta especialmente relevante en un contexto donde la imagen exterior de Israel experimenta un importante desgaste, según señalan numerosos observadores y gobiernos. El propio discurso parece responder a esa crisis reputacional.
Su oratoria intenta convencer a la audiencia de que el conflicto no afecta únicamente a israelíes y palestinos, sino que forma parte de una confrontación más amplia entre fuerzas democráticas y actores radicales respaldados por Irán. Al ampliar el alcance del conflicto, busca que la seguridad de Israel sea percibida como un interés compartido por buena parte de Occidente.
Otro aspecto significativo es la dimensión electoral e interna del discurso donde se nota el uso de elementos históricos, religiosos y simbólicos. La referencia a Cisjordania mediante denominaciones bíblicas como Judea y Samaria no es una cuestión terminológica menor. Desde una perspectiva discursiva, estas expresiones buscan reforzar una conexión histórica y cultural con esos territorios y desplazan el marco del debate desde el derecho internacional hacia una narrativa identitaria e histórica.
Al final, la imagen que dejó Netanyahu en la ONU fue la del lobo vestido de oveja: un líder que intenta envolver en el lenguaje de la autodefensa y la victimización una guerra cuyo saldo humano resulta imposible de ignorar. Su relato apela al miedo, a las amenazas y a viejas heridas, pero tropieza una y otra vez con el peso de las miles de vidas apagadas en Gaza, con ciudades reducidas a escombros y con una opinión pública mundial cada vez más escéptica.
En ese contexto, resulta difícil creer que el envío de unas cuantas vacunas pueda servir para atenuar el impacto moral, político y humanitario de una tragedia de semejante magnitud. Pretender compensar decenas de miles de muertos con gestos humanitarios aislados no parece un acto de compasión, sino una contradicción tan profunda que por momentos roza lo grotesco. Y quizás por eso, mientras Netanyahu hablaba desde el podio, buena parte del mundo ya no discutía su discurso: discutía su credibilidad.



