Opinión

Del apocalipsis al alto al fuego: Irán sospecha del giro estadounidense.

Por  Margarita Pécora  B. -

Donald Trump ha llevado la retórica de amenaza contra Irán a un nivel que pocos líderes modernos habían expresado tan abiertamente, y por eso se lo compara con figuras históricas que usaron el lenguaje del exterminio como arma política. En la historia contemporánea del liderazgo mundial no se tiene registro de un presidente con la capacidad de expresar tanto odio y deseo de daño a otros seres humanos como lo hizo con su apocalíptica amenaza contra la República Islámica: “todo el país podría quedar destruido en una sola noche y una civilización entera moriría esta noche para no volver jamás”, logrando poner al mundo en vilo.

Así de letal fue su advertencia contra el país persa, recordando que el plazo para reabrir el estrecho de Ormuz vencía el martes por la noche, sin importarle que semejante amenaza de arrasar en una noche con millones de personas evocara los episodios más dolorosos de la humanidad, como Hiroshima y Nagasaki.

Llegado el martes del anunciado cataclismo, Trump se percató con evidente frustración de que sus amenazas infernales caían en saco roto, pues no habían logrado moverle ni un pelo a los iraníes, quienes por el contrario se parapetaron detrás de sus misiles balísticos apuntando a todos los blancos posibles por mar, tierra y aire. Ante semejante fracaso de la narrativa intimidatoria, no tuvo más remedio que cambiar de estrategia y lanzar una medida unilateral a través de su plataforma Truth Social: suspender durante dos semanas los bombardeos y ataques contra Irán, condicionando la tregua a la “apertura completa, inmediata y segura” del estrecho de Ormuz.

El anuncio provocó un desplome inmediato en los precios del petróleo: el crudo estadounidense cayó un 18 % por debajo de los 93 dólares tras haber superado los 117 horas antes, mientras el Brent retrocedió cerca de un 6 % hasta los 103,40 dólares. El gas natural y el gasóleo también registraron fuertes bajas, en contraste con las bolsas de valores que se dispararon   evidencian do cómo la tregua y la reapertura del estrecho alteraron de golpe el pulso energético y financiero global.

Pero mientras los mercados celebraban la decisión unilateral, Irán reaccionó con desconfianza y rechazo, considerando que la pausa era un movimiento táctico de Washington para ganar tiempo. Teherán interpretó el acuerdo con Pakistán como una maniobra más que como un gesto de paz, y no puede dejar de sentir recelo cuando aún resuenan las amenazas del presidente estadounidense de que “una civilización entera morirá esta noche”. Para Irán resulta difícil asimilar que quien horas antes prometió un ataque letal y directo contra la población civil cambie bruscamente de postura.

Por eso, Teherán mantiene firme su posición: sin levantamiento de sanciones ni reconocimiento de su derecho nuclear no habrá solución duradera. En este contexto, el estrecho de Ormuz sigue siendo su carta estratégica, administrado como símbolo de resistencia y poder, donde busca dejar claro que la última palabra no la tiene Estados Unidos, sino quien controla ese paso vital.

Sobre todo cuando ya Estados Unidos no puede ocultar que está atrapado en una guerra que no logra ganar en Irán y busca una salida desesperada, pero sin admitir derrota. Analistas señalan que la potencia occidental falló en su estrategia: algunos creen que nunca existió tal “bomba atómica” en Irán y que Washington tampoco tuvo un plan claro en esta guerra, a la que se dejó arrastrar por la presión de su socio israelí, interesado en debilitar a Irán para avanzar con su proyecto de expansión regional y la idea del “Gran Israel”. En ese marco, Estados Unidos intenta maquillar su retirada como un movimiento táctico, mientras la realidad muestra fisuras internas y un costo político y militar que lo deja en una posición incómoda frente al mundo.

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