Cuando la “paz” se escribe con bombas

Por Margarita Pécora B. –
Lo que vimos este fin de semana y lo que aún veremos quién sabe por cuántos días más; no fue un operativo quirúrgico ni una acción “preventiva”, como la bautizó el Ministerio de Defensa de Israel. Fue un ataque a gran escala contra Irán, con Washington sumándose al festín bélico como si se tratara de un partido de fútbol en el que no podían quedarse afuera. El resultado: tragedia civil en Minab, una escuela primaria reducida a escombros y decenas de niñas muertas. ¿Ese es el camino hacia la paz que nos prometen?
Donald Trump, con su retórica de “bombardeos intensos y precisos”, se presenta como el pacificador global, pero lo que en realidad hace, es prender fuego al polvorín de Oriente Medio. Y claro, Irán no se quedó de brazos cruzados y disparó misiles contra bases estadounidenses en Catar, Kuwait, Emiratos y Baréin. La llamada “Tormenta de fuego” fue la respuesta inmediata. ¿Qué esperaban? Como dijo un general iraní: “Irán no es Libia, ni Siria, ni Venezuela”. ¡Y vaya si lo demostraron!
La narrativa occidental insiste en mostrar a Trump y Netanyahu como héroes de guerra, pero oculta los reveses, las bajas y los ataúdes que también se acumulan de su lado. Se habla del “Domo de Hierro” como si fuera invulnerable, cuando hasta los hutíes ya lo atravesaron. La realidad es que la región está al borde de una escalada que puede arrastrar portaaviones, bases y aliados en toda Asia occidental. Los fantasmas de la Guerra de los 12 días, de 2025 ,vuelven a rondar.
Lo más indignante es, que todo esto ocurre apenas horas después de una ronda de negociaciones en Ginebra, donde se había logrado un borrador sólido sobre el programa nuclear iraní. Pero a Trump le dejó “sabor a poco” y decidió que era mejor abrir fuego. ¿De qué sirven entonces las mesas de diálogo, si la respuesta es siempre la misma: bombas primero, acuerdos después?
La conclusión es clara: Estados Unidos e Israel no buscan acuerdos, buscan rendición. Y como Irán no es un país dispuesto a agachar la cabeza, lo que veremos es más fuego, más resistencia y más costos humanos. La guerra no se gana con discursos ni con fotos de portaaviones relucientes, se mide en vidas rotas y en prestigio perdido. Y en ese terreno, los halcones de Washington deberían recordar que ya cargaron con ataúdes en Irak y Afganistán. ¿De verdad quieren repetir la historia?
Al final las verdaderas razones de esta cruzada bélica quedan al desnudo: Estados Unidos ya no ostenta la hegemonía mundial que tuvo y su presidente carga con la sombra de escándalos que lo ponen en la mira de la justicia internacional, como las aberrantes acusaciones del Caso Epstein. En ese contexto, la guerra funciona como cortina de humo, un espectáculo de fuego y plomo para desviar la atención de sus propios problemas internos. Lo mismo pasa con su amigo carnal, Benjamin Netanyahu, sobre quien pesa graves acusaciones y conserva en su manos, aún fresca, la sangre de la masacre que dirigió contra los palestinos en Gaza.
A eso se suman las viejas apetencias de poder: apropiarse del petróleo iraní con la misma receta que intentaron aplicar en Venezuela. Solo que Irán no es Venezuela, y lo está demostrando con misiles que golpean Tel Aviv y bases militares en toda Asia occidental.
Sabemos cuándo y cómo empezó este conflicto, pero nadie puede asegurar cuándo ni cómo terminará. Trump dice que será “cuando él quiera”, pero Teherán lo desmiente con hechos, no con palabras. Lo único cierto es que el saldo será sangriento y devastador: pueblos persa y hebreo pagando con vidas inocentes, y soldados estadounidenses cayendo uno tras otro en las bases que hoy están en la mirilla de una nación islámica herida y dispuesta a devolver cada golpe con fuego y acero.



