Amenazas que desgastan.

Por Margarita Pécora B. –
Este lunes amanecimos con una lapidaria amenaza de Donald Trump contra la República Islámica de Irán: “todo el país podría quedar destruido en una sola noche”. Esta fue su nueva advertencia contra el país persa, para recordarle que el plazo para reabrir el estrecho de Ormuz vence el martes por la noche, intensificando así la presión sobre Teherán en medio de un ultimátum que mezcla amenazas espantosas, con la exigencia de un acuerdo inmediato.
¿Pero qué pasa cuando Trump hace uso tan reiterado e hiperbolizado de la retórica intimidante? Veamos:
Se le atribuye a Leonardo da Vinci el sabio proverbio que reza: “La amenaza es el arma del amenazado.”. Esta expresión subraya que amenazar revela más debilidad que poder; encaja con las amenazas de Donald Trump contra Irán , porque de tan reiteradas y exageradas, han perdido filo, y lo peor es , que se nota.
Al principio, sus frases de “destrucción total” podían sonar intimidantes, pero hoy parecen más un estribillo repetido que un plan real. La retórica se desgasta cuando no se traduce en hechos, y los iraníes lo saben: no se les mueve un pelo.
Cada vez que Trump sube el tono, lo que transmite no es poder, sino desesperación. Decir que “todo el país podría quedar destruido en una sola noche” evoca fantasmas nucleares, Hiroshima y Nagasaki, imágenes que nadie cree que se atreva a repetir. Es más un grito de frustración que una amenaza creíble.
El problema es que la repetición mata la intimidación. Cuando un líder repite la misma advertencia semana tras semana, el adversario aprende a convivir con ella. La “destrucción total” deja de ser un escenario temible y se convierte en ruido de fondo.
Y mientras tanto, el arsenal estadounidense se desgasta. Dos tercios de sus misiles furtivos ya fueron consumidos en apenas un mes, y reponerlos llevará años. Cada disparo muestra fuerza, sí, pero también vulnerabilidad. Irán aprovecha ese desgaste para exhibir resistencia y convertirlo en argumento político.
Trump responde con más amenazas: puentes, centrales eléctricas, plantas desalinizadoras. Pero ahí cruza una línea peligrosa: la del derecho internacional humanitario. Atacar infraestructura civil esencial no es intimidación, es coacción, y puede ser considerado crimen de guerra.
Lo que se ve es su impulso nervioso, no serenidad. Hablar de tomar el petróleo iraní o arrasar instalaciones vitales, refleja más desesperación que estrategia. Es el lenguaje de demolición total, pero sin un plan claro detrás.
Irán, en cambio, convierte cada golpe recibido en prueba de que puede resistir y cada amenaza en evidencia de que Washington se queda sin recursos. La narrativa se invierte: el que debía intimidar aparece como atrapado en su propio discurso.



