Sociedad

Alberto Lescay: Escultural y hechicero

 Por Margarita Pécora Barrientos –                                                                                                     

Todavía los porteños no sospechan  la talla del pintor  y escultor cubano  que los visita,  ni los poderes  extraterrenales que  posee este hombre  para transmutar la materia y darle vida sobre un altar de espiritualidad y fuego.

Lo comprendí  y empecé a admirar en toda su grandeza, desde aquel lejano día, dentro de  un galpón abandonado  a un costado de la ruta que conduce a Santiago de Cuba, conocido como “El  Caguayo”,  donde   la curiosidad periodística me convirtió en testigo de un  ceremonial mágico religioso llevado a cabo por  su gran amigo, el gran intelectual santiaguero Joel James, director fundador de la Casa del Caribe,  ya fallecido,   quien bautizó con rocío de aguardiente cubano, y  palabras que sólo  entienden los orishas, aquella  “maternidad” donde se gestó  la emblemática  escultura ecuestre del titán de bronce Antonio Maceo. Hoy  El Caguayo es  una  empresa  de la Fundación para las Artes monumentales y Aplicadas, única de su tipo en la Isla.

Ese  mismo sincretismo mágico-religioso me arrastró  en 1997  a presenciar cómo Lescay  emplazaba  en el cerro de Cardenillo,   punto dominante de la mina a cielo abierto de El Cobre,  la escultura al  “Cimarrón”, otra  de sus obras emblemáticas de unos 10 metros de alto,  elaborada en bronce y metales reciclados  como un homenaje a los esclavos que en esa localidad se sublevaron en 1731 y obligaron a la Corona Española a tomar la insólita decisión para esa época de concederles la libertad en 1831.

El monumento forma parte de la Ruta del Esclavo, un proyecto de la UNESCO, encaminado a divulgar la realidad de esa forma de explotación y su influencia en las culturas americanas.

Emociona reencontrarse con este genio que  va dejando  a  la cultura cubana, la impronta de  más de cinco décadas de vida artística  dedicadas  a dignificar los principales puntales identitarios de  la patria y sus próceres,  como la intransigencia revolucionaria de Antonio Maceo y estoicismo de Mariana Grajales,  por solo citar algunos.

Hablar de  Lescay,  es   remitirse  a esculturas ecuestres como la del “Titán de bronce” Antonio Maceo,  a la  que le dio forma condensando en  sus bocetos  el aprendizaje adquirido en la escultura monumentaria ecuestre que  aprendió  en Leningrado donde cursó estudios.   Gracias a ese  don  que posee Lescay, es que Maceo cabalga sobre su destellante caballo de bronce  en la soleada  Plaza de la Revolución santiaguera, escoltado por  27  machetes, arengando a los cubanos  y cubanas  a  no dejarse quitar lo conquistado en tantas luchas.

En pocos artistas   se produce esa simbiosis   que les permite reflejar en su aspecto personal,  la imagen de sus obras, el tratado pictórico, sobre el lienzo,  el bronce y el barro. Eso logra y proyecta  Alberto Lescay, el santiaguero de Cuba que  nos visita exhibiendo   orgulloso su negritud  tras  la  enmarañada cabellera salpicada de canas que le hacen   sombra a la sonrisa afable,  distintiva  de  todos los santiagueros de pura cepa,  y en particular a la familia cantora que lo acunó  entre tambores,  claves, y el «tres» que tocaba el padre, como pocos,  e hizo de la casa de los Lescay Merencio, una peña viviente   allá muy   cerca de la rotonda de la “Raspadura”.

De esa amalgama está hecho  el autor de los bustos de los próceres  cubanos de las guerras de independencia que escoltan la avenida Central de Santiago de Cuba;  de su  amor a la historia y la  identidad,  también reflejadas en sus esculturas a Fidel, al  Che, Rosa La Bayamesa, Wilfredo Lam, entre otros.

Un   hombre que se autodenomina   obrero-artista  que comunica con genialidad a través de la plástica,  sus  sensaciones,  sentimientos,   mente,  cuerpo  y   espíritu.  De esa materia  esta hecho Alberto  Lescay, el escultural  hechicero y  orgullo  de Cuba que honra a Buenos Aires con su presencia.

 

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