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MANOTAZO DE AHOGADO DESDE ONU

 Convencer  al presidente iraní, Masoud Pezeshkian para reabrir Ormuz en apenas siete días,   sería  la tabla de salvación para Donald Trump.

Por  Margarita Pécora   B.  –

 

Hoy la ONU es el epicentro de atención mundial. El mundo sigue  el  inquietante rumbo de los acontecimientos a escala internacional,    a través de la   Asamblea General con cierta decepción, ya que volvió a exhibir una de sus peores debilidades:   su creciente inoperancia frente a los excesos de quienes utilizan la tribuna internacional,  no para promover el diálogo, sino para proyectar poder, intimidar adversarios y alimentar agendas políticas domésticas.

Mientras el planeta enfrenta guerras, crisis energéticas, desastres climáticos y una peligrosa fragmentación del orden internacional, la organización pareció resignarse una vez más al papel de espectadora silenciosa.  De hecho  el secretario general de las Naciones Unidas, Antonio Guterres, pronunció su último discurso ante la Asamblea General de la ONU,  donde reconoció abiertamente la impotencia y las limitaciones del organismo frente a la crisis humanitaria en Gaza.

Tengamos en cuenta que las dos guerras más importantes del planeta, en Irán y Ucrania, ya no están controladas. Los expertos advierten sobre escenarios apocalípticos en los que la IA podría aniquilar a la humanidad. El vertiginoso aumento de los precios de la energía sacude las economías industrializadas, asoladas por la desigualdad. Inundaciones, incendios y un calor abrasador están convirtiendo la crisis climática en una tragedia bíblica.

Y como no podía ser de otro modo; en  el  escenario de la ONU,  apareció Donald Trump, envuelto en una retórica de arrogancia, prepotencia y jactancia que recordó los peores momentos del unilateralismo estadounidense. Desde el podio de Naciones Unidas se presentó como árbitro planetario, policía del mundo y custodio de la estabilidad global. Amenazó a Irán, prometió resolver un conflicto tan complejo como el ruso-ucraniano y volvió a exhibir una visión según la cual Washington sigue teniendo el derecho de decidir el destino de otras naciones.

Sin embargo, detrás de cada gesto de autosuficiencia parecía esconderse una realidad mucho menos gloriosa. Lo que algunos interpretan como una demostración de fortaleza podría ser, en realidad, un síntoma de creciente nerviosismo político. El rugido fue estridente, pero el eco transmitió inseguridad. La grandilocuencia fue abundante, pero los resultados concretos continúan siendo escasos.

No es casualidad que esta escalada verbal ocurra en los umbrales de unas elecciones legislativas que podrían redefinir el equilibrio político en Washington. La posibilidad de perder bancas estratégicas en el Congreso amenaza con reducir notablemente su margen de maniobra. En ese contexto, cada declaración altisonante parece menos una estrategia geopolítica coherente y más una reacción desesperada destinada a reforzar su imagen ante la base electoral.

ABRIR  ORMUZ EN UNA SEMANA: LA TABLA DE SALVACIÓN.

Sin  ninguna victoria cierta  que mostrar a los votantes estadounidenses,  a Trump solo le queda  la posibilidad de convencer al presidente iraní, Masoud Pezeshkian  para que  reabra el Estrecho de Ormuz.

Lo que hasta hace apenas unas horas parecía una posibilidad lejana, terminó convirtiéndose en una realidad diplomática de enorme peso.  Pezeshkian  aterrizó en Nueva York para participar en la Asamblea General de las Naciones Unidas y, antes de emprender el viaje, dejó una señal que resonó en todas las capitales: su delegación estaba autorizada a retomar el diálogo con Estados Unidos. Un movimiento que podría abrir una nueva etapa tras meses de tensión, amenazas y enfrentamientos indirectos.

El anuncio iraní no llegó al vacío. Según reconoció Donald Trump, sus asesores Steve Witkoff y Jared Kushner sostuvieron una reunión de tres horas con representantes de Teherán y  calificó el encuentro como muy positivo y productivo, una descripción que rápidamente alimentó especulaciones sobre un posible deshielo. Después de meses de discursos incendiarios y advertencias militares, las conversaciones comenzaron a ocupar nuevamente el centro del escenario político internacional.  ¿ Tan acorralado está  Trump que ahora le implora a Iran?

Trump aseguró además que ambas partes volverán a reunirse próximamente y sostuvo que Irán tiene interés en alcanzar un entendimiento con Washington. Sin embargo, el mandatario volvió a recurrir a la lógica del garrote y la zanahoria, afirmando que existen dos caminos: uno de prosperidad y otro de consecuencias negativas. Esa mezcla de presión, soberbia y amenaza permanente sigue siendo uno de los principales obstáculos para construir confianza y transformar las conversaciones en acuerdos duraderos.

Mientras tanto, medios iraníes confirmaron que el canciller Abbas Araghchi mantuvo contactos con Witkoff al margen de la Asamblea General. Teherán aprovechó la ocasión para presentar condiciones concretas destinadas a reducir la confrontación. Entre ellas destacan el levantamiento del bloqueo naval, la liberación de activos iraníes congelados y el fin de los conflictos armados que mantienen a Oriente Medio al borde de una explosión regional de consecuencias imprevisibles.

Estas negociaciones se desarrollan bajo un clima extremadamente delicado. Las tensiones acumuladas durante meses, la desconfianza mutua y la presencia constante de fuerzas militares en la región convierten cualquier gesto diplomático en una maniobra de alto riesgo. Sin embargo, tanto Washington como Teherán parecen comprender que una nueva escalada podría generar daños inmensos para todos los actores involucrados, razón por la cual los canales de comunicación vuelven a cobrar relevancia estratégica.

Uno de los elementos más llamativos es la propuesta iraní para reabrir completamente el estratégico estrecho de Ormuz en apenas siete días. La iniciativa estaría condicionada a una reducción de la presión militar estadounidense y al levantamiento de restricciones sobre los puertos iraníes. No se trata de una oferta menor: por ese corredor marítimo circula una parte crucial del comercio energético mundial y cualquier alteración repercute inmediatamente sobre los mercados internacionales.

Pero en Teherán nadie parece dispuesto a bajar la guardia.  No se confían para nada  del gringo. Las autoridades iraníes recuerdan que Washington tiene un largo historial de acuerdos rotos y cambios bruscos de estrategia. Como dice el viejo refrán, temen que Estados Unidos borre con el codo lo que escribió con la mano. Por eso, ante informes sobre presuntos preparativos militares estadounidenses junto a aliados regionales, Irán respondió con una advertencia contundente: cualquier ataque recibirá una respuesta sin límites ni restricciones.

La propuesta iraní también incluye exigencias políticas muy precisas. Teherán reclama que Washington declare públicamente su voluntad de resolver el conflicto por la vía diplomática y establezca un calendario formal de negociaciones. Para los dirigentes iraníes, las palabras ya no son suficientes. Consideran imprescindible que existan compromisos verificables y señales concretas capaces de demostrar que la Casa Blanca busca realmente la paz y no simplemente ganar tiempo mientras mantiene la presión.

En ese contexto, la Asamblea General de las Naciones Unidas aparece como una oportunidad excepcional para reconstruir puentes. Funcionarios iraníes sostienen que cualquier gesto serio por parte de Estados Unidos sería recibido favorablemente y podría ayudar a restaurar una confianza deteriorada durante años de sanciones, amenazas y confrontaciones. Sin respeto mutuo y sin voluntad política genuina, advierten, todo el proceso podría desmoronarse como un castillo de arena golpeado por la marea.

Los reflectores apuntan ahora directamente hacia Masoud Pezeshkian y hacia la posibilidad, aún incierta, de nuevos contactos de alto nivel. Todo esto ocurre durante una Asamblea General marcada por guerras, crisis económicas, desafíos climáticos y debates sobre inteligencia artificial. El mundo atraviesa una etapa de enorme incertidumbre mientras las instituciones internacionales muestran signos de desgaste. Y el mundo está en vilo.

 

 

 

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