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 Epitafio

Por   Margarita Pécora   B.   –

Cuando los cronistas de la guerra redacten la memoria del conflicto desatado por la administración de Donald Trump contra Irán, no podrán vestirlo con laureles ni estandartes de victoria.    La pluma de la historia no admitirá disfraces:   lo que se impone es la silueta de un coloso occidental herido, un ejército que quiso marchar como legión triunfante y terminó convertido en ejemplo de derrota humillante.

La campaña que pretendía ser relámpago se transformó en un desgaste prolongado, un desfile de vulnerabilidades que exhibió al Pentágono como un gigante con armadura resquebrajada. La ofensiva que juraba ser  relámpago,  termina convertida en un desgaste prolongado, una suerte de   Vietnam del desierto que exhibe al Pentágono como un coloso herido.   Las páginas de esa historia estarán marcadas por la paradoja: el ejército más poderoso del planeta reducido a contener oleadas de drones y misiles, mientras su presidente observa cómo la gloria prometida se transforma en un epitafio militar.

Esto puede  sonar  como  una derrota anunciada, al  mejor estilo del  Gabo García Márquez. Pero es una realidad  brutal,  nada novelesca por cierto.

Resulta que  Estados Unidos ha caído en una encrucijada histórica. Todo comenzó aquel nefasto 28 de febrero, cuando Washington, de la mano de Israel, abrió la caja de Pandora al desatar una guerra contra Irán bajo el gastado pretexto del “peligro atómico”. Pero la embestida guerrerista, que segó la vida del Ayatolá Jamenei, de gran parte de su familia, de más de un centenar de niñas en un colegio y de decenas de civiles iraníes, recibió una respuesta fulminante: represalias vengadoras que han convertido al Golfo Pérsico en un callejón sin salida para el imperio agresor. ¿Quién lo hubiera imaginado? La mayor potencia militar del planeta atrapada en su propia telaraña, con un presidente que observa  con el entrecejo fruncido, cómo las elecciones de medio término se le escurren como agua entre los dedos, incapaz de detener la hemorragia política y militar que él mismo provocó.

Dicen que “quien siembra vientos, cosecha tempestades”. Washington sembró la idea de una victoria rápida, pero cosechó 2000 ataques que pulverizaron bases, aviones y credibilidad. ¿Cómo explicar que el supuesto ejército invencible se tambalee frente a drones y misiles de bajo costo en manos de una civilización   islámica que Donald Trump  amenazó con eliminar?

La red de bases estadounidenses, construida por el Pentágono durante décadas, se desplomó como un castillo de naipes. Irán  no tuvo otra que convertir a  Asia occidental en un campo de tiro. ¿No es acaso irónico que la maquinaria imperial, diseñada para dominar, se haya transformado en un mapa de blancos fijos?

El golpe más simbólico fue 42 aeronaves reducidas a chatarra. “Ni en tierra están seguros”, parece decir Teherán. El proverbio lo resume: “No hay fortaleza sin grieta”. Y esas grietas quedaron expuestas ante los ojos del mundo.

La guerra no solo  ha drenado  arsenales, también drenó confianza. Estados Unidos consumió reservas de misiles como quien quema velas en ambos extremos. ¿Qué credibilidad puede sostener un garante de seguridad que retrasa entregas a sus propios aliados?

Mientras tanto, Rusia y China observan   como el imperio occidental se va desmoronando-    La sobreextensión estadounidense es música para sus oídos  ya habituados a escuchar amenazas y sanciones  para intentar doblegarlos.

Y lo más desesperante de todo para el presidente republicano,  es que  ha quedado atrapado en su propio   laberinto, porque  enfrenta un electorado que ya no compra discursos de invencibilidad. ¿Cómo convencer a los votantes de que todo está bajo control cuando los informes revelan desgaste, pérdidas y vulnerabilidad y los gastos descomunales golpean el bolsillo del  ciudadano   común que ve el precio de la  gasolina por  las nubes, al igual que los alquileres, la comida, todo  màs caro…

La contradicción es brutal: la vocería oficial habla de poder ilimitado, mientras los expertos militares  advierten  una y otra vez  la crisis de municiones que tardarán años en resolverse. ¿No es esta la imagen de un gigante con pies de barro?

Irán, por su parte, no solo  ha  resistido los ataques màs brutales, sino que , también devolvió fuego con alcance regional. Y en política, como en la vida, “el que golpea primero, golpea dos veces”.¿cierto?  Washington quiso quebrar a Teherán, pero terminó mostrando sus propias fracturas.

Hoy, la guerra es más que un conflicto militar: es una encrucijada histórica. Estados Unidos se debate entre sostener la fachada de potencia invulnerable o admitir que el desgaste lo ha dejado expuesto. Y el presidente, en medio de ese limbo, ve cómo las urnas se convierten en un juicio implacable. Porque, al final, “no hay peor ciego que el que no quiere ver”, lo mas  probable es que lo castiguen en las urnas,  ya que por  otro lado parece no   haber justicia.

Trump encarna la figura del pirata moderno, del saqueador imperialista que, disfrazado de presidente, pretende convertir territorios soberanos en piezas de un tablero geopolítico. Sus gestos y amenazas no son diplomacia, son asaltos con bandera de conveniencia: la codicia por petróleo, por rutas estratégicas, por símbolos de poder dan valor al sabio proverbio de que… “Quien mucho abarca, poco aprieta”, y en su ambición desmedida  el mandamas de la Casa Blanca  ha terminado atrapado en múltiples frentes.

Primero fue Venezuela. Trump agitó la idea de convertirla en el “estado 51”, bajo el argumento de “rescatar la democracia”. En realidad, lo que buscaba era apoderarse de la Faja Petrolífera del Orinoco, el mayor reservorio de crudo del planeta. Las sanciones, los intentos de golpe y el reconocimiento de gobiernos paralelos fueron parte de esa estrategia de saqueo.

Luego apuntó contra Cuba. La isla rebelde, símbolo de resistencia, fue blanco de recrudecimiento del bloqueo y amenazas abiertas de intervención. Trump soñaba con borrar medio siglo de soberanía cubana y convertirla en un enclave turístico y militar bajo control estadounidense. Pero, como dice el proverbio, “más fácil es atrapar el viento que doblegar la dignidad”. Cuba es un hueso duro de roer  y  atravesado en la garganta de su vecino del Norte.

El Canal de Panamá también estuvo en su radar. Esa arteria marítima, vital para el comercio mundial, fue objeto de insinuaciones de “protección” y control. La idea era clara: quien domina el canal, domina el flujo de mercancías. Pero la historia recuerda que Panamá ya sufrió la bota estadounidense, y los pueblos no olvidan.

La obsesión con Irán fue la más sangrienta. Bajo el pretexto del “peligro atómico”, Trump desató una guerra que terminó mostrando la vulnerabilidad del imperio. Los 2000 ataques iraníes, las bases destruidas y las aeronaves reducidas a chatarra son la prueba de que el coloso puede sangrar. “Quien juega con fuego, termina quemado”.

En paralelo, Trump lanzó su mirada hacia Groenlandia. La isla ártica, rica en recursos minerales y estratégicos, fue objeto de una propuesta de compra que el gobierno danés rechazó con indignación. No contento, empresas estadounidenses enviaron equipos de perforación sin autorización, como corsarios modernos que clavan su bandera en tierras ajenas.

Cada intento revela la misma lógica: convertir territorios soberanos en colonias disfrazadas de estados asociados. Pero la realidad ha sido otra: resistencia, rechazo y humillación. Ninguno de esos proyectos logró consolidarse. Los pueblos respondieron con dignidad, los gobiernos con firmeza, y la geopolítica con límites.

La guerra contra Irán, en particular, se convirtió en el espejo de todas las demás ambiciones. Allí se reveló que el imperio no es invulnerable, que sus bases son blancos, que sus arsenales se agotan. Y esa imagen de derrota humillante se proyecta sobre cada intento de expansión.

Así, cuando los cronistas escriban esta historia, no hablarán de un conquistador victorioso, sino de un imperialismo desbordado, de un presidente que quiso ser dueño de continentes y terminó atrapado en su propia telaraña. El epitafio ya está escrito: “Aquí yace la soberbia de un imperio que quiso tragarse el mundo y terminó atragantado”.

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