Adrián José Ferreyra fue identificado por los antropólogos forenses
Ernesto Ferreyra: “Sentía que mi papá estaba en La Perla y que lo íbamos a encontrar”

No conoció a su padre porque lo secuestraron once días antes de su nacimiento, pero sintió que algo se acomodaba en su interior cuando le informaron que habían encontrado sus restos. “La verdad repara”, dice.
Ernesto Ferreyra no conoció a su papá. Nació once días después de que Adrián José Ferreyra fuera secuestrado. Después de muchos años viviendo en el exterior, regresó al país. Consiguió una casa desde la cual se puede ver la Loma del Torito, el terreno aledaño al campo de concentración de La Perla donde los restos de su padre estuvieron enterrados por cinco décadas.
Este año, Ernesto se acercó al Equipo Argentino de Antropología Forense (EAAF) a dejar su muestra de sangre. Sin saberlo, esos huesos que buscaba ya estaban en el laboratorio. En abril, se animó a ir a La Perla, lloró y compartió su certeza de que su padre debía estar enterrado allí. El jueves pasado recibió la confirmación de que su Adrián Ferreyra era uno de los desaparecidos identificados. “La verdad repara”, dice mientras comparte su historia con Página/12.
–¿Qué fue la desaparición de tu papá en tu vida?
–Yo nací sin papá. Tengo gente conocida a la que los padres abandonaron. Hasta cierto punto, yo me sentía afortunado de no pasar por eso, que es tener un padre vivo que no te quiera o no esté con vos. A mi viejo lo asesinaron. Él me ponía música antes de nacer, tocaba la panza de mi mamá. Mi viejo me quería. Él quería ser padre. Eso me hace sentir en paz. Pero crecer sin padre significó muchos años de no entender qué pasaba, de seguir esperándolo porque no sabíamos dónde estaba. Mi mamá nunca me dijo que se había ido al cielo. Me decía que a papá se lo habían llevado, igual que a ella. Yo crecí rodeado de mucho amor. Pero también hubo momentos de profunda soledad, que ni siquiera compartí con mi mamá. Creo que no haber tenido esa figura —aunque tenía a mis tíos— me privó de muchas cosas. Ninguna persona debería ser privada de una necesidad tan básica.
–¿Cómo fue tu búsqueda o cuándo sentiste la necesidad de encontrar los restos de tu viejo?
–Siempre lo necesité. Pero no podía mirar la búsqueda de la misma manera que otros hijos. Creo que hay familias atravesadas por generaciones de militancia y de lucha. En mi caso, mi mamá y mis abuelas no eran militantes. Mi mamá quedó con miedo y se alejó de todo. Hicieron bien su trabajo de aterrorizar. Mi abuela no dejó carta por mandar. Mi mamá iba a los juzgados, llevaba papeles. Cuando comenzaron los juicios, cometió el error de no querellar. Después, cuando finalmente declaró, me llamó y me dijo: “Ernesto, sabés qué equivocada estaba. Me doy cuenta de que si lo hubiéramos hecho junto con otros, esto podría haber sido más fácil para nosotros”. Mi búsqueda empezó a activarse cuando nació mi hijo. Ahí me cayó la ficha de lo que mi papá debe haber sentido. Empecé a hacer el duelo y empecé a llamarlo “papá”.
–¿Llegaste a tiempo a hablar con tu mamá sobre tu búsqueda?
–Empecé a hacerle preguntas que nunca había podido hacer. Y esas preguntas fueron imparables. Tenía una necesidad enorme de saber todo. Mi mamá se tomó el tiempo para contestar. Dejamos todo claro. Habíamos entrado en una etapa de conocernos como adultos, no solo como mamá e hijo. Es muy triste que no esté acá. Me quedé con una urnita con sus cenizas. La pusimos debajo del olivo de su casa —la casa en la que crecieron varias generaciones— porque dije: “Si encontramos a papá, los vamos a poner juntos”.
–¿Ya te dijeron que vas a recuperar algo de los restos de tu papá?
–Mi abuelita tiene Alzheimer. Desde que le comentamos esto, volvió a la vida. Todos los días dice: “Quiero el cuerpo de mi hijo”. Le explicamos que no es el cuerpo entero, sino unos pedacitos. Está esperando eso para morirse. Ahora voy a hacer las diligencias para recuperar el pequeño maxilar derecho con tres dientes que tenemos de él y llevárselo. La gente cree que se encontraron los cuerpos, pero en realidad se encontraron fragmentos, y eso confirma no solo el intento de taparlo todo, sino también el despojo de humanidad. Con palas mecánicas sacaban los cuerpos, los removían y los llevaban a otros lugares para cubrir las huellas de sus crímenes. Gracias a los científicos y al juzgado se están empezando a encontrar esas fosas, que traen luz a esta oscuridad. Y gracias a esas fosas se podrá avanzar hacia el siguiente paso: averiguar adónde se llevaron esos cuerpos.
–¿Cómo te decidiste a ir a La Perla?
–Fui el 9 de abril, el día de mi cumpleaños. Cuando volví al país empecé a indagar, más allá de lo legal, y encontré datos fidedignos de que él habría terminado allí. Agarré el auto y fui. Salió Fernando. Yo no podía hablar, pero le dije que necesitaba cerrar esta etapa de no poder mirar a los ojos el terror y el dolor que llevo adentro, porque quiero que el resto de mi vida la puerta esté abierta y no cerrada. Le dije: “Yo sé que mi viejo está por acá”. Me abrazó y me respondió: “Tranquilo, mi viejo también está acá”.
–¿Vivís cerca de La Perla?
–Hay tres kilómetros desde la Loma del Torito hasta el balcón de mi casa. Desde diciembre más o menos empecé a mirar hacia allá y me decía: “Está acá”. Yo soy una persona muy lógica, pero le dije a mi tío: “Lo vamos a encontrar. Está cerca”.
–¿Cuándo dejaste tu muestra en el EAAF?
–Mi abuela y mi tío la habían dado hacía mucho tiempo. Yo la di este año. Los huesos de mi viejo ya estaban en el laboratorio cuando fui a dejar la muestra. Me recibieron con mucha calidez. Yo había vuelto al país el 25 de mayo del año pasado. Venía de Alemania, que es un país muy frío y muy duro. Tenía necesidad de volver a casa.
–¿Cómo fue recibir el llamado del juzgado en el que te informaban que había novedades?
–Pensé que era una estafa. Me dijeron que llamaban del Juzgado Federal 3 de Córdoba y que al día siguiente tenía una audiencia con el juez. Pregunté por qué y me dijeron que había novedades en una causa en la que figuraba mi padre. Me aclararon que era la causa de enterramientos clandestinos. Yo estaba pintando una puerta en el patio. Se me aflojaron las piernas. Les pregunté si me estaban diciendo lo que yo creía que me estaban diciendo, y me respondieron que sí. Empecé a gritar. Mi tío bajó asustado, pobrecito. Me abrazó y me ayudó a anotar los datos. El trato que recibimos en el juzgado fue súper amoroso.
–¿Y ahora cómo hablás de tu papá, ya que dejaste de ser hijo de una persona desaparecida?
–Sí, soy hijo de una persona asesinada. Es lo que hablaba con Miguel Ceballos, el secretario del juzgado. Si toda mi vida fui hijo de un desaparecido, ¿qué soy ahora? “Sos hijo de una persona asesinada por el terrorismo de Estado”, me dijo. Es como si interiormente tuvieras que reconstruir algo. Es un nuevo duelo: dejar una piel y sacar otra a la luz. Y eso va a llevar mucho tiempo. Soy hijo de mi papá también. Aunque no lo voy a poder ver, voy a poder agarrar ese huesito. Cuando vi la foto, te juro que sentí que algo se acomodaba en mi interior. Ya no es más un NN, como quiso el general Jorge Videla. Apareció. Y van a aparecer muchos más. La vuelta de Adrián está trayendo todas esas piezas de identidad suya y mías que faltaban. Es muy sanador. Y lo que hace el EAAF es un ejemplo mundial.
–¿La verdad repara?
–La verdad repara. Llegó un poquito tarde. Lamento mucho que mi vieja no lo haya podido ver. Pero hay un nieto orgulloso de lo que hizo su abuela y de que su abuelo haya aparecido. A mi viejo lo mataron. Mi vieja y yo nos salvamos de casualidad. Quedaron familias diezmadas. En nuestro caso, no pudieron.
Por Luciana Bertoia. PAG 12



