
Por Margarita Pécora B. –
Irán lo repite, a ver si Estados Unidos lo entiende de una vez: «esta guerra no la ganó.»
Después de tanto aspaviento y amenazas, Trump salió a anunciar que prolongaba el alto el fuego, vendiéndolo como jugada “estratégica”, cuando en realidad es el maquillaje de una retirada que busca ser lo menos vergonzosa posible para el «invencible» Ejército y su poderosa flota naval.
Trump dijo que la pausa respondía a la petición de Pakistán, pero aclaró que el bloqueo naval sigue firme y que las fuerzas permanecen listas para actuar. Desde Teherán, sin embargo, lo leen distinto: medios como Tasnim lo presentan como un fracaso de la estrategia de Washington, un reconocimiento de que la guerra no dará resultados. Mientras tanto, decenas de petroleros iraníes burlan el bloqueo naval estadounidense, demostrando que la presión externa no logra quebrar la capacidad de resistencia de Teherán. El mensaje es contundente: el estrecho de Ormuz no se controla con amenazas, sino con hechos, y los hechos muestran que Irán sigue comerciando.
El portavoz del Ministerio de Exteriores iraní fue claro cuando dijo que otra ronda de negociaciones solo tendría sentido si se relaciona con los intereses del país persa. En otras palabras, esa cuerda floja de las conversaciones está a punto de romperse.
El presidente Masoud Pezeshkian apuntó sin rodeos a la “retórica hipócrita” y las contradicciones de Washington , como los principales obstáculos para una negociación genuina. El mundo entero es testigo de esa incoherencia, y cada vez resulta más difícil sostener el discurso de fuerza.
Por otra parte, el jefe del Parlamento iraní también fue tajante: Estados Unidos no logró sus objetivos con la agresión militar. La narrativa de invulnerabilidad de sus comandos especiales quedó debilitada, y las amenazas de Trump de destruir infraestructura si no había acuerdo, fueron recibidas con firmeza por un país que asegura controlar Ormuz y resistir cualquier presión.
El bloqueo naval impuesto por Washington fue calificado como imprudente y absurdo. Para Teherán, la respuesta firme en Ormuz demuestra que la presión externa no quiebra su capacidad de resistencia, sino que refuerza la convicción de que la defensa es un deber colectivo.
Y mientras Irán muestra cohesión, en Washington se desmorona la cúpula militar. La renuncia del secretario de la Armada, John Phelan, sumada a las salidas de Charles Q. Brown Jr., Lisa Franchetti, James Slife, Randy George, David Honde y William Green Jr., revela una purga que refleja crisis interna y cuestionamientos profundos a una guerra que nunca debió comenzar.
Trump intenta vender la idea de que el gobierno iraní está “gravemente dividido”, pero por el contrario, lo que se ve es un Pentágono fracturado, con mandos que se van uno tras otro, dejando al país en plena reestructuración mientras enfrenta tensiones globales y un conflicto que no sabe cómo cerrar.
Al final, lo que queda es la evidencia de que Estados Unidos buscó imponer un cambio de régimen y fracasó. Irán no es Venezuela: allí la resistencia se asume como deber espiritual y patriótico, y esa diferencia explica por qué copiar tácticas militares de un país a otro es un error. Lo que en Caracas fue ensayo, en Teherán se convierte en sacrificio y disciplina. Y así, entre crisis internas y bloqueos inútiles, Washington se enfrenta a la verdad que no quiere admitir: esta guerra nunca debió comenzar.



