Varios días de calma en Irán inquietan al “guardián” del universo.

Por Margarita Pécora B.
El país persa se ha adueñado de la agenda informativa mundial, al punto de relegar a un segundo plano la situación de Venezuela. El problema, según medios que siguen de cerca el tema, es que Teherán atraviesa una crisis interna de enorme magnitud: calculan en más de 3.400 las personas que han perdido la vida en protestas reprimidas violentamente, juicios acelerados con condenas letales y amenazas de la Guardia Revolucionaria contra Estados Unidos e Israel.
Pero esta es la versión que difunden los medios occidentales. Sin embargo, la situación en Irán, según el canciller Seyed Abbas Araghchi, se encuentra estabilizada luego de varios días sin manifestaciones ni disturbios. En una entrevista, el ministro aseguró que desde hace cuatro días reina la calma en el país, luego de operaciones contra grupos que calificó como “terroristas” responsables de fomentar la violencia en las protestas iniciadas a finales de diciembre.
Araghchi desmintió los rumores que hablaban de miles de muertes durante las manifestaciones, calificándolos de “infundados” y “exagerados”. Señaló que el número de fallecidos asciende únicamente a cientos y que la cifra oficial sería publicada en breve. El canciller atribuyó las muertes a células terroristas que actuaron con métodos similares a los del Estado Islámico, atacando tanto a agentes de seguridad como a manifestantes.
Pero esto no encaja en las pretensiones de EE.UU., que se erige como el “guardián del universo” y lo demostró torpemente en Venezuela. Para muchos analistas, esta calma iraní derrumba la posibilidad de pretextos y argumentos para invadir militarmente el territorio iraní con la excusa de sofocar las protestas como un “noble” gesto a favor de los derechos humanos y la democracia. Como dice el proverbio: “A río revuelto, ganancia de pescadores”, y en este caso, Washington parece haber perdido la oportunidad de pescar justificaciones.
El ministro también denunció que la exageración del número de víctimas busca arrastrar a Estados Unidos a un conflicto armado contra Irán, lo que describió como parte de un “complot israelí”. Además, rechazó las versiones que aseguraban que las autoridades iraníes planeaban ejecutar a manifestantes, declaraciones que incluso habían sido mencionadas por el presidente estadounidense Donald Trump. Araghchi afirmó que no existen planes de ahorcamiento ni de castigos de ese tipo.
Las protestas comenzaron a fines de diciembre, cuando comerciantes cerraron sus negocios en rechazo a la fuerte devaluación del rial frente al dólar. Las manifestaciones derivaron en enfrentamientos violentos con víctimas mortales en ambos bandos. Mientras Trump expresó apoyo a los manifestantes y amenazó con intervenir si continuaban las muertes, Teherán acusó a EE.UU. e Israel de manipular las protestas como parte de una “guerra blanda”. El presidente iraní, Masoud Pezeshkian, denunció que grupos vinculados a potencias extranjeras atacaron mezquitas, propiedades públicas y asesinaron a civiles inocentes.
Entonces, esa combinación de represión masiva, riesgo de intervención extranjera por parte del mandamás de la potencia occidental y posible colapso del gobierno iraní convierten a ese país en el epicentro de la atención global. Oportunistamente, el líder de la Casa Blanca había amenazado con intervenir militarmente en Irán y que el país persa enfrentaría ataques “como nunca antes” si continuaba la represión contra manifestantes o atacaba intereses estadounidenses. Obviamente, esas declaraciones elevaron la tensión regional y llevaron a Teherán a abrir lo que denomina corredores de fuego como señal de preparación defensiva.
No hay que perder de vista que Trump proyectaba esa penetración militar como una velada ayuda a los iraníes, disfrazada de defensa de la democracia y los derechos humanos. Pero, de buenas a primeras, el presidente estadounidense reculó: es decir, cuando le preguntaron si todavía se mantenía sobre la mesa la opción militar para Irán, respondió:
«Vamos a observar y ver cómo se desarrolla el proceso. Pero hemos recibido una declaración muy buena, muy buena, de personas que están al tanto de lo que está sucediendo».
Cuando le preguntaron de nuevo si estaba considerando una acción militar, Trump mencionó que «Nos acaban de decir que no habrá ejecuciones».
Entonces, no se sabe si por pragmatismo o porque Irán le mostró los puños con fiereza, pero el mandamás de la Casa Blanca ahora titubea… y pega marcha atrás. “El que mucho amenaza, poco cumple”, reza un viejo dicho que parece encajar en este giro.
¿Cree alguien que a Donald Trump le interesa intervenir en el conflicto con Irán por amor al arte del bien común, por llevar la paz verdadera a ese pueblo persa? Para muchos analistas, lo que está buscando Trump es reforzar su imagen de poder duro, presionar económicamente al gobierno iraní y, al mismo tiempo, enviar un mensaje estratégico a China y otros rivales globales. El trasfondo no es solo la represión interna en Irán, sino el control de recursos energéticos y la consolidación de influencia geopolítica en Medio Oriente.
Según algunas fuentes, el ministro de Defensa iraní advirtió que si Trump ordenaba un ataque, Irán bombardearía bases estadounidenses y también infraestructuras de países aliados.
Y dicen que el discurso fue desafiante porque las autoridades iraníes señalaron que “derramarían hasta la última gota de sangre” en caso de agresión.
Por lo visto y analizado por conocedores del tema, el interés de Estados Unidos en Irán va mucho más allá de lo que cualquiera puede imaginar. Una prueba de ello es la estrategia de presión económica desplegada por Trump contra Irán, con aranceles del 25% a quienes comercien con ese país. Con eso no solo busca asfixiar al régimen persa, sino también enviar un mensaje claro a sus socios internacionales. China, principal comprador del crudo iraní, se convierte en blanco indirecto de esta política, lo que revela que la disputa trasciende lo local y se inscribe en un tablero global de competencia económica y geopolítica.
Dicen los expertos en el asunto, que la dimensión energética es el verdadero corazón del conflicto. Irán, como productor clave de petróleo y gas, representa un punto de inflexión en el equilibrio mundial. Limitar su capacidad exportadora fortalece la posición de Estados Unidos en el mercado energético y, al mismo tiempo, debilita la influencia de Rusia y China, quienes dependen de la diversificación de proveedores para sostener sus economías y proyectos estratégicos.
Este doble movimiento —presión económica y control energético— configura una política de poder duro que se disfraza de defensa de la democracia y los derechos humanos. En realidad, lo que está en juego es el acceso y dominio de recursos estratégicos, y la capacidad de Estados Unidos de imponer su hegemonía en regiones críticas. La narrativa oficial se convierte en un instrumento para legitimar acciones que responden a intereses de largo alcance.
Así, el conflicto con Irán no puede entenderse únicamente como una disputa bilateral, es decir, entre EE.UU. e Irán, sino como parte de una estrategia más amplia de reposicionamiento global. Trump actúa como si fuese el guardián del universo, desplegando amenazas y sanciones con ínfulas napoleónicas, convencido de que puede redibujar el mapa del poder mundial a su medida. Pero como dice el proverbio: “Quien mucho abarca, poco aprieta”.



