Veronika: la vaca austriaca que sorprende a la ciencia
Científicos descubren en Austria una vaca que usa un objeto como herramienta, mostrando una conducta que solo se había documentado en chimpancés

La protagonista de esta historia se llama Veronika. Es una vaca parda suiza que vive en Austria, en un entorno mucho menos rígido que el de la mayoría de los animales de granja. No es un detalle menor. A diferencia de otros bovinos criados en sistemas más cerrados y pobres en estímulos, Veronika ha vivido en un ambiente donde podía explorar, interactuar con objetos y desarrollar conductas que, probablemente, en otras circunstancias jamás habrían aflorado.
Su dueño había observado desde hacía años que hacía algo extraño con palos y objetos alargados. No parecía un accidente ni un simple juego. Había intención. Había repetición. Había incluso una cierta técnica. Pero entre una impresión doméstica y una conclusión científica hay un largo camino, y por eso los investigadores decidieron comprobar si estaban ante una conducta verdaderamente excepcional o solo ante una interpretación demasiado generosa.
Lo que parecía una rareza terminó siendo una prueba
Para averiguarlo, los científicos diseñaron una serie de ensayos sencillos, pero muy reveladores. Colocaron frente al animal un cepillo-escoba de suelo, un objeto asimétrico con dos extremos claramente distintos, uno con cerdas y otro liso, tipo mango. Después observaron cómo lo manipulaba y qué hacía con él.
El detalle clave no estaba en que la vaca cogiera el objeto con la boca. Eso, por sí solo, no basta para hablar de uso de herramientas. En biología del comportamiento, para que exista realmente ese uso debe haber algo más: el objeto tiene que funcionar como una extensión del cuerpo, servir para resolver un problema físico concreto y ser manipulado de manera orientada hacia un objetivo.
Y eso fue, precisamente, lo que apareció. Según los autores, Veronika utilizó el objeto para alcanzar partes de su cuerpo a las que no llegaba fácilmente por sí sola, sobre todo en la mitad trasera. Lo sujetaba con la boca y con la lengua, lo reajustaba y lo colocaba con notable precisión antes de entrar en contacto con la zona deseada. No era una acción torpe ni improvisada. Había control motor, anticipación y corrección del gesto.
A medida que avanzaban las sesiones, el patrón se hizo aún más interesante. Porque no solo usaba el “instrumento”: también parecía elegir cómo usarlo dependiendo de lo que necesitaba en cada momento.

El detalle que cambia por completo la historia
Aquí es donde este caso deja de ser curioso para convertirse en científicamente importante.
Los investigadores registraron 76 episodios de uso autodirigido de la herramienta en siete sesiones experimentales. Y al analizar el conjunto, observaron algo que no encaja con una conducta aleatoria: Veronika no utilizaba ambos extremos del objeto indistintamente. Elegía uno u otro según la parte del cuerpo que quería rascarse.
Ese matiz lo cambia todo porque, tal y como adelanta el estudio, implica que no estaba simplemente “rascándose con lo que tenía a mano”. Estaba explotando propiedades distintas del mismo objeto para funciones diferentes. En otras palabras: usaba una sola herramienta como herramienta multiuso. Y eso es extremadamente raro en el reino animal.
Hasta ahora, este tipo de flexibilidad se había documentado de manera sólida sobre todo en chimpancés. En ellos, un mismo utensilio puede emplearse de formas distintas según la tarea. Ver ese principio en una vaca resulta tan inesperado como revelador. No porque el bovino “piense como un primate”, sino porque obliga a revisar el prejuicio de base: el de que ciertos animales están fuera del mapa de la cognición compleja.

Una vaca no tiene manos, y eso hace esto aún más sorprendente
Hay otro aspecto especialmente llamativo. Veronika no dispone de manos, dedos prensiles ni pico. Todo el trabajo de agarre y orientación lo hace con la boca, la lengua y el espacio interdental. Según describe el artículo, eso no le impidió mantener una sujeción estable y ajustar la herramienta cuando necesitaba orientar el extremo correcto antes del contacto.
Ese componente motor es importante porque demuestra que la sofisticación no siempre depende de una anatomía “especializada” como la de los primates o ciertas aves. A veces depende de otra cosa: de tener un entorno que permita experimentar, de una motivación clara y de la posibilidad de aprender a partir del propio cuerpo.
Una observación doméstica, casi anecdótica, ha acabado abriendo una grieta en una de las grandes certezas sobre la inteligencia de los animales de granja.
Y ahí aparece una pregunta incómoda: si una vaca puede desarrollar este comportamiento cuando tiene ocasión, ¿cuántas capacidades parecidas permanecen invisibles en millones de animales que viven en entornos empobrecidos, sin objetos, sin margen de exploración y sin casi oportunidades para mostrar nada más allá de lo estrictamente productivo?
El estudio no afirma que todas las vacas usen herramientas ni que este comportamiento sea común. Pero sí lanza un mensaje mucho más potente. Y es que quizá no hemos encontrado antes estas conductas no porque no existan, sino porque nunca nos hemos detenido a buscarlas en serio.
La historia de Veronika no reescribe por sí sola la inteligencia animal, pero sí toca una fibra muy profunda de cómo clasificamos a otras especies. Hay animales a los que atribuimos complejidad casi automáticamente —chimpancés, cuervos, delfines— y otros a los que rara vez concedemos ese beneficio de la duda. Las vacas están entre estos últimos.
Sin embargo, este caso sugiere que el problema puede no estar tanto en ellas como en nuestra forma de mirarlas. Y eso, para la ciencia del comportamiento animal, es una noticia tan importante como el hallazgo en sí.
Referencias
- Antonio J. Osuna-Mascaró & Alice M.I. Auersperg. 2026. Flexible use of a multi-purpose tool by a cow. Current Biology 36 (2): R44-R45; DOI: 10.1016/j.cub.2025.11.059



