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Revolucionario-Por Gabriel Princip

Que el peronismo de la mano de Juan Domingo Perón irrumpió en la historia argentina realizando la primer gran revolución social, no quedan dudas.
Hasta 1945 un trabajador sólo tenía la dignidad de respirar. Derechos laborales no contaba, si faltaba un día a su trabajo debía compensarlo con otro día y pagar el jornal que había faltado. El niño era sólo parte de la escenografía y aquellos que brillaban por su marginalidad eran solo eso: marginales.
Perón visibilizó a las clases bajas y otorgó dignidad al trabajador. Creó derechos y apuntaló una economía proteccionista con un formato quinquenal que provocó el liderazgo latinoamericano y ser un referente en el mundo. Al lado del General, el motor del peronismo, Evita.
Hablar de esta pareja política es entender un modelo político cuyo objetivo fue el bienestar popular. Sin embargo, a los cinco años de gobierno tuvo su primer intento de golpe de estado y a los nueve años, el golpe fatal. A partir de 1955, el país se dividió en dos, aquellos agradecidos y los resentidos antiperonistas. A pesar de todo lo que había generado Perón, la mitad lo odiaba.
Los presidentes pasaron en el tiempo y sólo quedaron en la retina del argentino los ineptos, corruptos y golpistas. Nos acostumbramos a la mediocridad absoluta hasta llegar al quinto piso del infierno en los finales del 2002.
Un año más tarde, se inició la segunda revolución argentina. Néstor y Cristina se estacionan en el poder por 12 años. La maldita deuda se paga en un 92 por ciento, el FMI deja de ajustar nuestras vidas y el imperio gracias a su ineptitud nos permite otras vacaciones en el poder. Néstor termina su mandato sin reproches populares y alta imagen positiva.
Cristina le sucede. Y desde el minuto cero, la oligarquía más los medios no cesaron de golpear las instituciones con un solo objetivo, Cristina afuera. Las redes sociales eran similares a una cloaca en la manera a referirse a cada miembro del gobierno.
Así las cosas, Cristina amplió derechos. La vieja gorila se encontró con una jubilación por su función de ama de casa, el empresario salió del closet para casarse, las órbitas fueron argentinas para dos Arsat, la cultura y la ciencia fueron fundamentales y cotidianas, el jubilado y el asalariado se convirtieron en ejemplo para sus pares de Latinoamérica. El argentino recorrió su país y la mitad de la población conoció Europa. A pesar del crecimiento económico y cultural la mitad de la población odia a Cristina. El veneno sale de esa vieja gorila ahora jubilada que le grita: “Yegua cortala con la cadena, yegua no seas soberbia, yegua no seas autoritaria”.
En síntesis, Argentina asistió en los últimos 60 años a dos procesos revolucionarios. Los únicos en toda su historia donde el país tuvo un crecimiento notable y el mejor bienestar económico, sin embargo el odio se genera en una parte importante de la población. La misma que se inmolaría con tal de no ver un negro de vacaciones. Hoy tenemos un presidente electo, muy parecido a los 90’ y de movida nomas empieza con un ajuste terrible. La devaluación fue anunciada en campaña y la gente lo votó, le dio su confianza a quien lo va a ejecutar. País raro éste, que odia a los revolucionarios que otorgaron dignidad al pueblo y felicita a aquellos que a través de la mentira y el resentimiento sólo lograrán darles una pobreza segura. País raro.

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