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Para la libertad-Por Gabriel Princip

Un restaurante derruido, una pared con el menú y una frase se lee en un rincón de la amarga batalla siria. “Escapad gente tierna, que esta tierra está enferma, y no esperes mañana lo que no os dio ayer, que no hay nada para hacer”. La pareja con un niño de escasos tres cumpleaños terminan su desayuno luego de leer parte de un poema de Joan Manuel Serrat. Sólo tiene tiempo para seguir escapando de esa tierra, como principia el verso.

En su norte, la paz los espera, pero en el tránsito a este objetivo las miserias humanas estarán expuestas, y la muerte pedirá permiso para visitarlos. Ellos tratarán de no contestar el llamado.
Los tres humanos, Ester, Zaid y Ari, con un color de piel igual al de Dios no vacilan en abandonar su tierra donde, entre esperanzas y tiroteos, habían sabido construir una familia. Su huerto, su pequeño lar, sus mascotas y los juguetes de gurrumín ponían color a la escenografía familiar.
Cuando la situación política puso en jaque sus vidas, su proyecto familiar cambió. La escuela para el niño y el progreso en la labor diaria sufrieron un paréntesis. La paz era su objetivo y ésta no estaba en ese rincón del continente asiático.
Poco sabía esta familia de las desdichas provocadas por el Isis, menos idea tenían del porqué de los vuelos rasantes de aviones con los colores de la primer potencia mundial. Ester no quería entender cuando Zaid explicaba que sus compatriotas hacían honor a la muerte, honrando misiles y saludando metrallas para el acabose de familias similares a la de ellos.
“Para la libertad, sangro, lucho y pervivo, para la libertad siento más corazones que arenas en mi pecho”, tararea Zaid, mientras conduce a su mujer e hijo a la salida del infierno. Los bombardeos se hacen presentes al mismo tiempo que gritos de pequeños desahuciados. El infierno de Dante colorea la escena con pinturas musicales de Pink Floyd.
La balsa los espera. Además de una treintena de almas que comparten su pan y su viaje. El Mediterráneo será el nexo con el continente y a partir de allí, el camino a la libertad.
En las costas europeas, la balsa hunde sus maderos víctima de la metralla mercenaria. Europeos con escasa dignidad colocan una zancadilla a aquellos que se escapan del horror provocado por el mismo que hoy les negaba refugio.
La trampa blanca esta armada, no obstante Zaid salva a su familia y penetra en el continente. Un andén húngaro es su próximo objetivo. El olor a muerte ha pasado, quedo a miles de kilómetros. Ahora queda derrotar la hipocresía del primer mundo dueño de dos discursos. El político, donde deja establecido en blanco sobre negro que los refugiados serán bienvenidos y repartidos y aquellos medio pelo con sonidos germanos que denostan gracias a quienes no comparten sus costumbres ni su idioma.
El viejo continente se colma de aquellos que huyen del misil. Escapan del terror y del horror al lar de aquellos que pergeñaron la muerte en grandes escalas para adueñarse de sus riquezas. Los que hablan de paz, libertad y democracia. Aquellos que se constituyen en la gendarmería planetaria al servicio de sus propios intereses en detrimento de las mayorías. Los mismos que decretaron la finalización de la vida de miles y miles de seres humanos y que otorgan portazos a aquellos sobrevivientes de la injusticia y el amargo olor a pólvora.
Zaid, fumando en pipa en un sillón de madera noble y pana en extremo confortable, deja el diario y da vuelta el disco en su combinado. Mientras hace honor al descanso, cuenta cómo fue el terror de la guerra a Ari, 10 años más tarde.
Ari no recuerda el trayecto y muerte de otros niños en balsa, se olvidó de la pobreza europea sin juguetes en sus años infantes pero algo quedó estacionado para siempre en su memoria. El ruido a metralla y el grito de chicos moribundos, el olvido no perdonó. Chicos sin vida en playas lejanas, desparramados entre el polvo del ladrillo y la soledad, con soldaditos de plomo a su lado, jamás dejó de recordarlos. Las pesadillas transitaron su niñez y atravesaron su adolescencia. Su padre, todas las noches relata cual novela diaria, un episodio de sus primeros almanaques de vida. Zaid, permitiendo que sus lágrimas recorran su cara, termina su relato con un verso de Antonio Machado:
Todo pasa y todo queda
Pero lo nuestro es pasar
Pasar haciendo caminos
Caminos sobre la mar
Y el rostro de Zaid observa a Ari y a Ester, recordando lo positivo dentro de lo negativo.

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