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Mateando con Mordisquito-Por Gabriel Princip

El hijo militante discute con su jubilada madre, el intercambio apasionado de opiniones parte desde el principio de los tiempos. El tema es el peronismo. Entre mate y mate, la discusión se genera por el ninguneo que la jubilada hace de los logros de Perón, Néstor y Cristina.

“No podés no reconocer lo que hizo el General, ni hablar de Néstor y menos de Cristina”, alzó la voz el hijo, enojado con su progenitora.

“Vos no sabés lo que fue el peronismo”, contestó la adulta mayor. “¿Sabés lo que costaba comprar pan blanco, sabés lo que era comer pan negro?”.

“Pero, ¿y de eso te quejás?

“Sí, como ahora, que te sacan un porcentaje cuando te pagan la pensión de Italia”.

“Pero cobrás la de ama de casa que es el doble”.

“¿Y qué?”.

El hijo saboreó el último mate y se fue. Por la noche, en su casa se enfocó frente a su computadora tratando de escribir. Por su cabeza, pasaba la escena de la tarde discutiendo con su madre.

Cansado, dormitó. Y de repente una imagen se posó frente a él.

“Discepolín, ¿sos vos?”.

“Más respeto. Ahora soy Mordisquito”.

“Campeón, pero ¿cómo te puedo ver si estás en el más allá?”.

“Tranquilo fiera, bajé a ayudarte. No te hagas drama por tu vieja”.

“Vos porque no la tenés que soportar, sabés que no te reconoce nada, ni de antes ni de ahora”.

“Si lo sabré yo, en la mejor época de Perón me pasó lo mismo. Es más, te voy a contar un diálogo con otro desagradecido cuando estaba en vida y hacía radio. Pasame un mate y te cuento.

Un día me la agarré con un gil y frente al micrófono le dije: «Resulta que antes no te importaba nada y ahora te importa todo. Sobre todo lo chiquito. Pasaste de náufrago a financista, sin bajarte del bote. Vos, sí, vos, que ya estabas acostumbrado a saber que tu patria era la factoría de alguien y te encontraste con que te hacían el regalo de una patria nueva, y entonces, en vez de dar las gracias por el sobretodo de vicuña, dijiste que había una pelusa en la manga y que vos no lo querías derecho sino cruzado. ¡Pero con el sobretodo te quedaste! Entonces, ¿qué me vas a contar a mí? ¿A quién le llevás la contra?, antes no te importaba nada y ahora te importa todo. Y protestás, ¿y por qué protestás? Ah, no hay té de Ceilán. Eso es tremendo. Mirá qué problema, leche hay, leche sobra, tus hijos que alguna vez miraban la nata por turno, ahora pueden irse a la escuela con la vaca puesta. Pero no hay té de Ceilán, y según vos no se puede vivir sin té de Ceilán.

Te pasaste la vida tomando mate cocido, pero ahora me planteás un problema de Estado porque no hay té de Ceilán. Claro, ahora la flota es tuya, los teléfonos son tuyos, los trenes también y el gas, pero no hay té de Ceilán. Para entrar en un movimiento de recuperación como el que estamos asistiendo, han tenido que cambiar de sitio muchas cosas y muchas ideas. El país empezó a caminar de otra manera, el país se estructuró durante la marcha misma, el país remueve sus cimientos que rehace su historia. Pero claro, estás preocupado por el té de Ceilán; ¡ah!, ni queso, no hay queso… mirá qué problema.

Antes no había nada, ni dinero, ni indemnización, ni amparo a la vejez, y vos no decías ni medio, vos no protestabas nunca, te conformabas con una vida de araña. Ahora ganás bien, estás protegido pero no hay queso. Hay miles de escuelas nuevas, hogares de tránsito, millones y millones para comprar la sonrisa de los pobres. Sí, pero, claro no hay queso. Tenés el aeropuerto pero no tenés queso. Sería un problema para la vaca y no para vos, pero vos te preocupás. Mirá.

La tuya es la preocupación del resentido que no puede perdonarles la patriada a los salvadores. Para alcanzar lo que se está alcanzando, hubo que resistir y que vencer las más crueles penitencias del extranjero y los más ingratos sabotajes a este momento de lucha y felicidad. Porque vos estás ganando una guerra y la ganás mientras vas al cine, comés cuatro veces al día y sentís un ruido alegre de todos los tuyos. Porque es la primera vez que la guerra la hacen 150 personas mientras 16 millones duermen tranquilos porque tienen trabajo, tienen respeto.

Cuando las colas se formaban, no para tomar un ómnibus o comprar un pollo en la rotisería, como ahora, sino para pedir un pedazo de carne en la vergonzante olla popular, o un empleo en una agencia de colocaciones que nunca lo daba, entonces vos veías pasar el desfile de los desesperados y no se te movía un pelo, no. Es ahora cuando te parás a mirar el desfile de tus hermanos que se ríen, que están contentos, pero eso no te alegra porque para que ellos alcancen esa felicidad ha sido necesario escasear el queso. No importa que tu patria haya tenido problemas de gigantes y que esos problemas los hayan resuelto personas. Vos seguís con el problema chiquitito, vos seguís buscándole la hipotenusa al teorema de la cucaracha, vos, el mismo que está preocupado porque no puede tomar té de Ceilán y durante toda tu vida tomaste mate.

¿Y a quién se la querés contar? ¿A mí, que tengo esta memoria de elefante? No, a mí no me la vas a contar»”.

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