
Era de esperarse. Tanto le dio el cántaro a la fuente….que según cálculos conservadores, unas 8 millones de personas protagonizaron las manifestaciones del movimiento “No Kings”(sin reyes) que representan mucho más que un rechazo puntual a la guerra de Estados Unidos e Israel contra Irán; son en esencia, un síntoma de desgaste político profundo del mandatario republicano, que amenaza con alterar el equilibrio electoral en Estados Unidos.
La imagen de millones de ciudadanos en las calles, de más de una decena de Estados desde Nueva York y Boston hasta Los Ángeles, San Francisco, Minneapolis, Ohio, Alabama y Wyoming— con carteles que decían “Trump no es rey”, “No más guerras por mentiras” , entre otros… hablan por sí solos del rechazo interno a la figura autoritaria y soberbia del mandatario.
Ese lema central, “No Kings”, sintetizó el rechazo a un presidente que se presenta como monarca mientras arrastra al país a una guerra incierta.
Las protestas, masivas y diversas, reforzaron la idea de que el “rey” se tambalea en su trono, atrapado entre la vulnerabilidad militar y la oposición interna. Los carteles exhibían frases cortas y contundentes denunciando tanto la aventura militar como las políticas migratorias, todo un combo explosivo que coloca a Trump en una posición muy incómoda de cara a las elecciones de medio término donde su imagen pública está cayendo en picada.
Se calcula que al menos 8 millones de personas participaron en los más de 3.300 actos de protesta en todo el mundo . Las protestas habían sido convocadas como expresión de rechazo a las políticas del mandatario, incluida la guerra en Irán y las medidas migratorias, informan medios estadounidenses.
El mensaje central es claro: el pueblo no quiere un presidente que actúe como monarca, imponiendo decisiones sin transparencia ni consenso. Esa percepción erosiona la narrativa triunfalista que la Casa Blanca intenta sostener, mostrando un contraste entre el discurso oficial y la realidad de bases militares golpeadas y logística paralizada. Los planes de lanzar una invasión terrestre contra Irán, con soldados reclutados por Estados Unidos ha sembrado la alarma en el pais del Norte.
Las protestas también reflejan un rechazo al costo humano de esa guerra. Las familias temen que sus hijos sean enviados como carne de cañón a un conflicto lejano, y esa angustia se traduce en presión política sobre los congresistas que deberán enfrentar las urnas en noviembre.
El factor económico es otro elemento que juega en contra: el gasto militar descomunal desvía recursos de salud, educación y empleo, en un momento en que la ciudadanía exige soluciones internas más que aventuras externas.
La narrativa de Trump, que insiste en victorias totales y en la supuesta derrota de Irán, se percibe como falaz frente a la evidencia de vulnerabilidad militar. Ante cada golpe de la dupla enemiga que conforman EE.UU. e Israel, los iraníes responden con igual o mayor intensidad a los bombardeos que reciben, y si antes sostenían en sus manos la llave del Estrecho de Ormuz, que controla el paso de una quinta parte del petróleo del mundo, ahora la empuñan con mayor firmeza.
Esa disonancia entre el discurso del inquilino de la Casa Blanca, y los hechos, alimenta la desconfianza y moviliza a sectores que antes permanecían pasivos.
La postura de dominación imperial que encarna Trump se revela en cada uno de sus movimientos internacionales. No se conformó con atacar a Venezuela y secuestrar a un presidente y su esposa, que ahora enfrentan juicio en Estados Unidos, sino que incluso delira con la idea de presentarse como candidato a las elecciones presidenciales del país caribeño. Ese gesto no es solo una provocación política, sino la muestra de un delirio de grandeza que desconoce los límites de la soberanía y la autodeterminación de los pueblos.
¿Qué más pruebas necesita el mundo para entender la magnitud de este desvarío? Un hombre que no logra resolver los problemas internos de su propio país —desde la crisis social y económica hasta el rechazo masivo a la guerra en Irán— pretende cargar sobre sus hombros la conducción de otras naciones. La contradicción es evidente: mientras Estados Unidos enfrenta protestas multitudinarias contra sus políticas, Trump insiste en exportar su modelo de imposición y control, como si pudiera gobernar más allá de sus fronteras. Esa ambición imperial, disfrazada de liderazgo, se convierte en una amenaza para la estabilidad internacional y en un espejo de la fragilidad de su propio poder.



