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Gobernar, es para gigantes de amor-Por M. Pécora

“El gobierno de los hombres es la misión más alta del ser humano, y sólo debe fiarse a quien ame a los hombres y entienda su naturaleza”

(José Martí)

Por Margarita Pécora B

Nadie nace gobernante. Esa oportunidad la otorga la vida a un hombre  o mujer  de manera  supra excepcional. Para guiar a millones de conciudadanos, hay que estar dotado de todas las cualidades que exige el cargo, y saberse ganar el respeto y el acompañamiento popular.

Ninguna frase viene tan acorde a este tema, como la genial  cita del intelectual cubano  José Martí  cuando dijo que  “Mover un país, por pequeño que sea, es obra de gigantes. Y quien no se sienta gigante de amor, o de valor, o de pensamiento, o de paciencia, no debe emprenderla”

En países  que viven en democracia  ya todos sabemos  que , quien aspira, sueña o se ha preparado toda su vida política para  ser mandatario,  tiene que someterse a la voluntad popular que se dirime en las urnas, donde la gente, ya porque está cansada, o  decepcionada de la gestión de un  gobernante  anterior,  decide darse la oportunidad  de probar  a alguien nuevo.

Pero no todo el que logra  ganar- mucho menos con un margen estrechísimo  con respecto a su rival electoral,  por más que haya soñado llegar a la cúspide, reúne las condiciones de un buen gobernante,   para emprender  esa “obra de gigantes” a la que alude en su  brillante  frase, el cubano  José Martí.  Por eso no tarda mucho en que empiece a cometer graves errores  e improvisación, en su afán por imponerse.

Es cierto también que no llegan  los incapaces, sino los  sagaces, inteligentes y que tienen vocación política. Pero en el peor de los casos,  y para desgracia de un pueblo,  siempre consigue subir a la poltrona, algún ambicioso de poder, sin cualidades para gobernar, pero respaldado por la fortuna de simpatizantes,  o  de aquellos movidos por el interés de que se preserven riquezas y privilegios, que no quieren compartir con nadie.

Cuando el traje  queda grande

La incapacidad para gobernar se puede comparar con un traje que le queda grande a quien- ya en el poder- y  ante los complejos problemas que se presentan  cotidianamente,  sintiéndose cuestionado, trata de ocultar su incompetencia  con actos y decisiones apresuradas, irracionales y   movidas por la soberbia y el empirismo.

En esa  carrera vertiginosa por ganar adeptos y  convencer a los votantes de que no se equivocaron al elegirlo,  el gobernante  pasa llevándose todo  por delante.

Lo más grave: las instituciones, y si llega a notar que  quienes lo eligieron  experimentan  incertidumbre, o arrepentimiento, entonces el gobernante  asume  conductas dictatoriales que atentan contra lo más sagrado que son los trabajadores, las instituciones y  los derechos básicos para cualquier democracia.

Así  empieza una cacería como fiera embravecida contra todo el que considera “enemigo político”, y a crearse sus propios fantasmas.

Es entonces cuando la soberbia y el miedo colocan al gobernante en el limbo, a merced de quienes no lo votaron, porque  reconocían que no era el idóneo,  y  se sienten con derecho a echarle en cara lo inservible que resulta.

Si a todo esto le suma, la falta de un discurso propio y depurado (sin tener que echar mano a papeles para comunicarse con la sociedad), y si además,  se padece de vicios  e indisciplinas, rayanas con el infantilismo, como es  victimizarse echando la culpa de los problemas, todo el tiempo a su predecesor, o se comporta  despreocupado, llegando al punto de  tomarse descansos cuando la gente  no encuentra respiro, entonces  estamos hablando de un gobernante que tiene los días contados.

No por gusto el filósofo y científico francés, René Descartes concibió al racionalismo, como  corriente filosófica que acentúa el papel de la razón en la adquisición del conocimiento, en contraste con el empirismo, que resalta el papel de la experiencia, sobre todo el sentido de la percepción.

Si se actúa de modo irracional al ejercer un cargo de tanta envergadura como es  gobernar un país, se está negando  que  saber gobernar  es un arte y  si lo trasladamos a una sociedad moderna, con conocimiento y educación, no  de analfabetos como existía antes, el que asuma el poder  debe  saber hacerlo con la mayor  eficiencia, la eficacia y  ética, respetando ante todo a  las instituciones democráticas del Estado, y asumir que su primera obligación es defender y promover los Derechos Humanos y del pueblo.

Para cerrar esta reflexión, bien  valen los consejos   martianos que resisten el paso de los siglos,  cuando  dijo: “La política es el arte de inventar un recurso  a cada nuevo  recurso de los contrarios,  de convertir los reveses en fortuna, de adecuarse al momento presente, sin que la adecuación cueste el sacrificio, o la merma importante del ideal que se persigue (…)”

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