Opinión

Adorni: entre el velo de la transparencia y el peso de las sospechas

 

Por  Margarita Pécora  B.   –

Quienes   seguimos por televisión las explicaciones del actual Jefe de Gabinete de LLA, Manuel Adorni sobre los cargos de corrupción que ahora pesan en su contra  y  generaron escándalo en el poder,   advertimos  al principio, una serenidad aparente, sostenida en el tono de voz y en la repetición de frases defensivas, pero interrumpida por un detalle revelador: la dificultad para levantar la mirada.

En psicología política, la pupila y el contacto visual suelen ser indicadores de seguridad o de incomodidad; evitar la mirada puede interpretarse como un intento de protegerse de la exposición, de controlar lo que el cuerpo podría delatar más allá del discurso. Adorni pocas  veces levantó la mirada del papel que leía   mientras parecía  suplicar   que el tiempo  volara para salir  de aquel trance  lo antes posible.

Su estrategia comunicacional se apoyó en dos pilares: deslegitimar a los periodistas que “se quieren pasar por jueces” y desplazar las acusaciones hacia rivales políticos del kirchnerismo.

Este recurso, clásico en situaciones de crisis, busca transformar la defensa en ataque, generando un marco de confrontación que le permita recuperar control.

Sin embargo, desde la percepción psicológica, esa agresividad defensiva puede transmitir vulnerabilidad: el exceso de énfasis en señalar al otro suele ser leído como incapacidad de sostener la propia inocencia.

El cruce  de Adorni  con el periodista de El Destape,  puso en evidencia  la desesperación  ante la pregunta incómoda  que lo sacó del paso al punto  de afirmar “Mi dinero lo gasto en lo que a mí me parece mejor”, olvidando  que es  un  alto funcionario del gobierno y que si bien  no  existe una obligación legal de que el Jefe de Gabinete explique públicamente sus gastos privados, siempre que no involucren fondos públicos, sin embargo, por su rol institucional y la exposición política que conlleva, está obligado a rendir cuentas sobre su patrimonio y declaraciones juradas, y la prensa cumple la función de exigir transparencia.

El tercer elemento fue la apelación a su trayectoria laboral: más de 25 años en el sector privado como explicación de las altas sumas de dólares que no coinciden con sus declaraciones juradas. Aquí se observa un mecanismo de justificación basado en la acumulación de experiencia, que intenta reforzar credibilidad. Pero la insistencia en ese argumento, sin datos concretos, puede ser interpretada como racionalización: un recurso psicológico que busca dar coherencia a lo que, en la práctica, aparece como inconsistente.

El resultado fue la imagen de un hombre que, más que convencer, intentó resistir y salió de allí enojado.   A pesar  de su esfuerzo por  aparentar  serenidad,   la mirada   del ex vocero presidencial, fue  esquiva,  el ataque a los interlocutores y  la justificación en la trayectoria, conformaron un  repertorio defensivo que, desde la psicología de la comunicación, revela tensión interna.   En el plano mediático, esa tensión se traduce en dudas; en el plano social, en sospechas que pesan más que la inocencia proclamada.

El futuro de Manuel Adorni frente al escándalo no depende únicamente de la justicia ni del blindaje político que pueda ofrecerle el Gobierno.   En la arena pública, la percepción pesa tanto como los fallos judiciales. Puede salir “ileso” en términos institucionales, protegido por la estructura oficial y por la  connivencia  de los tribunales, pero la sanción social es otra cosa: se mide en credibilidad, en confianza, en la capacidad de sostener un discurso frente a una ciudadanía que vive bajo la austeridad que raya con la pobreza, y en muchos casos con la indigencia.

Desde el plano psicológico, su estrategia comunicacional revela tensión: aparente serenidad, mirada esquiva, ataque a los periodistas que “se quieren pasar por jueces”, y justificación en su trayectoria privada para explicar gastos que no cierran con sus declaraciones juradas. Estos gestos transmiten más defensa que convicción, más resistencia que transparencia. El blindaje político puede contener el golpe institucional, pero no evita que la opinión pública lo perciba como un hombre acorralado.

En definitiva, si Adorni no da un paso al costado,  como muchos argentinos /as  le estàn  pidiendo ,  quedará expuesto a la sanción del pueblo: un juicio silencioso pero implacable, que castiga la incoherencia entre el discurso oficial de austeridad y los signos de opulencia personal. En tiempos de crisis, la mirada social suele ser más dura que la de los jueces.

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