Sin compasión

Por Margarita Pécora –
“Llegó un momento en que me quedé sin lágrimas para desahogar la angustia de ver desfilar por las camas de terapia intensiva, a pacientes a los que cuidé día y noche, y a pesar de ello me tocó extubarlos y apagar el respirador mecánico porque, lamentablemente , habían perdido la batalla”.
Esta anécdota no es un hecho aislado, ni privativo de una persona determinada, sino una realidad que atraviesa a cada vez más médicos/as para quienes los abrazos a distancia y las palabras de ánimo como “campeón/a”, «Genio/a”, palidecen ante la envergadura de la labor y el sacrificio que realizan junto a sus compañeros en una Unidad de Cuidados Intensivos donde se combate el Covid-19.
Es una constante que alcanza desde hace 6 meses a cientos de médicos y paramédicos, atrincherados, como están, en la primera línea de batalla en la guerra contra el Covid-19 en la Argentina.
Al principio se mostraban conmovedoras imágenes de estos ‘titanes’ con marcas en sus rostros, provocadas por las alergias al uso constante de las mascarillas, rostros enrojecidos, ulcerados con ojos cansados y ojeras profundas; y la gente empezó a aplaudirlos todas las noches, luego se cansaron del homenaje, porque la guerra que parecía duraría pocas semanas, se extendió a meses interminables.
Pero los médicos y enfermeras no se cansaron, al contrario, respondieron cuando se les pidió multiplicar esfuerzos, entregar todas sus energías a salvar más vidas, y junto con el agotamiento físico, empezó el desgaste síquico, eso que la ciencia reconoce como “fatiga por compasión” de tanto estrés y angustia provoca por las pérdidas humanas tan continuas.
Hoy parece que existen dos Argentinas; la del personal de la Salud que se juega la vida por la gente en la primera linea de combate; y la de mucha gente ignorante y desconsiderada consigo misma y con el prójimo que transgrede todas las medidas sanitarias y anulan tanto esfuerzo.
La fatiga por compasión, es un término acuñado en el año 1992 por Carla Joinson y que lo denominó (síndrome del trabajador quemado). Así lo describe el sitio de rigor académico “The Conversation” que también señala:
“En 1995, Charles Figley lo definió como un ‘estado de agotamiento físico y emocional, consecuencia directa de la exposición prolongada al estrés de compasión’, es decir, a la necesidad personal de aliviar el sufrimiento de otras personas. De esta manera, la fatiga por compasión, junto a la satisfacción por compasión, conforman la base del modelo de Calidad de Vida Profesional. Un modelo aplicable sólo a personas cuya profesión se caracteriza por el establecimiento de una relación de ayuda.
El concepto guarda relación directa con la habilidad para empatizar, para identificar y acercarse a las emociones de los demás y remarca que ‘no obstante, la capacidad personal para lidiar con las adversidades, se verá disminuida si la asistencia comienza a vivirse como una amenaza de la que no se puede huir’.
La situación empeorará si la protección de la distancia emocional se quiebra, haciendo que los y las profesionales se lleven a casa demasiados “pedacitos” de las personas atendidas, de sus historias, y de sus vivencias y sus pérdidas.
Si a esto le sumamos el factor tiempo, que va acumulando un intenso y mantenido contacto con los demás, la energía invertida por los y las profesionales podrá superar su capacidad para recuperarse y restituirse, debilitando así sus mecanismos de autoprotección y afrontamiento.
Síntomas de la fatiga por compasión
Podrían aparecer entonces signos y síntomas del comportamiento tales como hipervigilancia, retraimiento social, alteraciones de la conducta alimentaria…), emocionales y cognitivos (sensación de vacío, culpabilidad, ansiedad, desesperanza y aumento de explosiones de ira) y físicos (tensión muscular, alteraciones del sueño y/o gastrointestinales…) que alertarían de algo importante: los depósitos de energía personal están llegando a su límite.
Lo paradójico de esta cruda realidad, es que la sociedad argentina, ignorando tanto sacrificio por preservar la salud de sus conciudadanos, rompe los protocolos sanitarios, inventa marchas so pretexto de sentir “amenazada su libertad” personal, y para colmo, desoyen las advertencias de la Sociedad argentina de Terapia intensiva que emitió un alarmante comunicado sobre la situación del personal médico ya reducido y exhausto y señala textualmente:
“Sentimos que no podemos más, que nos vamos quedando solos, encerrados en las Unidades de Terapias Intensivas …solo alentándonos entre nosotros”. Y concluyen rogándole a la sociedad que reflexione y cumpla con simples pero importantes medidas de distanciamiento social, uso de tapabocas y lavado frecuente de manos. No aglomerarse, no hacer fiestas, no desafiar al virus ¡porque el virus nos está ganado!.



