Fue como una enfermedad silenciosa, que avanzó en corto tiempo, hasta apoderarse de todo su cuerpo, sin mostrar los síntomas. Todo, hasta que un día el hombre con ínfulas de clase media, empezó a caer en pánico. Le sucedía, cuando se iluminaba la pantalla de la tele y se escuchaban voces, al principio engañosamente dulces, pero que finalmente destilaban una toxicidad malsana.
Los rostros desfilaban por la pantalla con expresiones crispadas por el odio, y las bocas, retorcidas, escupían mensajes injuriosos haciéndole sentir a él, terriblemente culpable de llevar una vida “equivocada”, en un entorno ficticio, mal habido, y que, todo cuanto había recibido era fruto de robos y saqueos de sus “bandidos” benefactores.
Con los ojos casi fuera de las órbitas y entre el miedo y la confusión , el individuo se levantó de un tirón, apagó la tele y sacó el rifle, disparándose ; pero el proyectil tomó un rumbo errático y solo le atravesó un pie.
Ahora el hombre, se arrastra apoyado en una sola pierna por frente a los comercios, bajo la mirada lastimera de la gente, contemplando con la ñata contra el vidrio, los modernos electrodomésticos que antes adquiría por el Plan 12, los magníficos cortes de carne que escogía cada sábado para el tradicional asado familiar del domingo, y para colmo, el pan, todos, exhibidos burlonamente, como en una galería de caricaturas, con cartelitos de precios abismales que sólo lo llevan a pensar nuevamente en el suicidio.
En eso anda el herido por mano propia, cuando vuelve a casa, se tira en el sillón, prende nuevamente la tele y presencia los mismos rostros antes crispados, riendo a carcajadas de la víctima que cobraron para sus planes de exterminio, reduciendo a la clase media, a baja o marginal, donde el indigente no necesitará escopeta para suicidarse, porque su acta de defunción ya la trae escrita.