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Duros con los gobiernos blandos-Por Gabriel Princip

 

El gobierno popular llegó a su fin. Le sigue otro de neto corte liberal y que, más temprano que tarde, será un gobierno impopular.

A pesar del ordenamiento económico, de la reestructuración de la  deuda, de derrotar a los fondos buitres, del crecimiento de la clase media, del empoderamiento popular y de la ampliación de derechos, el imperio con un año de resquebrajamiento de la sociedad supo imponer a su gerente para que el voto popular le dé el asiento de Rivadavia.

Cristina Fernández se juntaba con su ministro de economía para desarrollar una estrategia que debilite a los fondos buitres cuando apareció muerto el fiscal Nisman. No se dilucidó su muerte, pero la oposición tardó cinco minutos en acusar a la presidente de su muerte porque el abogado la acusaría en el Congreso de la Nación. Lo que la oposición no dijo, ni el gobierno comunicó, fue que Nisman también había sido el fiscal que procesó a Mauricio Macri.

Ese caso se llevó tres cuartas partes del año y acentuó el odio en las capas medias. A eso se le sumaba la cadena nacional, los planes sociales, La Cámpora y una serie interminable de mentiras publicadas en tapa de Clarín. Y lograron su objetivo, que la gente vote con resentimiento.

El comicio no se llenó de votos ideológicos, de acompañamientos de candidatos sino de aquellos que agradecían un proyecto que los incluía contra otros que odiaban a Scioli por obedecer a Cristina. Y salvo en las películas, siempre triunfa el odio.

La comunicación siempre fue un error del gobierno y un acierto de la oposición. Dice Claudio Díaz en su obra Manual del anti peronismo ilustrado: “los gobiernos populares deben ser necesariamente gobiernos fuertes para luchar contra la enorme fortaleza de los poderes colonialistas y sus medios de seducción o corrupción.  Y los intelectuales tienen la responsabilidad de distinguir entre las medidas defensivas tomadas por países y pueblos sometidos al ataque imperial y los métodos ofensivos de ese poder en su campaña de conquista, tal como en Argentina de 1945 había expresado claramente Estados Unidos”.

La opinión publicada termina aceptando lo que el imperio le muestra. Los espejitos de colores no son conceptos discriminatorios sino sustantivos que demuestran como la media clase se empeña en suicidarse y arrastrar a toda la sociedad a una muerte colectiva.

Los gobiernos populares por lo general son blandos ya que embaten contra el sistema pero al mismo tiempo concurren a elecciones cada dos años. Con lo cual, el trabajo del dirigente popular es insalubre. El establishment no concurre a los comicios, maneja los medios y le importa nada mentir, insultar y trampear. El fin siempre justifica  los medios.

Por esta razón, el militante de la clase media se hace el duro. Ataca la ética del dirigente. Calificativos como vagos, ladrones, chorros, inútiles, comunistas están a la orden del día. Pero cuando el ataque es a la ética, el carácter o la vestimenta del dirigente en cuestión tenemos que convenir que la política es la correcta para las mayorías.

Cuando gobierna la derecha, o sea los duros, la queja no toma la misma vara. El medio pelo justifica las rebajas de salarios, jubilaciones, ajustes, economías frías, etc. Y no valora economías en crecimiento porque no le reconoce nada a un gobierno popular. Es más, se puede decir sin temor a equivocarnos que un militante de la media clase es capaz de inmolarse con tal que prescriban derechos al negro y demás habitantes delas clases bajas.

En síntesis, la clase media siempre incurrió en el mismo horror. Es blanda con los gobiernos duros y dura con los gobiernos blandos. Manejando estos conceptos, sería imposible que Argentina se consolide como potencia americana. Cuando nos dirigíamos a la industrialización del país, el voto le dijo a Mauricio: “Retrocedé 20 años. Ajustame, empobreceme y no hables en cadena”. Y Mau, nuestro presidente, cumplió.

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