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Reflexiones de un Abogado Penalista-Por H. L. Carribero

Es muy cierto eso según lo cual todo puede evitarse, salvo las consecuencias.

Es por ello que el buen abogado nunca miente. Solo necesita mostrar las verdades de manera diferente. Esto que es una consecuencia del ejercicio profesional puede convertirse en un abuso desdichado del uso incorrecto del un derecho. Todos los derechos deben ser ejercidos de buena fe.

Después de todo el sentido común es el mismo sentido de la verdad.

Desde siempre he rechazo la estigmatización del que miente. No es sano ni generoso rotular al que miente como un mentiroso. Basta con decir que ha mentido sobre determinado tema, en determinada ocasión, y en determinado día, eso es suficiente. Sin perjuicio de ello, todo el mundo tiene derecho a reivindicar su conducta, la mejor manera de hacerlo es reconociendo su error y ofreciendo disculpas. Es de buena persona reconocer los errores y ofrecer las disculpas correspondientes. Pero también es de buena madera aceptar las disculpas sinceras. No son de mi agrado las personas que no saben aceptar disculpas. A estas personas las atiendo, y nada más.

Una de las conductas más miserables del ser humano es el desprecio por el prójimo. Nadie obliga a que nos ocupemos de aquellas personas con las que no queremos ni deseamos tener relación. Pero tampoco nadie nos obliga a despreciarlos públicamente, sólo para saciar el ego y los pensamientos morbosos. El desprecio merece la más severa condena. Lo mismo ocurre con la burla, más adelante dedicaré unos párrafos a la esto último.

Es difícil encontrar algo más complejo, en el mundo, que las relaciones humanas. Los celos, los rencores, los amores y la envidia, entre otros sentimientos y emociones.

Una vez un médico amigo, en un asado de día sábado, me dijo: “Cuidado con tomar medicamentos para la ansiedad. La mayoría de las veces no se trata de ansiedad, sino de emociones negativas. Las emociones no se medican, se procesan”.

Siempre lo recuerdo, en especial ahora que el clonazepan se consume como caramelo.

Destaco de la profesión la constante relación y vinculación con personas de todo tipo. Eso me enseña a conocer las costumbres del ser humano, sus vicios y sus debilidades. Todos los días de aprende algo nuevo. Son pocos los días que no converso con alguien que jamás antes había visto. Esto es gratificante, las relaciones humanas, los diálogos las charlas informales pero respetuosas sobrevuelan mi oficina de manera constante. Creo que hay pocas profesiones en el mundo que permiten conocer a tanta gente como lo hace el ejercicio de la abogacía.

En mi caso, la soledad y la libertad han sido mis más fieles compañeras en el ejercicio de la abogacía. De manera conciente puedo afirmar, sin dudarlo, que estoy enamorado de la soledad y la libertad, desde que comenzó mi carrera. De la misma forma, el buen humor es la premier regla para trabajar muchos años en la profesión de abogado penalista. Un abogado sin buen sentido del humor, se consume a sí mismo en poco tiempo. Quiero decir que en dos años se sentirá agotado por las preocupaciones, y se distraerá en forma uniforme con las cosas que memos importancia tienen, dejando de lado las más trascendentes para él y para su cliente.

Hugo López Carribero, Abogado penalista.

Autor del libro “Asesinato perfecto, en el pueblo de los infieles”.

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