Allá abajo, Cristina entrega el bastón de mando a Daniel Scioli en clima de alegría y festejo, donde los argentinos aprecian, por cadena, la continuación de un modelo que comenzó en el 2003 con Néstor Kirchner. Arriba, detrás de una nube, un bar.
“Bar Pensamiento Nacional”, reza el cartel. Regularmente arriman la silla a la mesa central del barcito color celeste y blanco portadores de un pensamiento que dejaron huella en la Argentina. Es habitual ver las figuras de Perón, Cooke, Arregui, Evita, Néstor, Don Arturo. Y más común es cuando arman la mesa y los recuerdos fluyen. La pasión interviene, al calor del debate y la sapiencia de los interlocutores.
Pero hoy están todos atentos a la transmisión de mando.
“Como la extraño a la loca”, susurra Néstor con un café en la mano. “Pero se las arregló bien, quizás mejor que yo, ¿No es cierto William?”.
Cooke, con su lánguida intelectualidad, aprueba los dichos del patagónico y arremete con su habitual soltura en la verba. “Tu mujer nunca se movió del libreto que le dejaste y jamás optó por alguna idea antinacional. Su conocimiento y su sapiencia coinciden con lo que supe decir alguna vez en referencia a estos temas”.
“Me acuerdo como si fuera hoy”, afirma Don Arturo Jauretche.
“Ni hablar”, coincide Perón.
“Ustedes carguen, pero ¿Recuerdan cuando en un espléndido discurso motivé a mis pares, los diputados y les dije que el único nacionalismo es el que busca librarnos de la servidumbre real? Ese es el nacionalismo de la clase obrera y demás sectores populares y por eso la liberación de la patria y la revolución social son una misma cosa, de la misma manera que semi colonia y oligarquía son también lo mismo”.
“Cuánta razón tiene el Cooke”, sentencia Néstor.
En otra mesa pero atento a la conversación, fuma un puro El Che. Evita lo observa pero no interrumpe.
Jauretche felicita a Cooke y contesta: “Si se me permite, coincido con el compañero y le sumo que el nacionalismo de ustedes, les decía a los gorilas, se parece al amor del hijo junto a la tumba del padre, el nuestro, les contaba, se parece al amor del padre junto a la cuna de su hijo. Para ustedes la Nación se realizó y fue derogada, para nosotros todavía sigue naciendo”.
“Cuánta razón tiene Don Arturo”, interrumpe Evita desde otra mesa. “Yo también la tenía clara con respecto a la patria, a mi país, a mi gente. Y a pesar de todos los ataques de los gorilas, de esos contreras siempre pude llegar con mi palabra, con mi mensaje a mis grasitas. Mis descamisados supieron entender cuál era el origen y el objetivo de la causa. Y a pesar de haber abandonado prontamente la Tierra supieron entender cuando yo les decía que Nuestra patria dejará de ser colonia, o la bandera flameará sobre las ruinas”.
Mientras el tema de la causa nacional se debate, El Che observa consumiendo su puro.
“Y vos John, sos sarcástico”, prosigue Evita, “Pero cuando dijiste que “El peronismo es el hecho maldito del país burgués”, no sabía si explotar de alegría, hacerte un monumento o pegarte un bife cuando escuché la palabra maldito ¡Pero con que chamuyo pusiste en caja a la media clase!”.
“Y encima yo los dejaba atónitos cuando decía que el capitalismo foráneo y sus sirvientes oligárquicos y entreguistas han podido comprobar que no hay fuerza capaz de doblegar a un pueblo que tiene conciencia de sus derechos”.
“Cuánta razón tiene Evita”, sentencia Perón. “¿Viste Eva que buena alumna resultó Cristina? Y no te digo nada del amigo Néstor. Este sí que tomo la doctrina y la aplicó a rajatabla”.
“Ni hablar mi general, pero no fue fácil. Nuestra vida político se rigió por sus veinte verdades, su doctrina y aquella frase de la compañera Evita cuando sentenció “Donde hay una necesidad hay un derecho”. Tampoco se olvide que además de tener a las clases acomodadas en contra, tenía a los medios dominantes que no me dejaban ni respirar”, expresa Néstor.
“Mal tipo ese Don Héctor, ¿no?”, pregunta Perón.
“Olvídese mi general. Terrible es y se puso peor cuando le sacamos la Ley de Medios y la jubilación privada. Nunca más me dejó de maltratar a través de sus 700 medios. Pero la gente estaba conmigo, con el proyecto, con Cristina. Y yo les decía a los muchachos, militantes y a quienes quisieran escucharme: “Tengan en claro que cuando nos atacan no lo hacen por lo que hicimos mal o no hicimos todavía, nos atacan por las cosas que hicimos bien, no nos perdonan haber devuelto el principio de justicia a la Argentina y haber terminado con la impunidad””.
“Natural, mi amigo. Reclaman, no por los derechos que ampliamos, sino por los privilegios que cortamos”, sentencia Perón. “Aparte, decímelo a mí, que fundé el movimiento, que armé una doctrina, 20 verdades y una base que decía “soberanía política, independencia económica y justicia social”. No te perdonan trabajar por los que menos tienen y menos, como dice el Papa, con los que hacen lio”.
Scalabrini Ortiz asiente tomando un cortado, mientras que El Che culminaba su puro cubano. Hernández Arregui en la misma mesa, limpia sus anteojos para tomar nota en su borrador de lo que escucha en ese barcito, ubicado en una esquina con olor a empedrado de un cielo eterno.
Mientras Perón termina su idea, allá abajo Daniel Scioli festeja su primer día de gobierno. El sciolismo comienza su camino de industrializar un país, que había sido ordenado por Néstor y Cristina.
“Mirálo vos a Daniel. Llegó, después de todo”, sentencia Néstor. “Ajá”, asegura Perón. El Che echa humo y Scalabrini Ortiz le explica la función de Randazzo con los trenes a Arregui.
“Ustedes hablan muy bonito”, alza la voz Guevara y se acerca a la mesa principal. “Tienen razón y comparto sus ideas”.
“Lo sabemos”, dice Don Arturo. “Y a pesar de que el capitalismo es el genocida más respetado del mundo, quedó lugar en Cuba para rociar y pintar su geografía de nacionalismo y solidaridad. Tanto fue que mirá como terminó rindiéndose Estados Unidos, Francisco mediante, a Fidel. Y les puedo asegurar que el pensamiento nacional fue determinante. Alguna vez les dije a los camaradas: he estado en Guatemala y me sentía guatemalteco, fui a Perú y me sentía peruano, estuve en México y era mexicano, hoy soy cubano porque estoy en Cuba y naturalmente me siento argentino aquí y en todos lados porque ese es el estrato de mi personalidad, no puedo olvidar el mate y el asado”.
Los tiempos son distintos en el cielo y las charlas no culminan. El pensamiento nacional es el motivo de reunión y el nombre del bar. La excusa es seguir los acontecimientos que suceden en la Tierra y en el gobierno de Daniel Scioli.
“¿Y general que opina de Daniel?”, pregunta Néstor.
“Mirá muchacho, de mi escuela salieron dos buenos alumnos: uno para el bien y otro para el mal del país. El bueno fuiste vos, el malo el turco. Ahora, a Daniel no lo tenía pero si vos lo preparaste, y con la fe y confianza que se tiene, difícil que nos haga pasar vergüenza”.
“Así es mi General”.