“El cumpleaños del “caballo”

Por Margarita Pécora –
Sucedió en un pedacito de suelo cubano, pero dentro de la Argentina, que es decir la embajada de la República de Cuba en Buenos Aires. Fue una cita sui generis enfocada al recuerdo de “El caballo”.
La memoria agradecida de cada uno de los cubanos y cubanas allí reunidos entre canciones y poemas, voló imaginariamente hacia la simple roca con forma de un grano de maíz- donde dijo José Martí que “cabe toda la gloria del mundo. Ese es el único sencillo monumento en la necrópolis de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba, donde reposan los restos del Caballo, el hombre de talla mundial, que recibió ese epíteto de fortaleza en la Sierra Muestra y con él se le sigue recordando-
Porque entre esas montañas emergió el líder que no caminaba, galopaba. Fidel Castro fue bautizado “El Caballo” porque su ímpetu no conocía freno. Como un corcel indomable, atravesó montañas y adversidades, llevando sobre su lomo la esperanza de un pueblo que veía en él la fuerza de la historia.
El apodo no fue casualidad: Fidel resistía como un brioso alazán, capaz de recorrer largas distancias sin desfallecer. Su voz, potente y vibrante, era el relincho que hacía temblar a los esbirros de Batista primero, y después a los gobernantes norteamericanos y mercenarios enviados por la CIA. Su voz despertaba conciencias sobre la lucha necesaria contra el imperialismo arrogante distante apenas 90 millas, que siempre ha intentado apoderarse de la isla. Cada discurso de Fidel, era una carrera hacia la dignidad, cada palabra un galope que sacudía las plazas y estremecía al imperio.
Incontables veces cuando Estados Unidos intentó doblegarlo, Fidel respondió como un caballo que no se deja domar. La invasión por Plaza Girón fue su pista de combate, y allí demostró que la Revolución no sería derribada. El Caballo levantó la cabeza y negoció la liberación de los mercenarios capturados en Playa Girón, cambiándolos por compotas y medicinas para los niños cubanos.
En la Crisis de los Misiles, Fidel se plantó como una fiera en medio del huracán. No retrocedió ni un paso, exigiendo respeto para Cuba. Su firmeza fue la brida que contuvo el miedo, y su gallardía el trote seguro que condujo a su pueblo por senderos de resistencia.
El bloqueo económico fue un látigo constante, pero El Caballo no se rindió. Con cada golpe, Fidel relinchaba más fuerte, denunciando la injusticia y reafirmando que la dignidad no se compra. Su resistencia fue la carrera más larga, un maratón de décadas que convirtió la escasez en símbolo de entereza.
Los discursos interminables eran la prueba de su vigor. Fidel hablaba durante horas, como un caballo que no se agota en la llanura. Sus palabras eran cascos golpeando el suelo, marcando el ritmo de la Revolución. Cada frase encendida era un salto hacia la eternidad de la memoria colectiva.
El pueblo lo seguía como a un jinete sin rival. “El Caballo” era guía y conductor, el que tiraba del carro de la historia. Su gallardía no era solo personal, era colectiva: arrastraba multitudes, levantaba banderas y convertía la fatiga en energía, la derrota en victoria, la duda en certeza.
Incluso sus detractores reconocían el apodo. Llamarlo “El Caballo” era admitir que no había fuerza capaz de detenerlo. Como un animal mítico, Fidel atravesaba las fronteras del tiempo, imponiendo respeto. Su figura era la estampa de un corcel que no se doblega, que desafía al jinete más poderoso.
En cada proclama, Fidel reafirmaba que si tuviera que hacerlo otra vez, volvería a hacerlo. Esa frase era el relincho final del Caballo, la declaración de que la lucha no fue un accidente, sino destino. Su gallardía era convicción, su ímpetu era voluntad, su firmeza era eternidad.
Así quedó inscrito en la memoria: Fidel Castro, El Caballo de la Sierra, el corcel que galopó contra imperios y bloqueos, que condujo a su pueblo por senderos de dignidad. Su nombre se convirtió en metáfora de resistencia, y su galope, un siglo después de su llegada al mundo, aún resuena en la historia como eco indomable.






