La última misa ricotera copó la Plaza de Mayo
Miles de fans se juntaron para empezar a despedir a su ídolo

La gente llegó en grupos, en parejas, solitarios. Puso música, bailó, hizo pogo, desplegó banderas rockeras y de fútbol, lloró y compartió el duelo en modo ceremonia.
Durante esta jornada rara, rarísima, la playlist fue deliberada: en un barcito del Microcentro suena “El Charro Chino”, de El Tesoro de los Inocentes, pero —dicen los chicos del lugar— “sonó todo el día el Indio”. Hoy, la procesión no va por dentro. Se saca para afuera, se exterioriza sin vergüenza, se vive con la sensibilidad de este drama rabioso. Un viernes de junio, que arrancó su faena con un caramelo negro, tiene a Buenos Aires doblegada ante una tristeza previsible.
Y sobre este envión nervioso y angustiante, quienes van y vienen se yerguen en una confusión mayúscula. “Qué dolor, loco”, dice un pibe de ojos rasgados que no encuentra consuelo. Murió Carlos “Indio” Solari, uno de los grandes símbolos de la excepcionalidad argentina. La idiosincrasia nacional y su mística hechizante pierden a un árbol muy, muy alto. Por eso, como cada vez que la multitud necesita llevar adelante su propio espacio de reclamo, llanto, celebración, caos o abrazo, la Plaza de Mayo atiende instantáneamente las necesidades y demandas de todos. Todavía no hay información oficial del velorio del Indio, pero sus fans decidieron rezarle este último padrenuestro.

Nadie sabe bien qué va a pasar con todo esto. Pero todos —todos— saben que algo pasa cuando todo esto pasa. “Somos como 20. Y somos todos ricoteros”, dice una mujer colorada de treinta y pocos, que se acercó a Avenida de Mayo con su pareja, sus hijas, sus padres y un tendal de amigos. “La más chiquita no quería venir, pero le dijimos que tenía que acompañarnos. Igual, no le dimos opción”, asegura la mujer. De a poco, con el fluir del día, esta “Misa Ricotera” va convirtiéndose en el lugar seguro para los autoconvocados seguidores de Los Redondos.
A cinco minutos del comienzo del Mundial, la foto colectiva entroniza cierta épica y, definitivamente, mucha tristeza: a lo largo de toda la calle Florida, la voz del Indio se escurre por todas las puertas y ventanas de los locales comerciales. “Ya nadie va a escuchar tu remera”, escuchan los diarieros. Y el ademán es el de “qué va a ser, che”. En este preciso instante de la historia, se oye por ahí algo que más de uno pensó: “Quedan pocos personajes que representen a la argentinidad. Charly García y pocos más”. Una verdad que Argentina irá desculando cuando salga de este estado de knock-out.

Unos bocinazos repiquetean por Av. de Mayo y Florida. “Vamos para allá”, parece la seña. Así se ve y se siente el conjuro helado de un golpe al corazón. Mientras tanto, las redes sociales son un hervidero de fotos, recuerdos y llantos. Y la calle, hoy, acá, es un espejo genuino del corazón (digital): sobresale ese dolor que, como pocas veces, lo atraviesa todo y a todos. Saliendo de la estación Plaza de Mayo de la Línea C del subte, entre caras desorientadas, un muchachito sub-30 llora desconsolado y pone “Ji Ji Ji” a todo volumen en el celular. Todos los labios rebotan en sintonía y redondean sus fauces con el “oh, oh, oh, oh, ohhh” del pogo más grande del mundo.
Así las cosas, la Plaza de Mayo recibe mansa a las huestes ricoteras. Llegan de a grupos, en parejas, solitarios. Con niños, con mascotas, como sea. Hay banderas negras con frases míticas. Se comparten algunos sorbos porque el homenaje —parece— también es etílico. Hay pogos y agitación. Algunos lloran, otros ríen. De sopetón, sobre un grupo de ricoteros sentados, la Policía de la Ciudad se pone tensa y regala empujones con sus escudos plásticos. También, algún proyectil de gas completamente innecesario. De fondo, en esta misa popular improvisada, flamean banderas argentinas sobre la belleza inmarcesible de Diagonal Norte.
Hay gritos de chicas y algo de nervios. La citación oficial fue para las 18:00 y el mensaje de la Policía de la Ciudad parecería ser “no vengan”. Como sea, el siglo XX se merece un final mejor, con menos violencia y con más gloria. Desde las redes llegan los anuncios de la familia de Solari, que son salmodiados como un parte de guerra. “Lo velan mañana, a puertas cerradas, va a ser algo íntimo”, lamentan.
Por aquí, esta misa, la última, por su carácter excepcional, no maneja una agenda concreta y resiste en la civilidad de un pueblo que, aunque roto, se funde en un abrazo despidiendo a uno de sus héroes. Los presentes buscan consuelo en el otro, en cualquier otro. El cónclave vive horas de desconcierto y rocanrol. La Plaza de Mayo está delante del cierre de una etapa en la historia argentina.
Más allá, suenan las campanas de la Catedral Metropolitana. Las sirenas de las motos policiales piden espacio, mientras unas jóvenes toman mate apaciblemente. Todo al mismo tiempo, todo a la vez. Y en medio de la plaza, se improvisa una suerte de shopping informal: hay remeras, gorras, pulseras, arlequines de Argentina, pañuelos del Ni Una Menos y rostros de Cristina y Solari impresos sobre paños blancos.
Se divisan referencias a Tandil, uno de los grandes camposantos ricoteros, y banderas de Boca, River, Independiente, Quilmes, Morón y tantos más, todos en una singular concordia popular. Y, por encima, la presencia de un dron que sobrevuela el asunto. Y más encima, un cielo que va llenándose de nubes acuosas de un color gris perla, gris tristeza.
Entre los seguidores del Indio, un artista se agacha para dibujar con tiza el rostro del ídolo en el suelo y unas chicas improvisan un altar con velas y flores. Otros muchachos se prenden. Otras jovencitas se abrazan y rompen en llanto. Otros no hacen nada pero están allí, dando su presente. Por la historia, por el Indio Solari, por los Redó.
Por ahí, entre los puestos comerciales, una nena espera su sánguche de milanesa mientras su madre le pone mayonesa. Cada uno procesa la angustia como puede. De pronto, los miles de presentes comienzan a encenderse: hay aplausos y el coro reconocible de “Ji Ji Ji”, que insiste en un loop interminable, en un mantra ricotero que pretende evocar algo de consuelo. En un entresijo, un vendedor pícaro ofrece al aire “los caramelos que comía el Indio” y la muchedumbre aprieta la congoja.
Entre pucheros y llantos se escuchan algunos hits del cancionero popular: “Vamo’ los Redondos” y “El que no salta es un inglés”, con su variante coyuntural “El que no salta votó a Milei”. Y allí, con la atenta supervisión del Obelisco, la figura de la Virgen atraviesa la Plaza sostenida por un convoy de personas mientras otros fieles le rezan y piden por el alma de Solari. El sonido de los estruendos hace cogotear y el crujir de las latas de cerveza, también. Se cuela otro hit: “¿Cerveza, capo?”, que va comprometiendo la consciencia pero nunca la fe.
Aquí, siguen llegando los ricoteros en masa desde todas las diagonales y va engordando la queja por la falta de señal. Sin embargo, ni la desconexión digital ni la noche húmeda impiden que las parejas suden y se zarandeen al ritmo de “Ñam fri fruli fali fru”. Ni tampoco que se agiten los toscos brazos con “Unos pocos peligros sensatos”. A este encuentro ya lo llaman informalmente “La Última Misa Ricotera”. Es inexplicable pero, sí, algo pasa cuando todo esto pasa. Esto es efímero.
Por Hernán Panessi-PAG 12



