Israel: Doce días bajo el vendaval, con el líder ausente.

Por Margarita Pécora B. –
Esto nadie se los va a contar — menos aún los medios alineados con el sionismo—, pero no hay que lamentarse: las redes sociales se adelantan y estallan con imágenes en tiempo casi real de la pesadilla que desde ayer miércoles sacude a Israel. Alarmas, misilazos, refugios: el infierno prometido por Irán contra sus agresores, se cumple con la 35ª oleada de la “Promesa Veraz 4” contra Tel Aviv.
Coincide con el duodécimo día de bombardeos, cifra que evoca la “guerrita de los doce días” que los mismos adversarios de Teherán desataron y de la cual salieron con bandera blanca, incapaces de doblegar el brazo iraní.
En este tablero de golpes y contragolpes, donde la superioridad militar parecía estar del lado de Washington y Tel Aviv, los papeles se invierten. Teherán se levanta con furia sobre el dolor de sus muertos —más de mil, entre ellos un centenar de niñas inocentes y su líder sagrado Ali Jamenei— y tiñe de rojo el cielo israelí.
Un vendaval de misiles surca el espacio aéreo, dejando al descubierto un Domo de Hierro que ya no protege, refugios que apenas contienen el miedo, y barrios enteros librados a su suerte. La vida cotidiana se reduce a segundos de carrera: suena la sirena en el celular, la alerta temprana anuncia que un misil puede caer en cualquier momento, y el minuto y medio para resguardarse se convierte en eternidad.
Haifa, en la frontera con Líbano, ha tenido que correr a los refugios hasta 28 veces en menos de 24 horas. Doce días de guerra que replican la duración de aquella ofensiva fallida de EE.UU. e Israel contra Irán.
La defensa civil suspende las escuelas, los edificios muestran cicatrices metálicas, y cada cráter es tapado a las pocas horas en un intento desesperado de maquillar la normalidad perdida. Se habla de municiones de racimo, ojivas que al abrirse lanzan decenas de mini-misiles imposibles de interceptar. En fin, Misil contra misil es una utopía.
La sensación popular es que esto no será corto. Netanyahu parece decidido a terminar lo que no pudo en junio pasado, exponiendo a su pueblo a una tormenta que no cesa. Mientras tanto, voces como la de Pete Hexet anuncian ataques “terribles” contra Irán, y Trump se contradice: primero asegura que los objetivos están cumplidos, luego se retracta y promete que la guerra seguirá hasta que Irán deje de ser “amenaza nuclear”.
El enviado especial de la Casa Blanca, Steve Witkoff, lo resumió con crudeza: la guerra con Irán es “existencial” para Israel, porque bastaría una bomba para borrar al país del mapa.
¿Dónde está Netanyahu? Se preguntan los israelíes que entran y salen de los refugios sin saber si volverán con vida. La pregunta retumba en los pasillos de los refugios y en las calles vacías de Tel Aviv. El pueblo corre bajo las sirenas, mientras su líder se oculta tras muros invisibles. La ausencia se convierte en símbolo: un país expuesto al fuego, sin rostro que lo guíe. El silencio del poder pesa más que los misiles, y cada explosión parece responder con eco a esa interrogante que nadie logra contestar. Por lo visto, la dupla que juega con el poder y el petróleo, usando como excusa el peligro nuclear, brilla por su ausencia.



