Aunque la calle está que arde, Cuba sigue pa’lante aferrado a su bandera.
Por Margarita Pécora -

Envalentonado por su ilegítima e inconsulta operación militar en Venezuela, que culminó con el secuestro del presidente Nicolás Maduro y su esposa —hoy prisioneros en Washington—, Donald Trump lanzó la advertencia de que “Cuba pende de un hilo” e intensificó su retórica contra la isla caribeña, endureciendo sanciones energéticas y amenazando incluso con castigar a países que se atrevan a venderle combustible, mientras la calificaba de “nación fallida”.
A su lado, Marco Rubio —convertido ahora en Secretario de Estado y de Guerra, tras haber escalado desde su guarida en La Florida gracias al respaldo de la comunidad anticubana de Miami y explotando falazmente su condición de cubanoamericano, pese a no haber nacido en la isla ni haberla conocido antes de 1959— intenta asumir el rol de interlocutor directo en presuntas negociaciones con el gobierno de Díaz-Canel, siguiendo la misma táctica de presión y asfixia aplicada previamente en Venezuela.
La escalada de la administración Trump, soberbia y brutal, se ha marcado en las últimas semanas por el recrudecimiento de bloqueos comerciales, financieros y restricciones de combustible, en un intento por aumentar la asfixia de un pueblo que ya carga con más de seis décadas de penurias bajo un cerco criminal reforzado por sucesivas administraciones. El objetivo es claro: forzar un cambio de orden político en La Habana y designar un lacayo que sirva de perro fiel a los antojos del vecino del Norte, un títere —hombre o mujer, pues ya especulan con nombres— que permita que la bandera norteamericana sustituya a la insignia nacional de una sola estrella, que renuncie al reclamo por el cierre de la base naval de Guantánamo y acepte la instalación de tropas estadounidenses en otros puntos de la isla, como hoy ocurre en Perú, donde se apuntalan para dominar militarmente al resto de América Latina.
El discurso lapidario de Trump de que “Cuba pende de un hilo” ha calado en apátridas asentados en la Florida, al punto de que el pasado 25 de febrero una lancha rápida procedente de ese estado intentó penetrar en aguas territoriales cubanas con un arsenal de guerra. Tropas guardafronteras frustraron la operación que, a juzgar por el contenido en redes sociales, no fue improvisada ni discreta: durante semanas circularon imágenes, videos y textos donde los participantes exhibían armas de alto calibre, lanzaban declaraciones beligerantes y sugerían la preparación de una acción violenta contra Cuba. Pero el tiro les salió por la culata.
La retórica de “Cuba comunista que hay que eliminar” funciona como arenga contra el gobierno, y hace blanco en el corazón de un pueblo noble que ha enviado miles de médicos y maestros a las zonas rojas del planeta afectadas por epidemias o guerras, allí donde otros no se atrevieron a entrar porque gobernaba la muerte.
Ese humanismo, contrario a todos los mandamientos del odio, fue castigado por órdenes del inquilino de la Casa Blanca, que dispuso la expulsión de brigadas médicas en Honduras, ignorando las miles de vidas salvadas y las lágrimas de familias que se aferraban a las batas como niños a los brazos de su madre. Los médicos cubanos salieron de Honduras, porque el gobierno de ese país centroamericano, decidió no renovar el convenio de cooperación firmado en 2024. La salida estuvo marcada por presiones externas, especialmente de Estados Unidos, que busca limitar las brigadas médicas como fuente de ingresos de Cuba.
Algo similar ocurrió en Ecuador, donde una simple reunión del presidente Noboa bastó para ordenar – sin que mediara explicación alguna-, el retiro de todo el personal diplomático cubano. Ese cerco, que se va cerrando en torno a la isla, busca forzar su rendición; pero Cuba, aun entre apagones y escasez, insiste en que su soberanía no se negocia, y su pueblo reafirma que no permitirá que la bandera de las estrellas ondee sobre su suelo.
La diferencia es que Cuba, pese a los apagones, la escasez de productos básicos y más de seis décadas de embargo, no piensa entregar su soberanía: como canta Alexander Abreu en una estrofa convertida en himno popular, “aunque Cuba esté como esté y la calle esté que arde, el cubano sigue pa’lante y a su bandera se aferra”. Así, por más padecimientos que sufra la gente y por más que clame un cambio, no concibe traicionar sus principios ni permitir que ondee la bandera extranjera en suelo cubano. La historia dirá la última palabra.



