
El poder hizo y hace estragos en la sociedad. Logró fragmentarla. Sobran los conflictos en un país que depende de un hombre que todos los días juega a los soldaditos con un empleado mientras le suma azúcar a su Pepsi.
El presidente es un cargo menor y nadie ya lo discute. El poder pensó en el hombre justo para desarmar un país con riquezas naturales, apto territorialmente y sin conflictos religiosos para que sea proveedor y pista de aterrizaje en una futura tercera guerra que está a nada de formalizarse.
Al margen de la entrega política, la ciencia colaboró mucho en el sometimiento social. En el siglo XX, la ciencia acumulaba prestigio, pues era prohumanista; hoy combate en la terrícola. Para muestra, un botón, la cibernética. Y si quieren aliados de este sometimiento, hablen con Bill Gates y sus virus.
En su obra “Tecnofacismo” Juan Carlos Romero escribe: “En la intersección de la biología y la política, surge un campo de estudio crítico conocido como bio-política. Este término, popularizado por el filósofo Michel Foucault, describe cómo el poder y la política se ejercen sobre la vida misma.
Tradicionalmente, la biopolítica se ha centrado en la regulación de la población a través de la demografía, la salud pública y el control de la natalidad. Sin embargo, en la era contemporánea, con el surgimiento de las pandemias y la digitalización de la salud, la biopolítica ha adquirido una nueva y más dramática dimensión: la del control sanitario”.
Lo que dice Romero nos abre los ojos en la historia reciente. Plena pandemia y en total encierro, derramábamos lágrimas por la cantidad de muertos diarios y nos alegramos de habernos vacunado. Yo tengo cinco, y yo cuatro, y así la gente saltaba de alegría y no pensaba si la vacuna realmente los salvaba o les hacía daño. Luego se probó que la vacuna americana no estaba en condiciones y fue la más vendida junto a dos marcas más, todas pertenecientes a Blackrock. La rusa, la más eficiente, dejó de llegar a nuestro país. Pero el control fue absoluto: encierro, muerte y venta de vacunas. Finalmente, la pandemia arrojó 7 millones de muertes, la duplicación del
patrimonio del uno por ciento de la población y el empobrecimiento del resto.
Todo esto más la consolidación de la fragmentación social nos dejó hoy en un país impensado en la década del 80 donde teníamos deuda, pero alegría, ni hablar de años anteriores. Hoy somos adictos a la pobreza, al saqueo, a la rotura social, pero somos políticamente correctos.



